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El Viejo Topo: La francocracia y la cuestión catalana

Dos entrevistas y la primera parte de un opúsculo sobre la francocracia española y la cuestión catalana conforman lo más interesante del número de marzo de la revista de pensamiento El viejo topo que ya está en los quioscos y librerías del país.

EL VIEJO TOPO portada 362Del artículo es autora Ángeles Díez, doctora en Ciencias Sociales y Sociología, profesora de la Universidad Complutense de Madrid, quien analiza el sistema político vigente y subraya las graves deficiencias que lo afectan, heredadas en buena parte del franquismo. De ahí lo de francocracia, término con el que la firmante se refiere a las componendas de la Transición, que dieron lugar a un régimen muy particular, que sin ser dictadura franquista tampoco es democracia.

Para Díez, lo más importante dentro del conjunto de virtudes del “proceso catalán” ha estado la de hacer visible la sustancia franquista del Estado nacional español. También ha hecho emerger el talante y signo conservador, incluso reaccionario, de importantes masas de la población, incluidas las consideradas como progresistas. Estamos, según afirma la articulista, ante una sociedad profunda y mayoritariamente conservadora capaz de apoyar medidas, leyes y corrupciones dignas de cualquier estado autoritario.

“En mi hambre mando yo” es el título de la primera interviú que Salvador López Arnal hace a Manuel Cañada a propósito de su último libro La dignidad, última trinchera. Para su autor, la dignidad es un motor de transformación individual y colectiva, una conmoción de la conciencia a partir de la cual se alza la autonomía moral y política, según la conocida frase del jornalero andaluz. Para Cañada estamos actualmente en una guerra social, como denotan los 5000 inmigrantes que se ahogaron el año pasado en el Mediterráneo y la media de diez suicidios que se registran cada día en España. La precariedad extiende hoy su régimen de incertidumbre más allá del mundo laboral. Más de 13 millones de personas están en riesgo de pobreza y 8 millones de asalariados no llegan a los 1000 euros.

La otra entrevista de López Arnal es la que le hace al editor Gonzalo Pontón, quien acaba de publicar un libro que ha sido Premio Nacional de Ensayo en 2017: La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII. El autor interpreta la lucha por la desigualdad en el contexto de la lucha de clases: Cuando la clase dominante ve en peligro su posición por la amenaza de las clases subalternas, utiliza todo el poder que puede lograr para preservar sus privilegios y la injusticia de su dominio –la desigualdad-, que defenderá a muerte. Ocurrió con la aristocracia feudal contra la burguesía y con la burguesía frente al proletariado. La desigualdad económica y la desigualdad intelectual siguen siendo todavía hoy las dos mordazas del tambor con el que el capitalismo controla a la sociedad global.

Aparte de estos temas, el número 362 de la publicación dedica un nuevo artículo a Cataluña, La rueda del hámster, firmado por Eduardo Luque, en el que reflexiona sobre el varapalo sufrido por el Partido Popular en las pasadas elecciones autonómicas y que, a su vez, ha puesto en marcha el proceso de reconfiguración de la derecha tanto en aquel país como en España. Las fuerzas nacionalista han sabido utilizar los déficits de la cultura democrática de la derecha española para convertirse en mártires y apóstoles de la libertad, señala Luque. El procés ha consolidado a la derecha a costa de una enorme derrota de la izquierda.

Siguiendo con el ensayo iniciado en el número anterior, se nos ofrece en la revista de marzo la segunda parte del que firma Martín Alonso sobre nacionalismo, democracia y educación. La socialización en los nacionalismos: ¿educación o Kultur? Se aborda en el texto la relación entre nacionalismo y socialización, en particular aquella forma de socialización  que habitualmente despliega una instancia estatal o subestatal cuando sus impulsos principales tienen una motivación etnonacionalista.

El verano del pintor en Barcelona en 1917 es el asunto que trata Higinio Polo en un artículo muy interesante que titula Picasso, el largo verano de 1917. El artista se encuentra con una ciudad que había pasado por la dura experiencia de la huelga de 1909, la de la Semana trágica, y que afronta una nueva crisis de régimen de la Restauración. Fue un periodo para el pintor de bailes rusos, amores ucranianos, fiestas, huelgas y barricadas, con pelotones de fusileros que perseguían a los proletarios por los aledaños de la rambla, cuyos gritos y reivindicaciones, como reflejo de la revolución bolchevique, tanto iban a influir en la vida de Picasso.

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