Entre azules

Isabel Hernández Madrigal[1]

¡Desde aquí arriba todo se ve tan pequeño! Los montes, los ríos, las casas, desde el avión, parecen de juguete. ¡Todo tan pequeño! Los árboles solo se adivinan, formando hileras y macizos verdosos. La tierra es marrón y se ve parcelada en cuadrados, rectángulos y otras muchas formas geométricas. Las montañas apenas si parecen pequeños montoncitos de arena hechos por un niño. “Mi niño que juega en la playa” –pienso. Y la tierra se acaba y aparece el mar, con su intenso color azul, separado del cielo por una línea recta y blanquecina. Sobre el agua, barquitos como de papel. Luego nada, solo el mar, las nubes, el cielo. Desde aquí arriba todo parece pequeño, ligero.

nubes aviones

Dos asientos por delante del mío, llora un niño. “No nos damos cuenta” –pienso. O al menos yo no me daba cuenta de lo pequeños, de lo infinitamente pequeños, de lo insignificantemente pequeños que somos. A las personas, ni siquiera se nos ve desde aquí arriba. Así que mi dolor ahora, es un dolor invisible para quien mira desde lo alto. “¿Cuánto dolor puede soportar alguien?” –me pregunto. Y sin embargo, sé la respuesta. Infinito. Nunca pensé poder soportar la muerte de mi hijo. “Me volveré loca –decía a todos–, si a mi hijo le pasa algo, me volveré loca”. Ahora no sé si he perdido la razón o si el dolor en el alma, llevado a un punto extremo, provoca como en el cuerpo, el desmayo. Quizás sea eso. Quizás mi alma se encuentra desmayada porque ya no podía más. Mi cuerpo, no obstante, está despierto. Puedo ver este cielo tan deslumbrantemente azul. Puedo distinguir el olor a tabaco de mi compañero accidental de asiento. Escucho el murmullo de los pasajeros que tienen a bien no levantar la voz, al miedo a volar. Toco el áspero y frío brazo del asiento y localizo el botón de la música, por si acaso. Incluso siento hambre y mi boca se llena de saliva pensando en que pronto la azafata vendrá con la bandeja de comida. Estoy viva. Y pensaba que estaría muerta. Que no podría con tanto dolor. El niño de delante deja de llorar y apoya mimoso, su carita redonda en el hombro de su madre.

Recuerdo su mano caliente entre la mía. “¡Cuánta fiebre, hijo!. Tengo que bajarle esta fiebre –decía. Hay que ir a la bañera, el agua tibia le vendrá bien”. Él protestaba. Lloraba. Abría sus grandes ojos negros y me miraba como sin entender por qué le hacía algo así. “Hay que bajar esta fiebre” –repetía,  mientras le echaba agua con la esponja por el cuerpo. Su llanto ronco me estremecía. Su tiritar envuelto en la toalla me asfixiaba. Era miedo. El miedo me quita el aire. Pero continuaba cargando con él hasta la cama. Paños de alcohol en la cabeza, en el cuerpo. “Tengo frío mamá” –se quejaba. Y yo no le arropaba. El médico sabía lo que hacía, solo la sábana. Mi niño sollozaba y daba tiritones. Luego se calmaba. Se adormilaba. La fiebre había bajado algo. Yo me acostaba a su lado para dormir despierta.

La azafata aparece al fondo con el carrito de la comida. Miro y espero. “¿Qué prefiere para beber?” –pregunta. Me ofrece una bandeja. Busco en el paquete cerrado la sorpresa, al igual que una niña ante un regalo. Como y miro por la ventanilla. Me gusta ver las nubes ahí abajo. Las nubes que para mí siempre están arriba. Me entretengo. Busco figuras. Distingo animales imposibles y paisajes sin fin. Imagino. Veo grandes continentes y mares como pozos sin fondo. Adivino puentes y canales de revistas de viajes. Busco el mar ahí abajo, pero no lo encuentro. Sólo veo nubes flotando entre azules. “Me volveré loca –decía. Si a mi hijo le pasa algo, me volveré loca”. “No he perdido la cabeza” –pienso–, mientras juego a descubrir secretos en las nubes. Descanso apoyada en el respaldo del asiento. Miro y escucho al niño que ríe y da saltitos sobre las piernas de su madre.

Mi niño no quería despertar de su sueño que arde. Le zarandeo un poco. Sólo una leve protesta. La fiebre regresa con más fuerza. Su pelo mojado me acongoja. Su mano caliente se abandona en la mía. La fiebre no baja. Más paños de alcohol. Más frotarle el cuerpo con el líquido frío. Su pecho sube, baja y a los lados se le marcan las costillas. Yo apenas respiro. El niño está peor, lo siento, lo presiento. El médico acude a mi llamada inquieta. Mi niño tiembla y suda. El médico le mira, le pincha, actúa. “Él le pondrá bueno”–pienso. “Hay que bajarle esa fiebre en la bañera” –dice. Cojo a mi hijo en brazos y obedezco. Mi niño llora con su llanto ronco. “El agua más fría” –indica. Apenas mi niño abre los ojos. Cuando me manda, saco al niño fuera. Le envuelvo en la toalla. Tirita. Lloriquea. El médico escribe en un papel las instrucciones. El gesto preocupado. “Si vuelve a subir tanto la fiebre acuda al hospital” –ordena. Cuando se marcha, la fiebre ya ha bajado, el niño duerme, mis brazos y mis piernas tiemblan.

El comandante nos avisa de que pronto aterrizaremos. Miro hacia abajo de nuevo. El mar está más cerca. A lo lejos veo tierra. La costa se dibuja como en los mapas de colegio. Me alegro de estar sola. Mi corazón late por la fuerza de la rutina y yo me encuentro bien. Creí que me volvería loca, pero mi mente se rebeló ante tanto dolor. Se puso una coraza. Siento la mente y el alma acorazadas.  “Tienes que luchar y seguir adelante” –me dicen todos. Yo les miro y les entiendo, pero no puedo responderles. Lloré tanto. Me enfadé tanto. No quería ver a nadie. “Es normal” –decían. Y se quedaban aún cuando yo quería que se fueran. Que se marcharan todos. Que me dejaran sola con mi dolor, mi dolor solo mío. Ahora me parece lejano. Como un mal sueño. Ahora no siento dolor. Se lo he dicho a todos. No siento dolor y no me creen. “Tienes que buscar ayuda” –insisten. Miro hacia delante, entre los asientos veo al niño, que en el regazo de su madre, duerme.

Se me quedó muerto en los brazos. Sus labios azules. Los ojos blancos. Antes, sacudidas. Todo el cuerpo ardiendo. Brincos de fiebre. Su corazón parado. Gritos de desesperación, de no saber. “Ayuda, necesito ayuda –gritaba–, que alguien llame a una ambulancia”. Alguien dijo, “yo lo haré”. Los minutos son eternos cuando se espera una ambulancia con tu hijo muerto en los brazos. El sonido de una sirena era la música ansiada con que mecer a mi niño. Me lo arrancaron de los brazos. Todos alrededor y yo lejos de sus labios azules, de sus ojos blancos. “Vivirá – me decía. La vida volverá a él como un milagro”. No hubo milagro para mi hijo, ni para mí. Después, sólo vacío.

Me gusta ver cómo se acercan las montañas. Las casitas de juguetes crecen y se ven las carreteras y los coches. El mar se queda a la derecha. Tomamos tierra. “Hay que hacer caso a las personas que te quieren –dicen. Conozco un lugar de reposo, de descanso, un lugar donde podrán ayudarte”. He venido. Sin embargo, no siento el desasosiego, la zozobra. No sé que voy a decirle al médico. Alguien me espera a la salida con un cartel. Miro al niño que camina, de la mano de su madre, hacia las puertas que se abren. El aire caliente, a la salida del aeropuerto, me hace darme cuenta de que realmente estoy en otro lugar. Ahora, aquí abajo, todo me parece grande, demasiado grande y la vida me pesa como una maleta llena de recuerdos.

  1. Relatos de Isabel Hernández Madrigal

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