Escribe con Rosa Montero: un cuaderno para arrancar

La escritora Rosa Montero ha presentado en Madrid su último libro, Escribe con Rosa Montero, que no es un libro propiamente dicho sino un cuaderno ilustrado -y bellamente editado por Alfaguara- con dibujos de Paula Bonet, en el que la autora da las claves para escribir ficción.

Rosa-Montero-portada-escribirY lo ha hecho en un escenario tan literario como el Café Comercial, que de nuevo ha abierto sus puertas en la Glorieta de Bilbao. Allí, en un encuentro con periodistas, escritores y amigos que tuvo lugar en la mañana del día 7 de junio de 2017, Rosa Montero explicó las claves para escribir que se reflejan en este cuaderno, oportunamente acompañado de unas ilustraciones que ella misma ha escogido de entre los trabajos que la artista plástica Paula Bonet le presentó. Un cuaderno lleno de espacios en blanco para que el lector los complete con su propia letra y así se inicie en la escritura, pues Rosa Montero anima a escribir a todo el mundo, tal es la fe que ella tiene en el oficio.

Rosa Montero está convencida de que la necesidad de escribir, tan innata en el ser humano que se puso a ello en cuanto tuvo resueltas las necesidades básicas de subsistencia, será cada vez mayor a medida que aumente el tiempo de ocio con las nuevas tecnologías, si bien el rumbo que está tomando la sociedad no favorece en nada el arraigo de la sensibilidad ni el culto a la belleza. Y es una pena porque, como necesidad innata, escribir puede ser tan urgente como el comer: “cuando se tiene algo que decir, eso no hay quien lo pare”.

Estamos ante un cuaderno de ficción a modo de guía de escritura con el que Rosa Montero indaga en su propia experiencia, en sus aficiones y en sus lecturas para revelar las claves que pueden ayudar a otros escritores a encontrar su voz narradora. Un cuaderno en el que la palabra y la imagen dialogan con elocuencia y naturalidad, dado que el proceso creativo se desarrolla en ambas disciplinas de forma paralela y en él intervienen la imaginación, la memoria, la espontaneidad, el trabajo disciplinado hasta encontrar la forma de expresión adecuada y, finalmente, algo inevitable y a la vez difícil, el trabajo de poda, de mutilación del propio trabajo, algo tan doloroso que no en vano se dice que lo hace mejor alguien externo a la obra.

Se trata de cortar por lo sano, en frío, pero no tanto que el lector tenga que usar la bola de cristal para entendernos, y esto también es común a todas las artes.

Sobre el oficio de escribir y sus motivaciones, lo que impulsa a ello, «no se escribe para enseñar nada, se escribe para aprender. Si no tienes la sensación de haber puesto un poco de luz en tus sombras, es que lo que has hecho no es la suficientemente bueno».

Ante la pregunta de qué ha aprendido ella escribiendo, contesta “todo lo que sé” y anima a todo el que tenga algo que decir y sienta esa necesidad, a intentarlo sin miedo, “pues es una actividad muy sana y, además, sale muy barata, no es como hacer cine, que es carísimo, o incluso pintar, que requiere una considerable inversión, aquí es suficiente con un papelito, aunque reconozco que es una suerte poder escribir sobre un buen papel”.

Ella escribe siempre con pluma, lo cual requiere un papel que no traspase, aunque no necesariamente tan bueno como el de este cuaderno, hecho en un papel que incita a escribir sólo con tocarlo y mirarlo.

Pero el miedo es libre y todos, grandes y pequeños, lo han experimentado: las leyes del mercado, la propia vanidad, el miedo a mostrarse en exceso, a no mostrarse. “Hay que lanzarse y si este libro no es lo suficientemente bueno, el siguiente será mejor”.

Disuade a los escritores principiantes de caer en manos de editores oportunistas que les pidan dinero prometiéndoles a cambio la difusión del libro: “luego no cumplen nada, se quedan con tu dinero y se lavan las manos. Es mejor -después de intentar que te lo editen porque sí, naturalmente-  ir a la edición personal, a la autoedición, o mejor aún, ganar un premio pequeñito pero que incluya la edición del libro”. Es curioso que, siendo este un fenómeno generalizado (el de pagar a un editor), nadie lo diga, sobre todo si el autor ha alcanzado ya cierta notoriedad. Ella lo dice claramente. Y lo desaconseja.

Preguntada sobre su ingreso frustrado en la RAE, hoy por hoy no cree que lo vuelva a intentar, “aunque nunca se sabe”.

Sobre el trabajo de Paula Bonet, Rosa Montero se enamoró literalmente de esos dibujos y reconoce que han trabajado ambas en equipo para sacar este cuaderno. Paula Bonet (Vilarreal, Valencia, 1980), escritora y artista plástica, confiesa que bebe de la pintura más que de la ilustración y no viene una sola vez a Madrid sin pasar por el Museo del Prado, donde Ribera, Goya y Velázquez son sus devociones.

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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