La bella de Amherst: Emily Dickinson y su familia

Se trata de un monólogo pero en él hay tantos personajes, tanta vida, tanta claridad, que yo no lo cambio por una obra coral: “Usted y yo no podemos vivir juntos porque eso sería la vida y la vida está detrás de la alacena”.

Frases tan certeras y terribles como ésta son pronunciadas por Emily Dickinson con una voz alegre de pajarillo libertario que renuncia a la gota de agua que le ofrece su dueño porque sólo si la roba él mismo de la manguera, puede alimentarle.

Gran observadora de la naturaleza, Emily Dickinson, que ha rogado y se ha ofrecido incondicionalmente antes de rendirse, se compara en esto a los arrendajos que pueblan su jardín de Amherst, pero que una mujer de 1900 se exprese con esa clarividencia, por mucho que estemos en Massachusetts, sobrecoge y amilana. Es así como Ella, una de las mayores de todos los tiempos, convierte en gloria literaria -y vital- lo que para cualquiera es una tragedia, gracias a su amor por el lenguaje y por todo lo que la rodea: su familia y los lazos invisibles que tejían ese calor tan cercano: “El paraíso lo encontré muy pronto, lo tenía cerca: la casa de mi padre”.

No necesitó buscar más lejos la bella Emily, tenía la finca de Amherst para escribir a sus anchas y en ella sus manes protectores vigilaban para que nada le hiciera daño. Allí podía reírse de los murmuradores que acechaban desde fuera el seto de su soltería y su belleza, su gusto de ir siempre vestida de blanco como novia que espera un novio. Para ella escribir era, en el polo opuesto a todo malditismo, escoger las palabras, insuflarles su aliento y echarlas a vivir. Un experimento gozoso para el que ella se sabía particularmente dotada. Desde el principio tuvo clara su vocación, y su juicio sobre su trabajo era inapelable, pero a todos, amores y editores, asustaba una mujer que se expresaba tan libremente, y con tal fuerza y audacia, de sus afectos, lo que la hería en lo más vivo: “A fuerza de negar la herida, se hizo tan grande que cabía yo entera dentro de ella”, pero su fe en sí misma la protege en el refugio sagrado de su casa.

Casi al final de la función su voz se eleva para proclamar cómo conoció la extraordinaria delicia de amar a alguien sin su cuerpo y sin su permiso: Como los arrendajos, que nunca me aceptarán una gota si se la ofrezco.

Me gustó todo de la actriz que representa a Emily: su voz, su alegría siempre a punto de quebrarse, sus gestos vivaces y enérgicos, su elegante vestido color hueso, sus tartas de chocolate que me ofrece gustosa, su té, todo su mundo de solterona y, sobre todo, su amor por la vida. ¡Cuánto amor en esta solitaria! Soledad sonora, capaz de insuflar vida a cuanto la rodea, acechadora y guardiana de la vida. Pero sobre todo, me hizo hurgar en mis propias raíces, en mi propia biografía, para “revivirla” como hace ella.

Porque su capacidad de sugerencia, ya que de poesía hablamos, es sobrecogedora: El padre se ha ido a vivir lejos, a otra ciudad a un apartamento donde muere, qué pasaría en esa casa tan hermosa. Sin embargo, añade “el día en que mi padre murió, mi madre cayó y no volvió a levantarse”. Así, con esa alegría quebradiza.

Es que Emily no cuenta como narradora sino como poeta, su palabra dice mucho más de lo que dice, y así debemos intuir lo que sugiere: ¿Pervive el amor siempre por encima de las desavenencias y las separaciones? ¿Es verdad que lo que has querido nadie te lo puede quitar?

Se diría que ella vive por los demás lo que los demás no han tenido tiempo ni ganas de vivir porque se les ha dado todo. Todo lo que a ella se le ha negado, la vida. Y viceversa.

Esta bella historia de amor con el lenguaje se podrá disfrutar en el teatro Guindalera durante el mes de mayo en el contexto de Surge Madrid.

  • Título: La bella de Amhert (Emily Dickinson), de William Luce
  • Intérprete: María Pastor
  • Dirección: Juan Pastor
  • Producción: Micromecenas productores
  • Teatro Guindalera (Martínez Izquierdo, 20, Madrid)
  • Fecha: Mayo 2014 (Programación Surge Madrid)

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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