Centenares o decenas de millones de personas son explotadas en el mundo para que los tecno-oligarcas nos convenzan –definitivamente– de que el último conejo que sale de su chistera y de sus trucos de magia –la Inteligencia Artificial (IA)– nos conviene.
Nos lo decía hace menos de un mes el sabio Ramón López de Mántaras, científico e investigador pionero de la IA en Europa, en un reciente debate de la asociación europeista Europa en Suma.
https://europaensuma.org/general/986-europa-ante-la-carrera-de-la-inteligencia-artificial
Porque hay que preguntarse: ¿qué hay en el fondo del pozo de las diferentes modalidades de IA? ¿Cómo funcionan? López de Mántaras nos dijo lo siguiente:
–Para que funcionen mínimamente bien, lo que mucha gente no sabe es que hay millones, y no digo millones por decir cualquier cosa, está comprobado: millones de personas que refinan, entrenan esos sistemas, como el ChatGPT. Sólo en Filipinas se calcula que hay por lo menos dos millones de jóvenes, no sé cuántos millones en Kenia, en Pakistán en India, explotados. Dura mano de obra barata, baratísima 50/60 céntimos de dólar por hora. Y cuando cobran, porque con la excusa de que a lo mejor no han hecho muy bien su trabajo a veces ni reciben nada. No hay contrato ni nada, se les paga muchas veces a través de PayPal y cosas de éstas, de esos sistemas. Mientras, ellos no pueden reclamar nunca nada a nadie porque no tienen acceso a nadie. Son gente muy joven que llena los cibercafés. The Washinton Post publicó una foto y un titular en portada de uno de esos cibercafés filipinos, repleto de estos jóvenes ante los ordenadores. Porque no tienen ni tan siquiera la capacidad económica de tener en casa su propio portátil, pueden pagarse la conexión a internet. Tienen que ir a los cibercafés y ¿qué hacen están? Etiquetan imágenes para los para vehículos autónomos, por ejemplo: esto es un árbol, esto es un peatón, están etiquetando imágenes continuamente que les van mostrando, desde donde sea. Luego les muestran también respuestas de ChatGPT y de otros sistemas y nos tienen que decir si la respuesta es correcta o no es correcta. Más de una vez se les proponen varias alternativas de respuesta a las preguntas que han recolectado antes de la gente. Cuando utilizamos estos sistemas, recolectamos todo eso, todo es en base a la información que hacen ellos, para que la siguiente versión funcione mejor. Quienes están haciendo eso son personas, no es una Inteligencia Artificial capaz de analizar nada ni de aprender por sí misma.
El citado reportaje de The Washington Post (Behind the AI boom, an army of overseas workers in ‘digital sweatshops’) al que se refirió López de Mántaras está fechado el 28 de agosto de 2023. Se refería únicamente a una de las plataformas subsidiarias de los gigantes digitales (Meta, Google, Amazon, Microsoft, etcétera) que están impulsando distintos tipos de IA.
En Filipinas, hay una ley de 1922 que –teóricamente– sirve para promover el desarrollo digital del país y «mejorar las habilidades y competitividad de la fuerza laboral de Filipinas, y de sus trabajadores, así como la tecnología digital y sus innovaciones» (Republic Act N. 11927). https://www.bworldonline.com/top-stories/2023/11/16/557856/rules-on-digital-workforce-competitiveness-out/
En realidad, parece amparar también la explotación masiva de su ingente masa de trabajadores, sobre todo de los jóvenes con estudios. Según el bla-bla-blá de las autoridades del sector implicadas, se trata de «fomentar un ecosistema dinámico de innovación en el país».
Imposible saber a ciencia cierta cuantas personas integran esos ejércitos mundiales (invisibles) de la IA. En alguna página de internet llegan a cifrarlo en 430 millones.
Experimentalmente, en Finlandia determinadas tareas del trabajo de los datos destinados a la IA lo llevan a cabo algunas personas encarceladas, según criterios destinados a su rehabilitación ciudadana. https://www.euronews.com/next/2024/09/22/prison-inmates-in-finland-are-being-employed-as-data-labellers-to-improve-accuracy-of-ai-m
Las condiciones de esos etiquetadores de datos para la IA en una prisión de Finlandia son lujosas, si las comparamos con los jóvenes de Kenia que –igual que lo descrito sobre Filipinas– denuncian tareas repetitivas extenuantes en las que afrontan todo tipo de imágenes, a veces brutales, o relativas a la pornografía, o a expresiones de odio salvaje, en contextos de violencia. De ellos, se filtran testimonios no sólo de su explotación laboral directa, sino de las secuelas psíquicas que sufren por su trabajo.
Los amos de las IA subcontratan ese proletariado en condiciones ultraprecarias en países sin muchos recursos y con gobiernos que lo permiten.
Mientras, todos nosotros, los fascinados por la IA apartamos casi siempre la mirada para no ver que –tras los juegos de magia y los cuentos de hadas de la IA– hay una explotación brutal de decenas (¿o centenares?) de millones de desposeídos.
Una refugiada ucraniana en Bulgaria declara ganar 70 céntimos de euro por etiquetado o verificación precisa en jornadas semanales de 60 horas.
Desde luego, según las prácticas habituales de las corporaciones transcontinentales no hay derechos escritos para quienes trabajan en sus empresas subsidiarias. Muchas veces tampoco un simple esbozo de contratación formal. Y por supuesto, la sindicalización está prohibida entre los trabajadores y trabajadoras del sector.
Nuestro espabilado mundo digital ya suele evitar la mirada hacia las minas a cielo abierto y sus balsas tóxicas, hacia la sangre de los conflictos armados que provocan y la mano de obra esclavizada en la República Democrática del Congo que extrae el coltán o el cobalto necesarios para nuestros ordenadores y listoteléfonos.

En 2017, las denuncias de Amnistía Internacional obligaron a Apple a suspender su uso de cobalto extraido manualmente en el Congo. Cuatro años después, «una vez decayó la atención mediática las [mismas] prácticas continuaron».
https://www.cjr.org/tow_center/qa-uncovering-the-labor-exploitation-that-powers-ai.php
Los anotadores de datos para la IA identifican objetos y situaciones. Esto es un microondas, esto es un árbol, un cuarto de baño, un semáforo, etcétera. «Enseñamos a las máquinas y a los robots cómo pensar como los humanos, cómo hacer las cosas como un humano», le dice un joven diplomado de Madagascar al periodista belga Nathan Scheirlinckx.
Pese a la apariencia limpia de su trabajo, Billy Perrigo, reportero de la revista Time, ha denunciado el carácter muchas veces «traumático» del trabajo de los grabadores o anotadores de datos para la IA.
Uno de sus entrevistados en África le dijo a ese periodista: «Miras esos contenidos un día sí y otro también, a lo largo de muchos otros días, de semanas y meses, hasta que [ese contenido] se incrusta en tu cerebro y ya no puedes apartarlo de tu mente».

Perrigo ha escrito que los keniatas ganan por ese trabajo menos de dos euros por hora. Absorven imágenes que los golpean mentalmente para que el contenido resultante de la IA y sus algoritmos resulte menos traumatizante para nosotros.
Por eso, quizá no esté de más pensar o imaginar que hoy mismo, esta misma noche, en algún lugar lejano, un estudiante bengalí, una joven africana, una refugiada ucraniana en un país de la Unión Europea, se siguen viendo obligados a trabajar en condiciones de tremenda injusticia.
Tienen que rasgar la tranquilidad de su noche para que los oscuros algoritmos de Sillicon Valley funcionen, para que nos molesten lo menos posible.
Y así nuestra noche será más tranquila aunque ellos –los cautivos de lA– sigan siendo invisibles para la mayoría.



