La irresponsabilidad nos corroe

Gustavo Gac-Artigas ¹

Vivimos momentos en que la irresponsabilidad pareciera dominar nuestra sociedad; lo difícil de estos momentos es reconocer en cuál de las categorías de las irresponsabilidades nos situamos. Sobre todo, que siempre ha sido más fácil tildar de irresponsable al prójimo que asumir su propia responsabilidad.

La cuota personal en la larga lista de las irresponsabilidades que nos azotan:

Frente a la destrucción del planeta, la mayor de las irresponsabilidades es que somos nosotros quienes creamos las condiciones que nos llevaron al estado actual del cambio climático con el hambre por el petróleo, el mirar con los ojos de la billetera y no los de aquel que defiende la naturaleza.

Fuimos nosotros quienes permitimos que se invirtiera en lo inmediato y no en el futuro, por lo que sale más caro en un comienzo y tiene un costo olvidando que ese costo tarde o temprano nos pasará una dura cuenta. Y no es de hoy, es de ayer y antes de ayer.

Frente a la desigualdad, fuimos nosotros quienes permitimos que la desigualdad imperante llegue a niveles insoportables.

Fuimos nosotros quienes ignoramos la situación de la población afroamericana, hispana y de blancos pobres.

Fuimos nosotros quienes preferimos el canto de sirenas de «el norte es rico y el sur subdesarrollado y pobre» olvidando que ese norte vs sur existe al interior de los Estados Unidos. Y no es de hoy, es de ayer y antes de ayer.

Frente a la salud como un derecho, fuimos nosotros quienes fuimos aceptando como algo normal el que los que no tienen dinero mueran sea por enfermedad, sea por la violencia existente en los barrios pobres. Fuimos nosotros quienes los condenamos a muerte al permitir que la salud sea un negocio lucrativo, que los remedios sean fuente de ganancias, que el salvar una vida dependa de los ingresos personales. Y esto no es de hoy, es de ayer y antes de ayer.

Frente al abuso de los opiáceos, fuimos nosotros quienes abrimos el camino a las drogas culpando a los países productores, pero creando un mercado de oportunidades por nuestra necesidad de evadirnos de la vida que vivimos. Y esto no es de hoy, es de ayer y antes de ayer.

Frente al temor al cambio, fuimos nosotros quienes irresponsablemente no nos rebelamos a tiempo, no elevamos nuestra voz a tiempo, callamos, fuera por comodidad, fuera por cobardía.

Fuimos nosotros quienes permitimos que el cambio se asocie con temor a lo desconocido, fuimos nosotros quienes hoy, ayer o antes de ayer miramos hacia el otro lado, esquivamos nuestras responsabilidades debilitando la democracia y el ejercicio de nuestros derechos.

Fuimos nosotros quienes sin darnos cuenta los cedimos, permitiendo que el autócrata silenciara nuestras voces en nombre del bienestar común reprimiendo y consolidando el autoritarismo.

Frente al color uniforme de la prensa, fuimos nosotros quienes abrimos las puertas a una prensa similar a la prensa de los países totalitarios donde su labor no es informar, es uniformar el pensamiento, donde no se informa para entregar elementos de juicio para que el lector pueda decidir, se entregan opiniones, sean las del poder (el partido en las dictaduras, o regímenes totalitarios), u opiniones personales en los países democráticos, y en el otro lado, el tercer lado, el del receptor, queda el hastío y el cansancio de tener que, noticia tras noticia intentar descubrir qué hay tras ella, cuáles son sus causales, qué importancia tienen más allá del ataque o sensacionalismo del día, qué nos ocultan o cómo desean que pensemos.

Fuimos nosotros quienes fuimos delegando nuestra responsabilidad al permitir que nos den noticias digeridas. Y quizás nos prepararon desde las escuelas cuando nos permitieron leer resúmenes y no obras completas, análisis de otros y no el nuestro, aquél que expresara nuestro pensamiento.

Quizás fue en ese comienzo que nos transformaron en repetidores de la consigna que consolida el poder. Y esto no es de hoy, es de ayer y antes de ayer.

A manera de autocrítica, lo confieso, más de una vez me siento irresponsable por lo que mis padres, los libros y mis maestros me enseñaron y me hicieron amar y conocer el poder de la palabra, pero ese poder conlleva la tentación de pensar esto es lo correcto puesto que así lo pienso, sin detenerme a ponderar que hay otras alternativas.

Manifiesto

Hoy llamo a la palabra escrita y la palabra hablada, a la epístola y al panfleto, a la palabra silenciada y al grito de dolor, a la palabra liberada de prejuicios y estereotipos.

Llamo al valor incalculable de nuestra palabra; necesitamos hacerla oír, no cederla a otros; debemos crear nuestra opinión, elaborar, construir y afirmar nuestra presencia, nuestros sueños, nuestras ambiciones.

No quiero una palabra extraña, no quiero una palabra prestada, quiero una palabra nuestra, sucia, con sabor a cebolla y a ajo frito, a la humilde merluza y a la noble langosta. Una palabra escrita con sudor de trabajo y sudor de amores, una palabra que siendo analfabeta es literata, que siendo literata es analfabeta. Una palabra que se escribe con orgullo, con honor. Quiero una palabra salida de la tierra, una palabra grabada en la piedra.

Frente a la manipulación de la palabra, quiero una prensa que, al informarme, me interpele y me pregunte, y tú, ¿qué piensas?

Una prensa que me diga, permíteme nacer contigo hermano; que se adentre en nuestro mundo, ese tesoro enterrado, ignorado, deformado por los estereotipos.

Irresponsable aquél que poseyendo el don de la palabra lo encadena a sus intereses y bloquea la palabra del disidente olvidando que en el pasado esa conducta condujo a la hoguera, y a los campos de concentración –llámense Gulag o centros de reeducación–, a los libros y los autores, negra época que sobrevive en el presente.

Irresponsable el adulador en la palabra, por lo que alimenta al autócrata o al poderoso, sea cual sea el nivel en que el censor ejerza su poder.

Irresponsable aquél que se refugia en la pureza, en la belleza, para ejercer la censura.

Yo quiero una palabra que vuele, que se exponga, que combata, que rechace al que quiere amarrarla a los viciados pilares del mercado, al que quiere impedirle que alce el vuelo, al que desea verla encadenada arrastrándose en homogénea formación.

No me impongan la regla que amordaza, no me impongan censores, no me impongan mirada ajena, no vengan a hablar por mi boca muerta cuando mi boca herida está viva y puede expresarse por sí sola.

Son tiempos que exigen que la palabra descienda de la piedra para hacerse barro, y que tras el soplido del verbo, cobre vida.

  1. Gustavo Gac-Artigas es escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Reside en Nueva Jersey, EE UU.

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