La Tejeda de Tosande despierta la admiración del silencio

A unos pocos kilómetros de Cervera de Pisuerga (¿por qué se les quita el artículo a los ríos en algunos topónimos que llevan sus nombres?), siguiendo la carretera que va a Guardo, un aparcamiento muy mal señalizado nos indica que allí debemos dejar el vehículo si nos queremos internar en el acogedor Valle de Tosande. Al fondo se puede observar el imponente macizo de La Peña, con sus cumbres calizas. En el propio aparcamiento nos encontramos con un pequeño jardín que interpreta el paisaje que vamos a caminar y cuyo primer trecho se inicia con un descenso hasta pasar bajo el puente del ferrocarril de La Robla.

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Junto al arroyo de Tosande, que fluye a nuestra vera con precariedad estival, advertiremos la escombrera de una vieja mina. A medida que avanzamos, con la Peña Oracada a nuestra izquierda (más de 1800 metros) y El Roblillo y Las Cruces a la derecha (más de 1500), la senda se va haciendo más angosta hasta desembocar en una pista que al cabo de un par de kilómetros entre robles, brezos y encinas se abre en una espaciosa pradería donde las vacas pastan con la plácida sensación de ser dueñas de aquel sosegado espacio vital y luminoso que enciende la fresca mañana de verano. Ante los ojos del caminante se alza el circo de cumbres calizas que llaman del Espiguete, Curavacas y Peña Redonda. Hay en este valle varios túmulos megalíticos -cuentan las guías-, pero el caminante lleva una cierta urgencia consigo, afanoso por llegar al lugar de su destino, en la ladera de Peña Oracada, antes de que el sol caliente con más fuerza.

Allí, emboscada en un primer arbolado de hayas jóvenes que hacen sombreados y menos fatigosos los casi 500 metros de desnivel del último kilómetro, se encuentra la maravillosa Tejeda de Tosande, a la que el andariego llega pletórico de silencio y admiración. Estamos ante uno de los bosques de tejos más importantes de Europa, con ejemplares casi milenarios que alcanzan el metro y medio de diámetro. Se tiene la sensación de penetrar en cualquiera de los bosques sacros que aparecen en las leyendas mitológicas, empapado en una atmósfera húmeda que podría recordar la de una cueva, en este caso vegetal, cuyo aliento lleva respirando sobre la tierra unos cuantos siglos.

Es sabido que los celtas se suicidaban con el brebaje que dan las semillas de estos árboles antes de rendirse al enemigo y que la dureza de su madera permitió que se usara como material para arcos y ruedas de carreta. Por su prolongada longevidad eran considerados árboles sagrados, algo que luego trascendió a la religión cristiana, al punto de plantarse al pie de ermitas, iglesias y cementerios como símbolo de trascendencia de la muerte. También se le empleó como símbolo en torno al cual se celebraban los concejos abiertos en las plazas de los pueblos.

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Estuvimos un buen rato sumidos en esa atmósfera sagrada, absorbidos por el sosiego y encantamiento que inspira el lugar. En un momento dado reparamos en que nuestra voz era casi un susurro comentando cuantos detalles observábamos. Así, hasta que un grupo de senderistas gritones interrumpió la calma con su irrupción parlanchina. Aconsejo por eso, a quienes suban hasta la Tejeda de Tosande, háganlo a muy primera hora de la mañana, porque el silencio presta un recogimiento al bosque que lo hace aún más admirable, más amable, más conmovedor. (Sería ideal que ese tipo de senderistas reparase en que hay otros que andan también por observar y escuchar lo que el camino les ofrece).

La Tejeda de Tosande se merece nuestro silencio o, a lo sumo, la confidencia del susurro como más elocuente expresión de admiración y respeto. Al fin y al cabo estamos ante uno de los más impresionantes templos de la Naturaleza, representada en unos árboles monumentales que son auténticas leyendas vivas.

UN POEMA DE NICOLÁS GUILLÉN

Tus venas, la raíz de nuestros árboles

La raíz de mi árbol, retorcida;
la raíz de mi árbol, de tu árbol,
de todos nuestros árboles,
bebiendo sangre, húmeda de sangre,
la raíz de mi árbol, de tu árbol.
Yo la siento,
la raíz de mi árbol, de tu árbol,
de todos nuestros árboles,
la siento
clavada en lo más hondo de mi tierra,
clavada allí, clavada,
arrastrándome y alzándome y hablándome,
gritándome.
La raíz de tu árbol, de mi árbol.
En mi tierra, clavada,
con clavos ya de hierro,
de pólvora, de piedra,
y floreciendo en lenguas ardorosas,
y alimentando ramas donde colgar los pájaros cansados,
y elevando sus venas, nuestras venas,
tus venas, la raíz de nuestros árboles.

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