Las decisiones que debemos tomar en Guatemala

Para los cristianos ya nació “el Niño Jesús”. En algunos hogares ya pasó “Santa”, dejó regalitos, hubo brindis, cena familiar, fotos y estamos a la espera de la otra celebración para recibir el nuevo año; algunos hemos disfrutado de momentos de paz, amor y sublime felicidad en el año que termina, otros habrán pasado como siempre, en medio de la pobreza y de las penalidades; unos más continúan el duelo por la pérdida de sus seres queridos por enfermedad o por la violencia.

Como sociedad, en Guatemala hemos tenido doce meses intensos, difíciles, llenos de congojas para algunos, de prosperidad para otros, usualmente sobre la base de la infelicidad de las mayorías.

El recuento de logros no es favorable como país, aunque hay algunos insuficientes avances. Por ejemplo, las cifras oficiales reportan una disminución de homicidios, reducción de la violencia, alguna mejoría en los indicadores de desnutrición crónica infantil, en la producción agrícola, etc.

Hemos desperdiciado oportunidades para transformar el país, una de ellas fue el proceso que culminó con la firma de los acuerdos de paz, hoy hace catorce años, y que supuestamente era un nuevo comienzo, una oportunidad renovada de desempeño, colección de compromisos de contenido profundo que abordaron la situación estructural del país, con propuestas de cambio que implican exigencias básicas para la existencia del ser humano, como la dignidad de la persona, su promoción y desarrollo integral, su derecho a la vida, alimentación, trabajo, vivienda, salud y educación, así como su participación en las decisiones que forjan el destino de la nación y que no han sido asumidas ni valoradas. Está distante ese deseo de los signatarios.

Y ahora, además de los problemas estructurales que generaron la guerra, tenemos otros igualmente catastróficos, como la fuerte presencia del crimen organizado y la narcoactividad, que despiertan ambiciones desenfrenadas.

Estamos en una nueva fase de enfrentamiento, ahora en el ámbito judicial, que ha provocado reacciones de diversa naturaleza, ninguna contemplada en los compromisos de paz y que trae aparejada la revancha de quienes se sienten amenazados con la intención de quienes buscan en la justicia la reparación del daño provocado. Y tras una denuncia y una demanda viene otra contra los adversarios políticos y así seguiremos indefinidamente defendiéndonos unos de otros en los tribunales, poniendo a la judicatura una espada de Damocles en la cabeza y listos para acusar y señalar a los juzgadores que no resuelvan según los intereses de unos y otros. Esa espiral será interminable.

Comparto un pensamiento de una pequeña de apenas 10 años que encierra, desde su inocencia e ingenuidad una reflexión que deberíamos hacernos para resolver nuestras diferencias y desatar los nudos que no permiten que llegue la paz y el desarrollo. Dice “En algún momento de la vida tenemos que pensar… ¿cuál ha sido el mejor momento que he vivido: jugar, brincar, hablar, nadar, sentir algo verdadero? Pero les quiero hablar de las decisiones que debemos tomar… pizza o ensalada, helado o plátano, ser bueno o ser malo, One Direction o Calle 13, hablar o callar. No podemos ir a donde otros vayan si no queremos hacerlo, debemos ser seguros de nosotros mismos…”.

Pero a nosotros los guatemaltecos (as) pareciera que de lo único que estamos seguros es que no podemos recuperar la capacidad de ponernos de acuerdo sobre nuestros grandes retos nacionales. La aspiración de quienes negociaron la paz ha quedado en el olvido.

Únase a más de 1100 personas que apoyan nuestro periódico

Podrás comentar, enviar sugerencias y además podrás acceder de forma gratuita a eBooks, póster y contenidos exclusivos de nuestros colaboradores.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.