Los cuatro de Düsseldorf: el buenismo puesto en solfa

Un lenguaje vivo, desesperado, candente y salpicado de tacos que se lanzan oportunamente y por sorpresa a la cara del interlocutor, pero tranquilos, el interlocutor no es el público, no le atañe.

cartel-cuatro_dusseldorfTodo transcurre ajeno a él, o eso cree. Una forma de actuación que, más que pisar la escena, parece sobrevolarla de puro rápida. Unos cambios de escena que se superponen sin confundirse, apenas con un grito, una carcajada, un estertor, no hay tiempo para más.

Ni para perderlo en entendederas, que estamos terminales y todo está tan claro que da la risa tener que ponerse a explicar nada. Para culminarlo, una música tan buena y tan bien elegida que te hace levantarte de la butaca y ponerte a… A hacer algo, lo que sea, no te puedes quedar así.

La magia de los libros de autoayuda en que todo lo puede arreglar una frase, tal que «todo depende de ti: si tú cambias de actitud, no se sabe cómo, pero todo puede cambiar», o «basta que te lo propongas para que todo el universo coopere a tus fines, una legión de ángeles se alíe, o de mariposas…» Una sola frase que, sin embargo, necesita 400 páginas o más para hacerse creíble y hasta adquirible.

Todos esos eslóganes beatíficos que han hecho forrarse a muchos popes de la modernidad son tomados como base bufa en Los cuatro de Düsseldorf para ponernos ante lo más duro de la realidad personal y social. Es el mundo de una empresa multinacional puntera el que es puesto en solfa por la fuerza de los hechos. Sus técnicas de formación y buenas prácticas empresariales en manos de un psicópata, un desesperado, pura bomba de relojería.

Como para darles razón y prueba de que todo es posible, el último de sus empleados se yergue como figura clave del porvenir y, tomando al pie de la letra sus enseñanzas, resulta que él es el guardián de sus secretos y no un simple conserje. ¿No le están llamando a todas horas «custodio de documentos»? Ya es hora de pasar a los hechos. Los tiene cogiditos, en eso se quedan los tiburones.

De modo que el ordenanza tiene algo que ellos no tienen y está dispuesto a destaparlo. Algo que puede afectar a la jerarquía. En ese caso, la diferencia de cargos será solo una anécdota.

El final, a fuerza de querer atar cabos, está un poco traído por los pelos, pero no importa. Hasta entonces, hasta ese momento en que ya todo nos da igual, la dialéctica entre ambos ha puesto patas arriba lo más sagrado de las estructuras empresariales y las nuestras, esas que nos dicen que lo honrado es más rentable que la impostura y que, además, quieren que nos lo creamos. Ellos, los cuatro de Düsseldorf «menos uno», han decidido salir por la puerta grande aunque ésta esté en Estepona, su meta, su patria. No les hace falta nada más: Düsseldorf, total, ya han estado allí. Su empresa es alemana y es quien paga el viaje y la estancia, las dietas. Muy buena.

  • Título: ‘Los cuatro de Düsseldorf’
  • Autor: José Padilla
  • Intérpretes: Mon Ceballos, Helena Lanza, Delia Vime y Juan Vinuesa
  • Espacio: El Sol de York ( Arapiles, 16, C.P. 28015, Madrid)
  • Precios y horarios: De 3 a 12 euros. V, S y J a las 20.30 h. D a las 19 h.
  • Fecha: 28 de febrero de 2014. Hasta el 9 de marzo

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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