Roberto Cataldi
El diccionario Oxford «sostuvo hace diez años que la «posverdad» «había sido la palabra del año. En efecto, fue la más utilizada para explicar el triunfo de Donald Trump como presidente de EEUU por primera vez y, a su vez, el del Brexit en el Reino Unido para abandonar la Unión Europea.
Entonces se hacía referencia a que la emoción y las creencias tenían mucha más fuerza en la opinión pública que los hechos verificables. Y esto ha ido en aumento, pues las opiniones, las creencias, las pasiones, terminan imponiéndose sobre los hechos objetivos, los documentos fiables, los datos que surgen de la realidad, mientras que la situación contextual sociopolítica y psicológica ha empeorado en extremo.
Hace unos años se produjo una serie de TV estadounidense que tuvo amplia repercusión y estaba muy bien realizada, «Lie to mee», del género drama criminal, inspirada en el trabajo científico de un psicólogo. El protagonista, un experto en lenguaje gestual, estudiaba las expresiones faciales y el lenguaje corporal involuntario de los individuos para detectar las mentiras.
Los seres humanos tenemos algunos mitos que adquirimos ya en la infancia, como «quien mira fijamente a los ojos dice la verdad», sin embargo, los expertos sostienen que esquivar la mirada está vinculado más bien a emociones (miedo, tristeza, vergüenza), pero nunca a la mentira. La comunicación no verbal contendría el núcleo del mensaje que transmitimos, y luego las palabras confirman o contradicen ese mensaje.
Al parecer, no existirían buenos mentirosos sino malos observadores, y el ser humano no sería capaz de mentir o de simular más allá de tres ó cuatro minutos. En resumidas cuentas, no se puede detectar la mentira a través de la gestualidad.
Sin entrar a considerar la mentira compulsiva, patológica o mitomanía, área de interés tanto en psicología como en psiquiatría, hay gente que desarrolla el hábito de la deshonestidad sin una finalidad lucrativa, lo hace de manera discreta y, quizá lo necesite para sentirse bien consigo mismo.
En Los hermanos Karamazov, Dostoievski revela que el autoengaño es la forma más peligrosa de falsedad, superando ampliamente a la mentira externa: «Sobre todo, no te mientas a ti mismo. El que se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad, ni en él, ni alrededor de él».
El aprendizaje de la mentira se hace al mismo tiempo que se desarrolla la personalidad (etapa infantojuvenil). Si la mentira deja de ser herramienta y se convierte en forma de existencia, el daño no es moral, es identitario, como la letra de la canción que decía: «Tu vida siempre ha sido una mentira».
La conducta mentirosa se aprende con ejemplos y luego se refuerza con textos específicos. Para la psicología, el que tiene por hábito mentir «revela una situación compleja de conducta, no necesariamente como rasgo moral o incluso ser mala persona. Más allá de las connotaciones morales, dicen los expertos que el mentiroso consuetudinario lleva una elevada carga cognitiva, inhibe verdades, monitorea su mensaje, y anticipa inconsistencias posibles. De ahí el stress que soportan.
La mentira crónica a nivel nervioso despierta el sistema de alerta. Y cuando la mentira intermedia en los vínculos, éstos se deterioran, si bien cada uno puede interpretarla de diferentes maneras. Es cierto que muchos mienten para agradar o para encajar en el grupo, sin embargo, es poco efectivo el reproche moral.
Conversando del tema con un amigo, me decía que no hay duda que el mundo está gobernado por autócratas que son grandes mentirosos, cuyas mentiras rápidamente salen a la luz, pero nada sucede… Pues bien, hoy la ficción narrativa funciona como relato político.
Como ser, las motivaciones reales que llevan a declarar una guerra suelen camuflarse con una causalidad moral, de justicia, de derechos humanos, cuando en realidad, cobijan intereses económicos, ambiciones por apropiarse de lo ajeno, pretensiones geoestratégicas o simplemente imperiales, como en nuestros días podemos ver en distintos conflictos que están causando estragos.
El relato político suele ser sencillo, para consumo general, y prende con fuerza en cándidos, necios y fanáticos, no así en quienes se atreven a pensar por sí mismos, aunque estén muy limitados en su accionar para cambiar el estado de cosas.
En medicina, tradicionalmente imperó el paternalismo en la relación médico-paciente, y así como el padre llega a mentir para proteger a su hijo, era habitual que ante un diagnóstico infausto, el médico se lo ocultase al paciente. Mis maestros, a menudo recurrían a la «mentira piadosa» para evitar que el conocimiento de un diagnóstico maligno le ocasionase «más sufrimiento al enfermo.
Con el advenimiento de la bioética, la relación cambió, y hoy se considera que por más serio que sea el diagnóstico, el dueño del mismo es el propio paciente, por consiguiente merece conocer la verdad, esa es la regla, aunque en algunas ocasiones, cuando se prevé que su conocimiento le causará más sufrimiento que la propia enfermedad, apelamos a la mentira piadosa (excepción a la regla).
Una paciente que le exigía a un colega oncólogo que le dijese la verdad, que estaba preparada para lo peor, éste le mintió, señalando una patología benigna, y a renglón seguido ella se puso contenta y le confesó que si el diagnóstico hubiese sido maligno, inmediatamente se hubiese arrojado al vacío desde la ventana del consultorio…
En fin, no condeno aquellas mentiras que se dicen para no herir a una persona, porque al fin de cuentas, somos seres humanos y debemos evitar producir daño.
Albert Camus decía: «La libertad que debemos conquistar es el derecho a no mentir. Solo con esta condición tendremos razones para vivir y morir». Él antepuso la humanidad a la ideología y la política, por esa razón fue combatido.
- Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)



