Miguel Palenzuela: La memoria recuperada

El actor Miguel Palenzuela escribe La memoria recobrada en la colección Memorias de la Escena Española que, bajo los auspicios de AISGE, dirige Amparo Climent y coordina, en taller de escritura, Juan Jesús Valverde. Un libro publicado en 2015.

Miguel-Palenzuela1 Miguel Palenzuela: La memoria recuperada
Miguel Palenzuela interpreta «Ya me toca» de Rafael Hernández Torres en el X Maratón de Monólogos organizado por la Asociación de Autores de Teatro

Miguel Palenzuela nace en Ávila y este origen castellano lo marcará de por vida. Inmediatamente trasplantado a Barcelona (su padre era ferroviario), tenía tres años cuando estalló la guerra civil, que cogió a toda su numerosa familia viviendo en los costados de la mismísima estación de Sants. Tal vez por esta circunstancia, en una revisión médica rutinaria, ya en la tercera edad, le encuentran en el cuerpo restos ferruginosos, ¿de metralla? ¡Toma ya! Pues ajo y agua, que no hay otra.

Lo de sus visitas médicas daría para una novela de misterio e intriga, menos mal que hasta cumplir los 80 nunca necesitó acudir, porque semejantes rarezas narradas con su gracia (que la tiene por mucho que él lo niegue) son propias de un personaje de Molière.

Por cierto que Marsillach, cuando lo contrató para la CNTC, le dijo: «Tú ya me naciste clásico y con un trapo que te dé, construyes el personaje y me sales baratísimo. Ahora, no pretendas encima que te lo diga en serio». (Y también nos salió baratísimo a los españoles al haber seguido trabajando hasta ahora, mucho después de corresponderle cobrar pensión, pues día trabajado-día descontado). Muchas gracias.

Pero antes de Marsillach, vivió largas temporadas con la Compañía Lope de Vega, que para él siempre había sido el cénit soñado, a las órdenes de José Tamayo… hasta que se rebeló. La culpa la tuvieron las racanerías en los salarios, el trato casi inhumano en viajes y pensiones baratas y la dirección errática a través de secretarios que pedían lo imposible y encima lo querían «bien hecho».

Pero mucho antes aún había trabajado a las órdenes de Miguel Narros, que fue quien lo bautizó como Miguel Palenzuela (en realidad se llama Saturnino Palenzuela Miguel), en «El caballero de Olmedo». Y muchos años después de esto, años después de Tamayo y de Marsillach y de Nuria Expert, asiste invitado a la representación de «El caballero de Olmedo» que interpreta Carmelo Gómez, también a las órdenes de Narros, y mirando distraídamente el programa de mano, se queda estupefacto al leer: «Yo dirigí hace mucho tiempo, en este mismo papel del caballero, a un gran actor español de porte aristocrático llamado Miguel Palenzuela…(¡¡¡o sea, yo!!!)»

Dios, y pensando de él así Miguel Narros, ¿es posible que hubiera pasado las hambrunas que pasó en Madrid con las consiguientes noches pasadas en los bancos del paseo de El Prado, después de ser tenido en tan alto concepto por alguien tan poderoso?

Sólo entonces reflexionó amargamente sobre las limitaciones que tiene, en esto de ser cómicos, el no saber ser un pelota.

Para él su patria soñada siempre había sido Barcelona, pero “cuando el nacionalismo enseñó los dientes”, resultó que su acento castellano, a pesar de haberse formado en el Instituto del Teatre y hablar en perfecto catalán, era insufrible a los críticos, por lo que después de dolorosas decepciones, se decidió a cambiar de modo definitivo Barcelona por Madrid.

La mili, no obstante, le tocó en Port de la Selva (rincón de la Costa Brava donde fundó La farándula castrense, el nombre se lo puso el coronel), y allí tenían como vecino a Salvador Dalí, que no los visitó nunca. Sí los visitaría años más tarde, cuando fundaron un teatrillo de gran éxito en Cadaqués que acababa cada noche en Bar. Lo de gran éxito era el Bar. Allí se lo pasaban muy bien Dalí y Gala con sus andróginos y sus donceles, pero todo el gozo en un pozo cuando una noche les pasaron la minuta de sus consumiciones.

El haber hecho y terminado la carrera de Perito Mercantil, algo a lo que le obligaron compaginándolo con su preparación de actor (precaución lógica de familia humilde) le resultó de una ayuda impagable a la hora de administrar su vida y su carrera de actor. Tanto, que resultó todo un experto en giras de bailes españoles y flamencos con los que hizo ganar dinero a sus componentes y a él mismo. Esto se lo reprocharía mucho Marsillach, pero quien las ha pasado canutas sabe muy bien el valor que hay que dar a cada cosa.

Por cierto que en estas giras, particularmente en la que él hacía de promotor por Italia titulada «Flamenco y bailes españoles», su papel era el de actor recitalist y como tal recitaba, traducido al italiano, el tratado poético de Lorca titulado «Teoría y juego del duende». Y precisamente aquí, su acento castellano, insufrible e imperdonable en Cataluña, resultaba para los italianos arrebatador. Tanto que su éxito no sabía a qué achacarlo, si al flamenco o a la Teoría lorquiana.

Es así como lo cuenta, sin falsas modestias, porque “mis memorias son mías y como yo soy el dueño, hago con ellas lo que quiera.”

Todo esto, así como los posibles orígenes familiares y colegiales de su vocación de actor es digno de leerse y no de resumirse.

Es fácil imaginarlo ahora subido en un ambón en medio del comedor escolar leyendo a los clásicos para ganarse la beca, pero para un niño tal esfuerzo era el orgullo de ser el mejor lector unido al instinto de supervivencia. De él y de su familia, puesto que también se llevaba provisiones a casa. De no haber nacido en España, Italia sería su preferida, cómo nos quieren y cómo les gustaba lo español. Ahora bien, hubo otras giras no tan gloriosas, como la de Inglaterra, que sólo para llegar a Edimburgo en tren y en barco, con los correspondientes enlaces y trasbordos, ya era La Odisea.

Fueron unos diez años de giras (1964-1975) en los que sin embargo nunca dejó el teatro, lo que no estorbó a que Marsillach, cuando por fin volvió del todo, le regalara un libro que aún conserva, con esta dedicatoria: «Por fin has vuelto».

Pero donde más ganó fue con el cine, con los westerns rodados en España en los que él, al lado de americanos e italianos, defendía la parte española. Fue un habitual de Almería. La más famosa de sus películas fue El sabor de la venganza (1971), pero cuando en el extranjero vio el cartel, resultó que él se llamaba Willy Wood. “Así era como defendían nuestros derechos en Filmespaña”. Nunca se lo pasó tan bien como montando a caballo, aunque luego practicar la equitación por cuenta propia sea un deporte de ricos.

No se cansa de alabar a las mujeres, a las que encuentra más dotadas para el teatro que el hombre, pero una de las características de sus memorias es el no hablar en absoluto de su vida privada. Esto, en alguien que vive de la imagen, tiene su mérito. En efecto, nada hay, al referirse a las mujeres que menciona, muchas y muy queridas, que exceda de los límites de una amistad o de una gran admiración como actrices: Marta Padovan, Lola Cardona, Berta Riaza, Matilde Almendros, Nuria Expert, Amparo Rivelles, Victoria Vera. De Mary Carrillo, dice que era muy seca, pensando sólo en sus hijas, las Hurtado, si bien tenía un tertuliano entusiasta en el marido Hurtado, gran conocedor y cínico del teatro de Benavente. En su elogio de las mujeres, destaca -por ese su espíritu arriesgado- a aquella actriz que se metió a productora por amor. Esto, que sería escacharrante aquí y allí, hace que no la nombre, limitándose a titular el episodio como «alivio cómico» de su escritura, uno de aquellos episodios que entretenían al público entre un acto y otro aligerándolo de tanto peso.

Pero sus amistades masculinas son también dignas de mención y así “en la minúscula participación mía en la historia de los 60 quiero que ellos me acompañen”: Antonio Chic y Sergio Schaaff, directores, Enrique Ostembach, autor, José maría Espada, figurinista y decorador, Vicente Lluch, director cinematográfico Iván Tubau, uno de los inspiradores de Ciutadans, Juan Germás Schroeder, José María Rodero, los críticos Antonio Armenteras, José maría Junyent y Luis Marsillach (padre de Adolfo).

Considera vitales a los críticos teatrales que con sus errores de juicio, injusticias e incompetencias, tanto nos han indignado.

Lamenta, hablando de Madrid, tantos teatros desaparecidos: el Goya, el Candilejas, el Fuencarral, el Valle-Inclán (no éste) y habla de funciones como El comprador de horas, que él protagonizó en el Teatro Talía del Paralelo a las órdenes de Nuria Expert, obras que en aquella época hacían llorar y que hoy harían llorar pero de risa. “Ese padre Ybarra, que para salvar el alma de su paisana la prostituta Rolanda se metía en su habitación pagando las horas al precio fijado para los clientes, producía una fascinación enorme a un público reprimido pero en el fondo ávido de tentaciones eróticas… De manera que al salir, después de la función de tarde para ir a cenar yo (que era el temerario cura) tenía que esconderme porque siempre había una bandada de pupilas dispuestas a que las catequizara allí mismo”.

Luego vendrían, con Nuria también como pareja, obras tan serias como Deseo bajo los olmos, Gigi, Medea, Ana Christie… con temporada en Barcelona y Madrid, Con Nuria, considera que él era bueno por ella: “Yo veía en la intensidad de sus ojos el ansia de convencer a su amado, y de ellos obtenía yo el eco emotivo que me convenía”.

Da muchas claves interpretativas de cómo hacerse con un personaje, y nombra algunos tan poderosos que ellos solos, sin ayuda de nadie, son capaces de ponerse de pie. Por citar algunos de los que consagró, Don Lope y Pedro Crespo de El alcalde de Zalamea, por ejemplo, ambos opuestos en la obra, en los que tan importante es el oponente para lograrse: con Agustín González el uno y en sustitución de Jesús Puente el otro.

En contraposición a quienes afirman que los actores viejos hacen el ridículo (cita el texto de un autor mordaz, al que sin embargo no nombra), que hay que retirarse a tiempo y que no hay cosa más triste que un actor fugado (muerto en escena, excedido en sus facultades por su papel), él afirma como dueño y señor de su vida que es, “seguiré actuando lo que me dé la gana». Porque ridículo o no, es lo que más le divierte. Más que viajar.

Asegura Miguel Palenzuela que este esfuerzo de recuperación de la memoria sólo lo hace por lo que pueda servir a otros, pero es evidente que está tan bien hecho y con tanta gracia narrado, que sería imposible no ver en él un poco de vanidad. Además, consulta papeles y notas, prueba de que las tomó en su día. Vanidad necesaria por otra parte para un cómico, qué bella palabra, dice él.

Como muestra de su estilo escritor, no me resisto a copiar estas líneas casi finales: «Recordando el desamparo de algunas épocas de mi biografía, me reconforta la serenidad con que afronto mi vejez, aunque ha sido bueno, mediante este libro, cuadrar las cuentas ahora porque no estoy en condiciones de dejar nada para mañana».

Pero me quedo con las ganas de saber el nombre de ese autor que tanto odia a los actores viejos. Quiero que me lo diga, así como el nombre de la ciudad donde, en el cuarto del hotel, detrás de un cuadro hortera, encontró el tesoro; quiero que me diga también el nombre de la actriz que se metió a empresaria por amor y el del cómico al que sustituyó para enderezar una función desastrosa. Quiero que me diga todo esto y, en cuanto lo vea, se lo pregunto. Yo a mi vez, prometo no contarlo.

Nunci de León
Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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