Paraíso: para no tropezar en la misma piedra

Paraíso es la última película de Andrei Konchalovsky quien, en 2014, nos deslumbró con su penúltima producción, una meditación sobre las raras alegrías de la vida en medio de la tundra báltica. Ahora, con Paraíso (2016), ganadora del premio a la mejor dirección en el Festival de Venecia, vuelve al holocausto y plantea la revisión de un tema que, no por muy conocido, deja de suscitar interrogantes morales sobre aquellos hechos y sus motivaciones. 

Paraiso-cartelPara ello, selecciona a tres personajes paradigmáticos que hablan a la cámara desde un más allá límbico y gris, desprovistos ya de toda pasión. Son tres monólogos directos, incómodos y nihilistas, que se superponen a imágenes históricas y personales del devenir de los tres a lo largo de la Segunda Guerra Mundial.

El hecho de que la película esté íntegramente rodada en blanco y negro ayuda a poner calma y distancia sobre lo narrado, como si fueran estampas que ya no nos atañen, nada más lejos de la realidad. Precisamente el propósito es obligarnos a revivirlas para no repetir el horror que representan. Los que ahora nos preguntamos cómo pudieron ocurrir tales horrores en la Europa civilizada, cómo con su música divina y sus tesoros artísticos pudo volverse loca de odio, conviene no perder de vista los orígenes de aquella catástrofe. Y sobre todo, subrayar algo en lo que coinciden todos los testigos: que nadie se tomó en serio aquellas algaradas, nadie vio venir el horror.

Por otra parte, el hecho de que la película sea una coproducción franco alemana hace albergar la esperanza de que las dos potencias europeas que destacaron como abanderadas de esas dos ideologías «paradisíacas» se hayan puesto de acuerdo para cerrar aquella etapa negra. Pero nadie es inocente y precisamente la película se centra en buscar los porqués, por qué gente como Helmut, uno de los tres monologuistas. quien antes la ascensión del nazismo se afanaba en una tesis sobre Chékov, abrazó esa ideología de muerte y lo dejó todo para alistarse.

Paraíso muestra fríamente cómo después de la Primera Guerra Mundial, Alemania necesitaba a toda costa forjarse un paraíso, un refugio alemán donde sentirse seguros. Era una idea de la que participaban espíritus aristócratas, intelectuales y filósofos educados en el idealismo.

Esas tres personalidades implicadas por la fuerza de los acontecimientos, Olga, Jules y Helmut, son las que llevan el hilo de la narración. Una narración que siendo personal, se vuelve universal. Se trata de una aristócrata judía, un aristócrata alemán y un comisario de policía en la Francia colaboracionista.

La mujer, Olga, tiene el raro «privilegio» de conocer a los otros dos, mientras que ellos dos no se conocen entre sí. Y con ser los tres testimonios de una gran intensidad, el que más estremece es el del joven aristócrata que vende sus posesiones (en la ruina, por otra parte) para alistarse, convencido, al mismo tiempo que reconoce que, de no haber sido alemán y de haber conocido a Stalin, sería comunista.

Este año se cumple también el centenario de la revolución bolchevique y, según el francés Talleyrand, «el que no haya vivido antes de la revolución, no sabe lo que son las alegrías de la vida». O como afirma un Josep Pla muy bien documentado, «Marx era un burgués y como tal, él no hizo la revolución, se limitó a escribirla».

Curiosamente, el idealismo alemán y el materialismo histórico llevaron a sus respectivas utopías a convertirse, cada una por su cuenta y razón, en auténticas bajadas a los infiernos.

Paraíso ha ganado también tres Premios en el Festival de cine de Gijón: mejor actriz (Yuliya Vysotskaya), mejor fotografía (Aleksandr Simonov) y el premio del jurado joven. El actor Christian Claus, protagonista de la película, visitó España el día 4 de mayo para promocionarla y, en el Círculo de Bellas Artes, habló sobre los retos de su adopción del personaje de Helmut y de la dureza de su monólogo confesional, rodado todo seguido a lo largo de tres días.

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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