Presentándome a las elecciones municipales. Por coherencia y dignidad

En un momento en el que el viento parece soplar de frente para el que suscribe por diferentes motivos, mi partido ha decidido que forme parte de la lista para las próximas Elecciones Municipales de mi pueblo, el madrileño de Tres Cantos, de lo cual me siento orgulloso, aceptando el reto por coherencia y dignidad, ya que uno debe comenzar siendo consecuente consigo mismo para poder serlo con los demás.

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En primer lugar, parece ser que hoy por hoy lo que cuenta para ejercer en política es ser joven, asunto éste que no es mi caso. Por otra parte, soy consciente de que la clase política está menospreciada, tachada de corrupta en general, algo que no comparto, si bien sé que el descrédito de los partidos tradicionales es acusado, y que yo formo parte de uno de ellos. Es cierto que hay casos de corrupción y creo que todo el peso de la ley debe caer sobre ellos, pero no se puede generalizar ni en política ni en cualquier otro ámbito.

A tanto llega la cosa de la idea de la corrupción política que entre mis amigos de tertulia los hay que piensan que la clase política es corrupta en un 95%, mientras que otros elevan dicho porcentaje al 99%. Y es de suponer que como yo voy a formar parte de la candidatura de un partido político me convertiré en un corrupto en potencia, por lo que no me gustaría que tuvieran la magnanimidad –o la hipocresía- de no incluirme en dicho porcentaje. Alguno incluso me ha enviado un correo con el siguiente texto, advirtiéndome al parecer de dónde me meto: “Por favor, en las próximas elecciones vota con cuidado, y escoge con conciencia. Tú decides. 1. El ladrón vulgar te roba: el dinero, el reloj, la cadena, el coche, el móvil y cualquier bagatela más. 2. El político te roba: la salud, la vivienda, la educación, la pensión, la recreación, el trabajo y hasta la conciencia”. Como ustedes comprenderán, con amigos así no necesita uno enemigos…

No obstante todo ello, y alguna cosa más, quiero aclarar que formo parte de un partido en el que milito desde la clandestinidad, ya que comencé a relacionarme con el socialismo allende nuestras fronteras en los años sesenta cuando con apenas 20 años conocí la socialdemocracia a través de políticos como Willy Brandt, en Alemania, u Olof Palme, en Suecia. Era, y creo que sigue siendo, una forma adecuada para la gobernanza en mi país. Claro está que al regresar a España ya en los años setenta me encontré con que ser socialdemócrata en este país era casi un insulto para la progresía local, pues para ser alguien en esos ámbitos debías pertenecer como mínimo a la LCR (Liga Comunista Revolucionaria) o a la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores). Si ya de paso llevabas el Libro Rojo de Mao Zedong bajo el brazo y olías un poco a chotuno, eras el progre perfecto. La Transición del 78 empezó a poner las cosas en su sitio, dándonos cuenta de que éramos más o menos como nuestros vecinos europeos, comenzando a alternarse en los Gobiernos distintos partidos políticos.

Al que pertenezco lo ha hecho en diferentes ocasiones, en las que ha habido de todo, como creo que por otra parte es natural. Soy consciente de que ha cometido errores que ha pagado en las urnas, que es donde se suelen pagar estas cosas. Pero también creo que ha aportado a este país cosas que han proporcionado a España una de sus mayores cuotas de bienestar, como son la sanidad pública universal, las pensiones universales, la Ley de Memoria Histórica, la Ley contra la Violencia de Género, la Ley del Matrimonio Homosexual, la Ley de la Interrupción del Embarazo en los casos supuestos hoy en vigor, y alguna ley más. Con todo ello creo que puede hacerse un balance positivo.

Las cosas han cambiado en los últimos tiempos con la aparición de nuevos partidos políticos, por lo que la sociedad española se muestra más heterogénea. No sé lógicamente cuáles van a ser los resultados en los comicios venideros a los que estamos llamados, pero todos ellos merecerán el mayor respeto por mi parte, si bien tengo muy claro cuál va a ser mi posición: en primer lugar, no voy a buscar el enfrentamiento per sé, a dividir a la ciudadanía entre casta y gente, entre jóvenes y “viejunos”, en “restos de la Transición” y recién llegados, porque todas las personas, voten a quienes voten, me merecen el máximo respeto. No voy a prometer conquistar el cielo porque tengo los pies en la tierra, en cosas muy prosaicas. En esta tierra que es mi pueblo, en mi nuevo barrio, donde procuraré que se haga un colegio público, un instituto público, un ambulatorio público, todo ello cien por cien público para atender a la población antes de que vengan los mercaderes de la enseñanza, de la salud, a implantar sus reales, sabiendo, como sé, que ya le han echado el ojo a alguna parcela…

Creo por otra parte que los distintos programas de televisión parecieran haberse convertido en una especie de feria de las vanidades donde cada cual va a hablar de lo suyo, a “vender su libro”, como diría el ínclito Francisco Umbral. Algunos tertulianos me recuerdan a los charlatanes de ferias de mi infancia y juventud que eran capaces de venderte una burra vieja cual si de potranca joven se tratara, o colocarte una manta de Béjar en pleno mes de agosto, haciéndote ver que tenías frío. Eran auténticos piquitos de oro que encandilaban al personal con la labia que parece renacer ahora en la pantalla. Estando en primavera, como estamos, renacen los narcisos que lo tienen claro: “O yo, o nadie”, y ese no es mi caso, porque aquí, o cabemos todos, o no cabe ni dios.

El que fuera Presidente de Uruguay, Pepe Mújica, dijo en el programa “Salvados” que “la patología de la izquierda es el infantilismo”, algo que debería tener presente más de uno. Por mi parte, y a estas alturas de mi vida, lo que no me perdonaría nunca sería ser infantil. Por eso formo parte de una lista consciente de lo que hago: por coherencia y dignidad, porque nadie me va a callar ni por edad ni por ideología, porque cuando unos van yo estoy de vuelta de muchas cosas, porque sé que una cosa es predicar y otra dar trigo, y porque tengo muy presente una cosa que nos enseñaron a los niños de la posguerra en mi pueblecito extremeño en un tiempo de penuria y hambruna: “Con las cosas de comer no se juega”…

Por eso yo no voy a jugar con las cosas de comer de nadie, me resultaría imperdonable. Nunca beberé el cáliz de la demagogia, porque no creo en los milagros. Llamaré a las cosas por su nombre, pese a quien pese. Llego ligero de equipaje, vivo de mi pensión, arrastrando el saco de mis años, después de haber trabajado de los 14 a los 65 años. No perdí el norte de la emigración, sino que formé parte de ella. Hoy sigo trabajando en este maravilloso mundo de la farándula mientras el cuerpo aguante. Siguiendo las sabias palabras de García Márquez, trato de decir siempre lo que siento, y lo que hago es porque sale desde lo más profundo de mi ser. A estas alturas de la vida es difícil cambiar de piel, y de ideales.

Conrado Granado
@conradogranado. Periodista. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. He trabajado en la Secretaría de Comunicación e Imagen de UGT-Confederal. He colaborado en diversos medios de comunicación, como El País Semanal, Tiempo, Unión, Interviú, Sal y Pimienta, Madriz, Hoy, Diario 16 y otros. Tengo escritos hasta la fecha seis libros: «Memorias de un internado», «Todo sobre el tabaco: de Cristóbal Colón a Terenci Moix», «Lenguaje y comunicación», «Y los españoles emigraron», «Carne de casting: la vida de los otros actores», y «Memoria Histórica. Para que no se olvide». Soy actor. Pertenezco a la Unión de Actores y Actrices de Madrid, así como a AISGE (Actores, Intérpretes, Sociedad de Gestión).

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