Priviet, Hamilton

A quienes desconocen los rudimentos de la lengua rusa o, pura y simplemente, prefieren no molestarse en consultar un diccionario, sea este un engendro de Microsoft, de Google o, con un poco de suerte, un viejo libro guardado en la biblioteca de un ex estudiante anarquista, la traducción de este estrambótico titular sería Hola Hamilton o Hamilton, se te saluda.

A la pregunta – muy licita, por cierto – ¿Qué tiene que ver Hamilton con la lengua rusa? la respuesta sería: ¿Qué hace una patrullera de la Guardia Costera estadounidense en las aguas del Mar Negro, a escasas millas de las aguas territoriales de Rusia, Ucrania o Georgia?

Es lo que sucedió hace un par semanas, cuando la embarcación estadounidense cruzó el Bósforo, acompañando al crucero de la Armada norteamericana Donald Cook. Su misión: colaborar con los aliados de la OTAN en la región. Un poco lejos, eso sí, de las aguas territoriales de los Estados Unidos, o tal vez demasiado cerca de las instalaciones navales de Rusia, archienemiga de Washington – Joe Biden dixit – que reclama el control del Mar Negro.

Curiosamente, desde la guerra de Crimea (1853 – 1856), nadie dudó de la supremacía política y naval rusa en la región. Para la mayoría de los países ribereños, el Mar Negro se había convertido en un lago ruso. Antes había sido un lago otomano, un lago griego… Cuando el sultán de Constantinopla ordenó la anexión de la península de Crimea, se encontró con un territorio poblado por colonos griegos, asentados en tierras controladas por el Imperio romano de Oriente.

En la cumbre de la OTAN celebrada en 2016, el imperator Trump decidió que el Mar Negro debía pertenecer, al igual que el Báltico, a la nueva potencia mundial: los Estados Unidos. Tras la desaparición del Pacto de Varsovia, la protección de las nuevas conquistas incumbía a la… Alianza Atlántica. Los feudos de Europa septentrional serían defendidos por Polonia y sus vecinos exsoviéticos, Letonia, Estonia y Lituania; de la vigilancia del Mar Negro se encargarían Turquía, Bulgaria y Rumanía, aliados incondicionales de Occidente en la zona.

¿Aliados incondicionales? Bulgaria fue el primer país de la región en manifestar su disconformidad con los proyectos atlantistas de la Administración estadounidense. Apelando a su tradición y vocación paneslavista, Sofia se negó a participar en operativos bélicos dirigidos contra los hermanos rusos. Obviamente, la OTAN debía contemplar un… cambio de Gobierno en la rebelde Bulgaria.

Quedaban en liza Turquía y Rumanía. Sin embargo, la intentona golpista de 2016, que pretendía eliminar al presidente Erdogan, cambió el rumbo de la política de Ankara. El nuevo sultán inició un acercamiento estratégico a Rusia, vecino molesto de Turquía y enemigo de Occidente, con el cual convenía hacer las paces entre… dos conflictos.

La inesperada amistad entre Erdogan y Putín se convirtió en el quebradero de cabeza de la Casa Blanca y la OTAN. Ankara atesoraba demasiados secretos de la Alianza. Secretos y arsenales nucleares. El sultán supo utilizar a fondo esas bazas.

Rumanía, último aliado de Occidente en el Mar Negro, aprovechó al máximo esta situación privilegiada. ¿Por qué rechazar la presencia de cazas de la OTAN dispuestos a hacer vuelos de vigilancia en la región, la instalación de sofisticados sistemas electrónicos, el constante incremento de tropas desplazadas desde Alemania? En comparación con sus vecinos búlgaros, los rumanos sí son rusófobos. Pero su estado de ánimo no basta para solucionar el problema del lago ruso. Otros países ribereños, Georgia, Ucrania y la República Moldova, podrían sumarse próximamente a la lista de aliados incondicionales de la Alianza Atlántica.

Cuando la patrullera Hamilton cruzó el Bósforo, el crucero Moskva (Moscú) buque insignia de la Flota Rusa, abandonó su puerto de amarre para acercarse, con sus misiles de última generación y los sofisticados sistemas de vigilancia electrónica, a las embarcaciones de la OTAN dispuestas a competir por el control del lago ruso.  No cabe la menor duda de que el Moskva no traía el amistoso mensaje: Priviet Hamilton. Pero la historia de este encuentro aún no se ha escrito.

Los protectorados de la OTAN

El que esto escribe recuerda que allá, por los años noventa, un colaborador de Samuel Huntington, el autor del Choque de civilizaciones, nos aseguraba pomposamente que aún quedaban por definir los confines de Europa. Un argumento un tanto extravagante, proviniendo de un extraeuropeo. Sin embargo, no muy lejos del codiciado Mar Negro, en la siempre convulsa región de los Balcanes, asistimos a la representación de otra obra inspirada en el ideario de quienes pretenden redefinir las fronteras de Europa.

Durante la guerra de los Balcanes, la República Federativa Yugoslavia acabó dividiéndose en varios Estados, que reclamaron y lograron – merced a la generosidad de sus padrinos occidentales – su independencia.  Mas a los antiguos Estados – principados o repúblicas – se sumó un neonato: Kosovo, antigua provincia autónoma de Serbia, reconocida como Estado soberano por 90 de los 193 miembros de las Naciones Unidas, pero que plantea serios dilemas a los países comunitarios obligados a afrontar la cuestión de las minorías: España, Bélgica, Rumanía, etc. Decididamente, los confines de Europa aún quedan por definir.

A finales del mes de abril, el ministro alemán de asuntos exteriores, Heiko Maas, reveló la existencia de un extraño documento que circula en los despachos de la Comisión Europea. Se trata de una propuesta de modificación de las fronteras de los Balcanes Occidentales por razones étnicas y la creación de nuevos Estados: la Gran Serbia, la Gran Croacia y la Gran Albania, entidades geográficas diseñadas expresamente para resolver las tensiones nacionales que obstaculizan aparentemente la integración de los nuevos candidatos – Albania, Montenegro, Macedonia del Norte, Bosnia y Herzegovina, Serbia y Kosovo – en la Unión Europea.

La propuesta, enviada supuestamente por la presidencia de un Estado recién admitido en el club de Bruselas, ha sido rechazada por el jefe de la diplomacia germana, así como por otros dignatarios europeos. Alemania recuerda el error cometido por Bonn a comienzos de la década de los 90, cuando la República Federal se apresuró a reconocer la independencia de Croacia y Eslovenia, abriendo la vía al desmembramiento de Yugoslavia.

Otro error, aún más grave, fue la creación de la República de Kosovo, protectorado de la OTAN ideado por los estrategas del Pentágono y sus colegas del Departamento de Estado. Kosovo fue, y sigue siendo, el primer peón atlantista colocado en el tablero de la nueva Europa. El Báltico y el Mar Negro forman parte de las futuras jugadas de los impulsores de la aberrante política de protectorados.

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Fue el primer corresponsal de "El País" en los Estados Unidos (1976). Trabajó en varios medios de comunicación internacionales "ANSA" (Italia), "AMEX" (México), "Gráfica" (EE.UU.). Colaborador habitual del vespertino madrileño "Informaciones" (1970 – 1975) y de la revista "Cambio 16"(1972 – 1975), fue corresponsal de guerra en Chipre (1974), testigo de la caída del Sha de Irán (1978) y enviado especial del diario "La Vanguardia" durante la invasión del Líbano por las tropas israelíes (1982). Entre 1987 y 1989, residió en Jerusalén como corresponsal del semanario "El Independiente". Comentarista de política internacional del rotativo Diario 16 (1999 2001) y del diario La Razón (2001 – 2004). Intervino en calidad de analista, en los programas del Canal 24 Horas (TVE). Autor de varios libros sobre Oriente Medio y el Islam radical.

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