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Refugiados sudaneses empiezan nueva vida en España

Hace apenas unas semanas que Ibrahim, su mujer y sus hijos se trasladaron desde el centro de acogida a refugiados hasta un apartamento alquilado en Madrid y la casa ya huele a hogar. Atrás quedaron los días de miedos, persecución y torturas en Sudán y Libia para esta familia sudanesa reasentada en España el pasado verano desde el campo de refugiados de Acnur en Túnez, informa María Jesús Vega, portavoz de Acnur en España.

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© ACNUR/M. J. Vega: Ibrahim y su esposa posan con sus hijos en el apartamento donde ahora viven en Madrid. Después de huir de la violencia primero en su país y después en Libia, este refugiado sudanés reasentado en España confía en que las cosas vayan a mejor, aunque es consciente de la tarea que tiene por delante.

En julio 2012, un grupo de 80 refugiados de diferentes nacionalidades llegaron a España bajo un programa de reasentamiento gubernamental, promovido por ACNUR. A su llegada, fueron distribuidos en diferentes centros de acogida gestionados por el Ministerio de Empleo y por ONG, por toda España. Al igual que la familia de Ibrahim, estos refugiados estuvieron viviendo en Túnez casi un año, en tiendas de campaña en un campo de tránsito ubicado en la zona desértica de Shousha, a unos 12 kilómetros de la frontera con Libia.

Ibrahim, su esposa y sus tres hijos de ocho, 11 y 13 años, empaquetaron las pocas pertenencias que acumularon en el Centro de Acogida para Refugiados (CAR) de Vallecas, en Madrid, para trasladarse a un apartamento, donde viven ya de forma independiente. Están felices. La familia ha iniciado esta nueva etapa del proceso de integración en España después de convivir en el CAR con solicitantes de asilo y refugiados de diferentes nacionalidades y bagajes, durante medio año.

“Al principio, se resistían a dejar el centro, porque sin amigos o parientes en el país, somos para ellos su única referencia” explicaba Santiago García, director del CAR de Vallecas, centro gestionado por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social. Durante su estancia en el centro, se han tramitado sus tarjetas sanitarias y la documentación de protección internacional. Han recibido también apoyo psicosocial, clases de español y se matriculó a los niños en el colegio. “Es bueno para ellos empezar a enfrentarse a la realidad y gestionar por sí mismos la modesta ayuda que van a recibir durante unos meses” añadió el director, reconociendo que el cordón umbilical entre los refugiados y el CAR nunca se corta.

Pero para Ibrahim, aprender español se ha convertido en una tarea difícil. “Sé que la lengua es lo más importante ahora, pero no me puedo concentrar bien; los recuerdos del pasado me vienen constantemente a la cabeza”, dijo en un correcto inglés.

La odisea de Ibrahim comenzó cuando era joven en Sudán. Él procede de una familia de etnia mixta: su padre era árabe y su madre Nuba. Él nació en Kordofán del Sur, una zona disputada y rica en petróleo, que actualmente está sometida a constantes ataques aéreos y terrestres entre grupos armados de Sudán y Sudán del Sur. El conflicto se reanudó a raíz del referéndum celebrado en 2011 que proclamó la independencia y creación de Sudán del Sur como un nuevo estado. La persecución de Ibrahim comenzó cuando él empezó a hablar públicamente sobre la marginación de algunas regiones del país, con falta de acceso a la educación, al agua potable, salud o carentes de infraestructuras básicas. Ibrahim fue detenido, encarcelado y torturado en varias ocasiones.

Cuando este refugiado sudanés de 53 años huyó hacia Libia, comenzó una nueva vida. Allí conoció a su esposa, con la que se casó y tiene tres hijos. Ibrahim pasó por distintos trabajos hasta que encontró un empleo más estable como responsable de cuentas y tendero. Entre tanto, su esposa, Awatif, trabajaba como cocinera, peluquera y esteticista. Pero la vida en Libia no fue siempre un camino de rosas para ellos y para muchos africanos. La gente negra a menudo era víctima de un trato racista por parte de la población local.

“Ven aquí esclavo, nos gritaba la gente en la calle a mi o a mis hijos”, explicaba Ibrahim. “Sabíamos que no podíamos responder a la provocación, pero era doloroso, porque algunos de ellos lo sentían así profundamente”.

Sin embargo, lo peor llegó estando en detención. “Cualquier cosa era un buen motivo para que los militares te enviaran a prisión” decía Ibrahim. “No puedo recordar cuántos días pasé encarcelado en Trípoli; sometido a interrogatorios interminables y torturas; perdí la noción del tiempo”, recuerda este refugiado, mostrando las cicatrices en sus muñecas de las descargas eléctricas que sufrió.

Pero ahora en España, Ibrahim se siente seguro y relajado. Está muy agradecido al Gobierno español y al ACNUR por haber ofrecido a su familia una plaza de reasentamiento. Ahora trata de no mirar al pasado.

Ibrahim y Awatif son conscientes de las dificultades económicas que atraviesa España y los retos a los que se van a enfrentar para abrirse camino en esta nueva etapa, incluso teniendo permiso de residencia y de trabajo. Pero después de lo vivido, Ibrahim confía en que las cosas vayan a mejor, aunque es consciente de la enorme tarea que tiene por delante. “Si hemos podido sobrevivir hasta ahora, yo debería poderle ofrecer a mis hijos un futuro mejor”, dijo Ibrahim.

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