Rusia-China: oscilaciones asimétricas, intereses y viejos rencores

Xi Jinping ha recibido a Vladimir Putin al inaugurarse los Juegos Olímpicos de Invierno 2022. Ha sido la primera reunión bilateral de ese nivel que el presidente de China mantiene con un mandatario extranjero desde que estallara la pandemia de coronavirus en Wuhan, hace ya más de dos años.

Pero no nos engañemos ante la imagen del día: ambos presidentes se siguen mirando un poco de reojo, aunque hoy parezcan predominar los gestos amistosos.

Ninguno de los dos olvida reivindicaciones opuestas de un pasado no tan lejano. Tampoco tan armonioso. La argamasa de la entente Putin-Jinping se basa en factores ajenos, sobre todo en la rivalidad dual con Estados Unidos.

Una cierta fascinación imperial, conflictiva entre sí, profunda, tiende a separarlos. China ha recuperado el papel principal del que carecía a mediados del siglo XX, cuando los líderes maoístas empezaron a estigmatizar «el chovinismo de gran potencia» de Moscú (citado en Russia e Cina. Quatro secoli tra guerra e pace, de Gabriele Paresce, publicado en 1972).

Cuando Rusia hace planes para Ucrania, China piensa en Taiwán. Xi Jinping ha prometido la reunificación completa de las dos Chinas (El País, 10 de octubre de 2021). Y mientras Putin tiene nostalgia de su viejo colchón de países del Este europeo, China rememora sus ambiciones territoriales que abarcan pedazos de la India, de Filipinas, de Bután, de Japón… y de la Federación Rusa. En el fondo, Rusia desconfía de la ya considerada segunda potencia mundial.

Por ejemplo, en las aguas y regiones del Índico-Pacífico y en África. Se ha interpretado la presencia de mercenarios rusos en Malí como un gesto contra Francia y la UE. Quizá también tenga que ver con la creciente presencia económica (y diplomática) de los chinos en África.

Fronteras y escaramuzas

El momento actual recuerda la bella entente de los tres acuerdos firmados en 1950 por Stalin y Mao Tse-Tung (o Zedong), recién creada la República Popular China.

Era un partenariado estratégico de apariencia preferentemente ideológica, que pareció confirmarse sobre el terreno en el conflicto de Corea (1950-1953). Pero esa concordia se quebró poco a poco. Al final de la década siguiente (marzo de 1969) se produjeron choques bélicos ruso-chinos, que la propaganda expuso como simples escaramuzas fronterizas: se calcula que hubo 900 muertos.

China siempre ha cuestionado la parte oriental de una frontera común de 4.250 kilómetros, a pesar de sucesivos acuerdos firmados en el siglo XX. En 1999, parecieron resolver la disputa sobre 2.444 islas deshabitadas a lo largo de los ríos Amur y Usuri. Quedaron diferencias sin resolver (ABC, 10 de diciembre de 1999). Es curioso repasar la hemeroteca: revive la memoria del uso de las concentraciones de tropas en las fronteras como método de presión diplomática. Un recurso periódico común. No es un invento reciente.

Memoria de los «tratados desiguales»

En la historiografía china, los tratados zaristas de 1858, 1860, 1864 y 1881 forman parte del ciclo histórico de las guerras del opio y de los llamados tratados desiguales, que fueron reforzando el sometimiento de la China imperial a los designios de Occidente. También a Rusia.

Entre 1960 y 1965, ya hubo denuncias de escaramuzas fronterizas. En 1967, en plena revolución cultural, «fue asaltada la embajada de la URSS en Pekín, se produjeron algunos incidentes notables como el ametrallamiento de una patrullera soviética en el río Amur y la movilización [en Pekín] de centenares de miles de personas para defender las fronteras de Sinkiang» (El País, 6 de octubre de 1982). Hay que recordar que -aunque los tiempos sean otros- los enfrentamientos de 1969 empezaron por un incidente con ciudadanos chinos, pescadores, en una isla fluvial de soberanía incierta (ídem, Gabriele Paresce).

Entre las raras imagenes conocidas, ésta de una patrullera soviética utilizando un cañón de agua contra pescadores chinos en las zonas fluviales en disputa del río Usuri (1969).

En el último cuarto de siglo, se ha señalado una gran migración china al otro lado de la frontera rusa. En el Extremo Oriente ruso hay una gran implantación de iniciativas y empresas chinas. Ya en 1995, se calculaba que había unos dos millones de chinos en aquellos territorios (Zhores Medvedev, Times Higher Education Supplement, publicado en El País, 29 de enero de 1995). ¿Cuantos son actualmente?

A pesar de la firma de otro tratado (julio de 2008), por el que ambos países parecieron reafirmar la aceptación de la frontera común, «la historia de sus relaciones está hecha de desconfianza, miedo, hostilidad y odio recíprocos », afirma el periodista belga Philippe Paquet, gran conocedor de China, quien recuerda (La Libre Belgique, 4 de febrero de 2022): «Los chinos consideran que los zares robaron a su país un millón de kilómetros cuadrados de la llamada Manchuria Exterior y medio millón de kms2 en Asia Central ».

EEUU-Rusia-China

Podríamos concebir o elaborar una ley de la cercanía-alejamiento de las tres potencias globales: cualquier profundización de las disputas geopolíticas entre dos de ellas genera necesariamente un acercamiento entre una de esas dos y la tercera en cuestión. China desarrolló su armamento atómico contra la voluntad de la URSS, en teoría aliado ideológico tras la II Guerra Mundial. En plena guerra fría, el encuentro Nixon-Mao, de signo antisoviético, quedó reflejado en la llamada diplomacia del ping-pong.

Posteriormente, los distanciamientos y los acercamientos estratégicos oscilan cada cierto tiempo, atravesando épocas diversas y distintos dirigentes. El deshielo Washington-Pekín se adelantó dos décadas al final de la guerra fría en Europa, mientras el Kremlin aumentaba su preocupación por aquel -entonces- sorprendente movimiento estratégico.

Putin y Xi Jinpiang son únicamente los protagonistas del último capítulo de esas oscilaciones. Para estar seguros de la nueva etapa, se han reunido casi cuarenta veces [sic]. Dicen que Xi Jinpiang envidia a Putin por su anexión de Crimea en 2014.

Caricatura publicada en el Wall Street Journal que refleja la perspectiva estadounidense de la nueva relación China-Rusia.

El comercio chino-estadounidense sigue siendo más de dos veces superior a los intercambios ruso-chinos. Las sanciones occidentales tienden a cambiar ese hecho a favor del reforzamiento del dúo Pekín-Moscú. China ya representa una quinta parte del comercio ruso: el doble que hace siete años.

Se habla estos días más de las reivindicaciones territoriales y de las demandas de seguridad rusas. China mantiene abiertos expedientes similares que afectan o rozan a otros países asiáticos. A Taiwán, en primer lugar, que no es contemplado como país ajeno.

Además, Pekín reclama varios estados y territorios del norte de la India (Arunachal Pradesh, Sikkim, Laddakh, etcétera). En 1962, cuando gobernaban Jawaharlal Nehru y Mao, hubo una guerra de meses en las alturas del Himalaya, mediante la que los chinos ocuparon el territorio de Aksai Chin (cercano al Tibet). Entonces, ambos países resurgían de su sometimiento colonial y proclamaban su fraternidad anticolonial y tercermundista.

Consta que China firmó y ha ratificado la Convención de Montego Bay (Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos del Mar, Jamaica, 1982), lo que no han hecho aún los Estados Unidos. No obstante, Pekín no ha olvidado -y reitera cuando se presenta la ocasión- sus tabúes estratégicos. Mantiene una cierta ambigüedad para no acumular hostilidades de terceros y «espera su oportunidad para presentar sus posturas», afirma el experto francés Christophe Prazuck (Le Monde, 7-8 de marzo de 2021). Esas ambigüedades de China plantean una sombra sobre zonas, islas y áreas marítimas de Filipinas, Bután, Vietnam, Brunei, Malasia o Indonesia, además de lo ya citado anteriormente. Los tempos de la diplomacia China parecen lentos, pero no muestran ninguna renuncia definitiva a lo que consideran aún posible -en su concepto del mundo- de su vieja soberanía o mapa imperial.

Ahora, da la impresión que Putin y Xi Jinpiang estrechan lazos frente a Joe Biden por diversas razones, incluida Ucrania. Sin embargo, « Pekín mantiene buenas relaciones con Kiev, una pieza importante en su iniciativa de red mundial de infraestructuras conocida como Nueva Ruta de la Seda », según Macarena Vidal Ly (El País, 4 de febrero de 2022). No está tan claro que la proclamada visión común de la seguridad chino-rusa vaya a ser eterna.

Durante parte del siglo XX, la República Popular China necesitó a la URSS para sobrevivir; en la década actual, al considerar la asimetría de ambas potencias, el peso mayor ha cambiado de lado. Nadie lo olvida. Tampoco Putin, quien no desaprovecha las ocasiones para ilustrar su carácter muy suspicaz. Potencialmente -ya lo hemos visto- puede haber situaciones problemáticas en perspectiva, nuevas o relacionadas con el pasado.

Para el presidente de la Federación Rusa, asistir con una sonrisa a la inauguración de los JJ.OO. es como acudir -por interés inmediato- a una fiesta de gente de la que todavía no está muy seguro. El Kremlin se mantiene entre la esperanza de mejora y los temores difusos ante un vecino que aparenta ser cada día un poco más fuerte. La historia conjunta es demasiado compleja para considerar resueltas del todo anteriores disputas.

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Periodista. Fue colaborador del diario Hoy (Extremadura, España) en 1975/76. Trabajó en el Departamento Extranjero del Banco Hispano Americano (1972-1980). Hasta 1984, colaboró en varias publicaciones de información general. En Televisión Española (1984-2008), siete años como corresponsal de TVE en Francia. Cubrió la actualidad en diversos países europeos, así como de varios conflictos internacionales (Argelia, Albania, Kosovo, India e Irlanda del Norte, sobre todo). En la Federación Internacional de Periodistas ha sido miembro del Presidium del Congreso de la FIP/IFJ (Moscú, 2007); Secretario General Adjunto (Bruselas, 2008-2010); consejero del Comité Director de la Federación Europea de Periodistas FEP/EFJ (2013-2016); y del Comité Ejecutivo de la FIP/IFJ (2010-2013 y 2016-2022). Es corresponsal del diario francófono belga "La Libre Belgique".

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