Siria: conviene recordar que Bachar Al Asad es un dictador

Laura Fernández Palomo

Las imágenes mostraban la recuperación de los cadáveres de sus compatriotas en el mercado de Douma tras un bombardeo del régimen sirio de Bachar Al Asad. Apagaron la televisión.  No fue indiferencia.

Syrian President Bashar al-Assad gives a
Bachar Al Asad

Para un grupo de sirios en Jordania, que lleva años gestionando la desolación desde el exilio, no es necesario mantener la conciencia sobre su tragedia alimentando el dolor. El que tienen ya es suficiente. Lo trajeron desde allí, desde Damasco, Homs, Hama… Uno de ellos, por ejemplo, habiendo conocido las cárceles del régimen donde fue torturado y convivió hacinado con decenas de presos que morían a su alrededor. Los carceleros no sacaban los cuerpos hasta que se acumulaban cuatro o cinco.

La pantalla de la televisión se quedó a oscuras y se inició la conversación. O más bien la expulsión de los recuerdos, del sufrimiento vivido: el asedio y bombardeo de Hama, por el padre del actual presidente, en 1982 que terminó con la vida de 25.000 personas. Una manera de contextualizar esta nueva masacre de Douma que refleja una represión hereditaria. Porque lo que les preocupa a los sirios no es sólo del Estado Islámico, que las portadas de los periódicos muestran como el peor de los males que padece Siria. De lo que hablan es de un enemigo, percibido como mayor: un dictador que respondió con fuego una manifestaciones pacíficas en 2011 y ha llevado el país a la deriva.

Y lo traen a la memoria cuando la extensión del Estado Islámico y los grupos yihadistas en la oposición armadas han convertido a Al Asad en la mejor opción. Como si la decapitación del arqueólogo Jaled Al Asad de 82 años responsable de Palmira, hace dos días, hubiera que compararla con los cuatro bombardeos del régimen sirio que en 10 minutos cayeron el lunes sobre el mercado de Douma y provocaron un centenar de víctimas, la mayoría civiles. Porque el resultado final de uno u otro verdugo es la muerte. Pero el Estado Islámico es un grupo terrorista y Al Asad fue su presidente. Y en cuatro año, han perdido la vida 230.000 sirios, entre ellos, más de 20.000 menores, según Syrian Network for Human Rights (SNHR); además del flujo incesante de millones de refugiados y desplazados. Porque, pese a la brutalidad mediatizada por el Estado Islámico, son las operación militares de Bachir Al Asad las que han provocado más víctimas civiles hasta el momento, alrededor del 80 %.

Mientras nos centrábamos en el Estado Islámico, el Observatorio sirio por los Derechos Humanos ha documentado 33.376 bombardeos desde el 20 de noviembre de 2014 hasta el 20 de agosto de 2015, además del lanzamiento de 18.038 barriles bombas que ha denunciado Naciones Unidas. «Las evidencias demuestran que la gran mayoría de las víctimas civiles en el conflicto sirio se han debido al uso de esas armas indiscriminadas», ha declarado el enviado especial de la ONU para Siria, Staffan de Mistura. Al menos 5499 civiles, incluidos 775 mujeres y 1122 niños han muerto en este periodo.

Precisamente ayer (21 de agosto de 2015) se cumplen dos años del ataque con armas químicas en el que murieron cerca de mil civiles al inhalar gas serín. Cuando Al Asad era la mayor amenaza. El supuesto ataque que según Estados Unidos había traspasado la línea roja y merecía una intervención; ante lo que Irán, potencia aliada de Al Asad, declaró que la decisión acarrearía graves consecuencias. Obama se replegó.

Cuatro años después, el historial del presidente sirio parece haber caído en el olvido y el Estado Islámico le ha robado el monopolio de la crueldad. Sin embargo, se acerca el momento de una solución política a la vista de que la estrategia militar no ha hecho sino deteriorar aún más la situación. Y la solución política exige posicionar al actual dictador sirio, que ya ha reconocido que está perdiendo territorio. Irán y Rusia, garantes y soportes, parecen haberse dado cuenta pero no habrá negociaciones hasta que decidan dónde colocarlo. Su figura no podría liderar un periodo de transición y, mucho menos, de reconciliación social en un país gravemente herido.

Hay algunos cambios. Rusia ha apoyado por primera vez una resolución de Naciones Unidas que investigará el uso de armas químicas en el país, y el acuerdo nuclear entre Washington y Teherán podría haber abierto un margen de maniobra para debatir esa condición sine quo non por la que Al Asad debía permanecer y que ha bloqueado el conflicto; pero ya es insostenible, tanto como un futuro con él en el poder.

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