Soy una más, del montón

Isabel Hernández Madrigal[1]

Me llamo Laura, tengo catorce años, casi quince y me estoy comiendo un bombón de café líquido. Nunca lo había probado antes y por lo tanto no sabía que su sabor es intenso, profundo, dulce, picante. No tengo paladar para describirlo mejor, solo puedo decir que el líquido pica al bajar por la garganta y que toda la boca se queda impregnada de un dulzor amargo vigorizante, pero sin menta. No lleva menta, solo cacao y café.

Ya me lo he comido y sin embargo aún perdura el dulzor en la boca. Mucho dulzor que no desaparece ni frotando la lengua contra el paladar. El dulzor también dura en el estómago. Ha caído en él y lo ha llenado, pero solo en un punto, el punto mismo que me dice que no cabe más dulzor dentro de mí. Es como un poso que resiste a desintegrarse y a mezclarse con los jugos gástricos. Aunque realmente no sé cuánto durará este efecto, tengo que confesar que me gusta. Me paro en él para hacerlo consciente, para identificarlo, para degustar como el dulce picor de la boca se va transformando poco a poco en un regusto amargo al fondo de la garganta. ¡Buena mezcla, a quien se le haya ocurrido!

Estas son las cosas originales que otros son capaces de hacer y que yo no. A lo largo de mis catorce años nunca he hecho nada original y me temo que de seguir así, nunca lo haré. Ya me he dado cuenta de que todos los genios comienzan a serlo desde muy temprana edad, al menos eso nos han contado en el colegio desde siempre. Yo ya tengo casi quince años y ni un solo atisbo de genialidad por ninguna parte. Ni genialidad artística, se me da francamente mal todo lo que tiene que ver con las manos, ni genialidad musical, porque aunque me gusta cantar, mi voz carece de fuerza y tocar instrumentos es algo que también se hace con las manos. Tampoco parece que sea un genio matemático, al menos eso dicen las últimas notas que he llevado a casa, y el deporte, que podría ser otra opción, es algo que no termino de comprender. ¡Tanto esfuerzo siempre!

Así que soy una más. Una del montón, como dice mi amigo Jaime. A mí no me lo dice claro, no se atreve, lo dice de otras, pero yo tengo ojos en la cara.

Tengo todos los atributos del montón. No soy ni alta, ni baja, ni guapa, ni fea, ni gorda ni delgada, ni lista, ni tonta, y aunque tengo las piernas bonitas, tengo los ojos pequeños y para colmo llevo gafas.

Jaime es mi amigo, como Luisa y Paqui, porque crecimos juntos. En la misma calle. Nos encontramos de niños, antes de saber que todos éramos del montón. Jaime, dice que tal chica o tal otra son del montón y parece no darse cuenta que él como chico también lo es, pero ni Luisa la pelirroja, ni Paqui la modosita, ni yo, le hemos sacado nunca de su error. ¿Se mirará en el espejo? Me pregunto. Jaime no es feo, pero tampoco guapo, no es alto, ni bajo, es simpático y tiene una bonita sonrisa, pero también lleva gafas y no es ningún genio. Algún día se dará cuenta que no debe decir eso del montón de la manera que lo dice.

Algo me escuece por dentro. Justo en el estómago al lado del punto de dulzor del bombón que me he comido y que aún perdura. Es como si mi estómago se rebelase y aunque mi cabeza lo ve claro, para mi estómago es un tema no digerido. Mi estómago no se resigna y me obliga a rebuscar algún signo de genialidad en mí.

A mi madre no voy a preguntarle ni a mi padre tampoco. Ellos evidentemente son del montón. ¡Qué me van a decir! De tal palo tal astilla o algo parecido. No me entienden. Tampoco entenderían esta necesidad mía de salir del montón en el que ellos me han metido. ¡Vaya genes! Yo nunca tendré un hijo si no puedo garantizarle genes de primera. Es su culpa, estoy segura. Estarían distraídos cuando me hicieron. No pusieron todo su empeño, su mejor propósito en fabricar una hija a conciencia. Pensarían nada más en gozar, o vete tú a saber en qué. Pero los cinco sentidos no los pusieron. Se dejaron todo su ímpetu en fabricar a mi hermano Sergio, que es mayor que yo tres años, y para mi ya solo quedaron los restos de la fábrica. Sergio, el de las matrículas, el guapo, el alto, el ligón, el deportista. Sergio seguro que sí que es un genio. Ingeniería aeronáutica quiere estudiar. Este seguro que va a Marte, o a cualquier colonia del espacio. No sé si podrá influir para que me dejen ir a mí. Los del montón no van. Al menos en las pelis de marcianos, solo van “los elegidos”. Ni siquiera cuando la tierra esté a punto de desintegrarse. Solo los mejores. Solo los elegidos.

El dulzor ha desaparecido completamente. Ni aunque frote la lengua contra el paladar logro recuperarlo, ni un poco. Tampoco queda rastro en la garganta, que ya no me pica y en el estómago lo que me escuece lo ha invadido todo. Mi estómago es rebelde y me escuece para que no me rinda. También hay genios que no lo han sido hasta mayores. Lo he buscado en Google: Otro Nobel, José Saramago, se estableció como escritor a los sesenta tras un intento a los veinticinco. La Academia Sueca le concedía el galardón apenas dieciséis años después.

Puedo intentarlo, pienso. Aún tengo catorce años, bueno casi quince, y me quedan muchos años por delante hasta llegar a los sesenta. Iba a dejar de escribir e iba a tirar todo esto que he escrito a la basura. Pero ahora, después de que Google me enseñara que Saramago, y otros muchos no comenzaron sus obras hasta edades tardías, se ha abierto un horizonte de luz, una luminosa esperanza que puede sacarme de este montón en el que me metieron mis padres por egoístas y por hacer las cosas de cualquier manera. El estómago de manera milagrosa ha dejado de escocerme.

Google es la leche. Corto y cierro. No sé si es así como se pone punto y final a un texto. Lo buscaré otro día.

  1. Relatos de Isabel Hernández Madrigal

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