Todo saldrá bien: y nos lavamos las manos

Todo saldrá bien es una película española que puede calificarse de necesaria tanto por el tema como por la forma de contarlo, aunque tal vez lo mejor sea su final imprevisible como la vida misma.

Cartel de Todo saldrá bien
Cartel de Todo saldrá bien

Dirigida por Jesús Ponce (Sevilla, 1971, conocido por 15 días contigo, Skizo y Déjate caer) Todo saldrá bien es un drama tan actual como cobardemente ignorado que remite, por su intensidad dramática, a los clásicos, particularmente a la tragedia griega, pero sobre todo porque es muy teatral, hasta el punto de que muchas de sus escenas podrían desarrollarse sobre las tablas, tal es la cercanía de los planos y lo conciso de los diálogos.

Unos diálogos secos y cortantes al principio, de réplicas y contrarréplicas implacables que llevan siempre, por la fuerza de su lógica, a un callejón sin salida (“¿y ahora, qué?”, porque salida, lo que es salida, no la hay), pero que a medida que avanza la película se pueblan de rudo lirismo y sentido del humor.

En esta deriva lírica e intimista de la película tienen mucho que ver los paisajes de Almería y Córdoba que salen en ella retratados, unos paisajes bellísimos a pesar de la sequedad calcinante muy acorde con el tema, pero de nada servirá la libertad que aportan a la mirada ante la realidad de las dos hermanas, Mercedes e Isabel, que tienen que enfrentar, desde su pasado, un futuro incierto. Estamos ante un drama familiar centrado en la historia de dos mujeres, dos hijas, dos hermanas, que se encuentran después de mucho tiempo y que la una se tiene que ir y la otra no puede más, que esta situación con “la madre moribunda que no acaba de irse” no puede seguir así. ¿Qué hacer?

Hablamos de los cuidados a un moribundo en el propio domicilio, unos cuidados que deberían estar tutelados y monitorizados por un especialista, pero que se encomiendan al familiar más cercano, o al que pasaba por allí y no se pudo sustraer. Una figura, la del cuidador a tiempo completo, que necesita a su vez ser cuidado. Pero -eso lo sabemos todos- el problema no es sencillo. “Es cuestión de tiempo”, repite el médico, ya de por sí desbordado, ante la pregunta repetida del cuidador exhausto, que además se siente culpable por desearle la muerte a un ser queridísimo. Pero resulta que el problema no es el tiempo, que el tiempo no tiene la culpa ni es responsable, el problema es “de cuánto tiempo estamos hablando”.

Y es en ese contexto nihilista cuando el “y ahora, qué” del callejón sin salida se nos aparece nítido porque aboca a una falta total de solución y de compromiso por parte de la sociedad y del resto de la familia, donde cada cual encuentra sus motivos y deja sola a esa persona pensando que, además, lleva una vida cómoda porque “no tiene otra cosa que hacer”. El uso de los tópicos es algo que se borda en Todo saldrá bien.

Y no es que los otros miembros de la familia tengan vidas fáciles, pero acuden como meros espectadores y hablando de dinero, que eso distancia mucho más que la ruptura de la cuarta pared. Y es precisamente a esos ausentes a los que la enferma ansiaba ver, a los que invocaba con sus gritos soñando siempre con sus llamadas de teléfono, ponderando sus virtudes filiales sobre la “cara de acelga” que es quien acude a su cabecera.

Por ello, Todo saldrá bien es una radiografía intensa, exhaustiva, implacable, perfecta, de los lazos de amor-odio que se forjan irrompibles en el seno familiar. En esa forja han contado mucho los celos (quién era la preferida de papá), la primogenitura (aunque sólo sea de un año) y la pasión protectora de una prole (o lo que se puede adoptar como tal: la madre en este caso). Hay incluso la gota de confusión necesaria por el hecho de que la más maltratada por la vida (rictus de amargura, arrugas, ojeras, descuido físico en general y hasta alcoholismo “incipiente”) resulte ser la pequeña de las dos, pero todo se comprende cuando vemos el papel que le ha encomendado la vida.

Todo este dramón que sin embargo no se excede en nada sino que con bastante mesura retrata la realidad y que seguramente es exponente de lo que pasa en muchas casas (llamémosle hogares, por eufemismos que no quede) lo desempeñan maravillosa, insustituiblemente, las actrices Isabel Ampudia (La espalda de Dios, Taxi) y Mercedes Hoyos (Yo soy la Juani, Techo y comida), actrices que en el drama se llaman también Isabel y Mercedes, para que no haya confusión alguna, tan vívido y realista es.

Además de las citadas Isabel Ampudia y Mercedes Hoyos, completan el reparto Víctor Clavijo (Holmes & Watson. Madrid Days, Verbo), Darío Paso (Terrario, Torrente, en brazo tonto de la ley) y Juan Carlos Sánchez (¿Quién mató a Bambi?, La soledad del triunfo).

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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