Vargas Llosa, el hechicero de la tribu

Uno de los analistas políticos más inteligentes y perspicaces de América Latina, Atilio A. Boron (1943), al que suelo leer en el diario argentino Página 12, acaba de publicar en Akal un libro imprescindible sobre el libro más reciente del potentado escritor Mario Vargas Llosa: La llamada de la tribu. De ahí que el de Boron se titule El hechicero de la tribu: Mario Vargas Llosa y el liberalismo en América Latina.

Atilio Boron El hechicero

Sostiene el autor que si hay un escritor, personaje público o intelectual que ha trabajado incansablemente por introducir en las sociedades latinoamericanas el engañoso sopor mental del liberalismo para perpetuar la sumisión de las masas, la desinformación programada y el atraso cultural para que no puedan percibir alternativa alguna a un mundo que las victimiza y embrutece, ese es Vargas Llosa. El excelente novelista hace de hechicero de una enorme tribu para poner sus palabras al servicio de la clase dominante y de un imperio que comenzó a transitar la ruta de su irrevocable decadencia.

En un total de diez capitulos, Boron va desmenuzando críticamente los correspondientes a la citada obra del escritor hispano-peruano: desde los años sesenta del pasado siglo en que Mario Vargas se apartó del marxismo tras los primeros años de la la revolución cubana, hasta el análisis de la infeliz relación entre liberalismo y democracia. Atilio Boron reanaliza cada uno de los autores que informan el pensamiento de don Mario: desde Adam Smith a Jean-François Revel, pasando por Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Raymon Aron e Isaiah Belin.

Vargas Llosa es, en opinión de Boron, “una pieza fundamental en el masivo dispositivo de lavado de cerebros y propaganda conservadora que con tanto esmero practican las clases dominantes de las metrópolis y sus secuaces en la periferia”.

No lo hace con ideas propias, según el periodista argentino y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard, sino que regurgita las de las clases dominantes del imperio, falsas y falaces, porque su modelo es el de la pseudo-democracia estadounidense, vacía e ilegítima, como consecuencia del secuestro de la política por las grandes empresas.

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