Un verano chino. Viaje a un país sin pasado es el nuevo libro de viajes de Javier Reverte y ha sido editado por el sello Plaza y Janés.

Portada de "Un verano en China" de Javier Reverte
Portada de “Un verano Chino” de Javier Reverte

Estamos ante otro gran relato de viajes, el último de un gran escritor viajero que es el mayor referente de la literatura de viajes en español. Después de sus anteriores libros en que nos lleva de la mano a conocer Europa, África, Oceanía y América (Dios, el diablo y la aventura, Corazón de Ulises, El río de la desolación, La aventura de viajar, El río de la luz, En mares salvajes, Colinas que arden, lagos de fuego, Canta Irlanda y Un otoño romano), ahora se emplea a fondo en descubrir y narrar la realidad de ese país enorme, inabarcable, que es China, la China de nuestros días.

Es la primera incursión de Javier Reverte en Asia, un continente inmenso y poco conocido, con milenios de historia a sus espaldas pero cuya actualidad tiene muy poco que ver con su historia y tradiciones milenarias.

En su viaje por China en busca de las fuentes del Yantsé, recorrerá el país desde Pekín hasta Shangai, ciudad esta última que le deslumbrará, de la que se enamora a primera vista y a la que compara con NY. Todos lo hacen. Ambas no parecen pertenecer al país en el que están.

Pero la llegada a Shanghai y la contemplación de la desembocadura del Yantsé en el Pacífico sólo serán el broche de oro a un viaje lleno de incomodidades y desencanto. Una perla a la que aún le falta mucho por llegar cuando se sube al primer tren en Pekín camino de la Gran Presa del Salto del Tigre, allí donde se bañó Mao para descansar de la Larga Marcha, y de las Tres famosas Gargantas de las que sólo verá dos.

Para ello, se embarca siguiendo el curso de uno de los ríos más largos y caudalosos del mundo, el Yangtsé, de sus afluentes y de las ciudades por las que pasan y tratará de descubrir lo que queda en ellas de esa historia milenaria, de esa China imperial. Nada. no queda nada de lo que allí hubo, ni siquiera el mito de lo que históricamente fue.

Como si hubieran renegado de ella, la historia cuenta muy poco en las vidas de los chinos de hoy en día, empeñados en un desarrollismo que contamina y agota los recursos, que envenena los ríos y el aire, pero que no está dispuesto a detenerse por nada. “El que pida pescado de río para cenar no debe estar en sus cabales”, anuncia el viajero. Todas esas ciudades fueron bautizadas en su día con nombres de traducción superpoética (“la doble felicidad”, por ejemplo, “o jardín de los brocados”, por los que allí se hacían), pero todas -salvo excepciones, como Chengdu o Shangai- están abrumadas por los desechos y ahogadas en pestilencia.

Sin embargo, las gentes sonríen siempre, como si la poesía que impregna los nombres de las ciudades sin aire siguiera también impregnándolos a ellos. Porque incluso el propio Mao, el Gran Timonel que también fue poeta, lo que produjo fue muy poco poético, pero su estatua es venerada cuando toca y no corre ningún peligro de que la echen abajo. Pues a sonreír.

Es así como surge esta crónica tan llena de chispa picaresca como de desolación ensimismada y digna de reseñarse. Porque ellos, los chinos, se ríen con todo, sonríen pase lo que pase y están encantados de hacerse fotos con el viajero que es toda una atracción en la China interior donde el turismo no abunda. Esto le da pie al escritor para mostrar su humanismo mediante comparaciones, fracasados intentos de hacerse entender, juegos de palabras y chistes que alivian mucho la dureza del libro y que le hacen empatizar con los habitantes de esas ciudades. todo con la ayuda insustituible de su traductora y guía Xiao.

Estamos ante un escritor en el que la aparente improvisación y gran abundancia de anécdotas viajeras responden a una gran exigencia de calidad. Javier Reverte es, además, uno de esos escritores a los que les gusta vivir en primera persona lo que cuentan, meterse de lleno en esa realidad por dura que sea y experimentarla como uno más de los habitantes del país que visita.

Para ello no duda en subirse a trenes o barcos atestados, con un billete de tercera o sin retrete a bordo, y para acompañar sus descubrimientos personales y enriquecer así su experiencia y la nuestra, se ha leído y lleva consigo en el macuto a los grandes viajeros que transitaron antes de él por esos lares, e incluso a los grandes historiadores que narraron lo que allí pasó y describieron cómo eran los sitios que visita para comparar el pasado de los lugares con lo que él se encuentra al llegar a ellos.

Así por ejemplo, para explicar la guerra de los bóxers con la intervención de las legaciones extranjeras y la emperatriz Cixi, llamada “La dama dragón”, cita además de la película “55 días en Pekín”, la crónica de Pierre Loti publicada en Le Figaro por capítulos. Y para describir la hazaña de La Larga Marcha, no duda en citar a Jenofonte y su Anábasis que apenas se puede comparar.

De la China imperial no queda nada -constata Javier Reverte-. Todo lo arrolló el sueño del Gran Timonel (Mao) y su Gran Salto hacia Adelante. Los ríos tienen el color de la mostaza (por no decir de la mierda), el aire guarro te exuda cubriéndote con una capa grisácea y te tiñe de suciedad por dentro y por fuera, a veces huele directamente a veneno: no obstante, no le teme tanto a la China actual como a la que viene, ya que el flujo hacia las ciudades desde el campo es imparable y se han de allanar cientos de montañas para edificar. Ya están en ello.

Pero por encima de todo tiene Javier Reverte el grandísimo acierto de contar con la ayuda de Xiao, la guía y traductora china que habla español porque se siente española y que parece, con sus expresiones del argot y su carácter abierto y desgarrado, un personaje sacado de la novela picaresca española más enraizada. Esta mujer se expresa con una soltura tal y una libertad tan libre y rica en español, que es una delicia de personaje y, si no fuera por las fotos que muestra Reverte con ella, uno creería que es el invento de un gran escritor. Cuando cuenta los horrores de Nanking no puede menos de citar a Malraux y su La condition humaine, símbolo y cifra de los horrores que ésta es capaz de perpetrar. ¿Y el siglo XXI español?, se pregunta Reverte y se pone pensativo hacia el futuro, lo cual no le gusta.

Por tener, tiene gracia hasta la cita de Somerset Maugham (Un biombo chino) con que Javier Reverte encabeza su libro: “Cuando China era todavía un país sin civilizar, todos los hombres educados eran capaces de escribir versos con cierta elegancia”, lo que para mí equivale, aplicado a nosotros, a esto: “Cuando España era un país sin civilizar, todos los universitarios eran cultos”.

Como se ha dicho en una ocasión, Javier Reverte hace literatura al andar.



Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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