Vicios privados o acciones altruistas

Lutero y Calvino preconizaban que producir y amasar riquezas sería una elección divina y el no gozar de ellas una tesitura puritana

Roberto Cataldi[1]

En 1705 el neerlandés Bernard de Mandeville publicó «La Fábula de Las Abejas: o, Vicios Privados, Beneficios Públicos». Mandeville, quien además de filósofo fue médico, economista y escritor satírico, criticaba la hipocresía de la sociedad de su época,  precisamente cuando comenzaba la primera revolución industrial y la nueva lógica del capitalismo que hoy es seguida con firmeza por los grupos de poder neoliberales.

Fabula abejas 1705

Mandeville habla de una colmena que se parecía a una sociedad humana, donde  no faltaban los bribones, los malos profesionales, sean médicos, sacerdotes, soldados o ministros, regidos por una mala reina. Se cometían fraudes a diario y la justicia estaba corrupta, sin embargo la nación era próspera, los vicios de los particulares contribuían a la felicidad pública y ésta al bienestar de los particulares.

Un día las abejas atormentadas por la culpa optaron por la honradez y la virtud, fue  la ruina de la colmena. Con la eliminación de los excesos, terminaron las enfermedades y ya no se necesitaron médicos, tampoco abogados ni jueces porque se eliminaron las disputas. Las abejas dejaron de gastar y se acabó el lujo, el arte, el comercio, sobreviniendo la desolación.

Por eso no tendría sentido quejarse, solo los tontos se esfuerzan por convertir un gran panal en un panal honrado. La moraleja: si queremos gozar de los beneficios, necesitamos del robo, el fraude, el lujo, el orgullo…

Russeau llegó a comentar esta fábula en 1754. En realidad, Mandeville se adelantó en setenta años a Adam Smith, quien pasa por ser el padre del capitalismo moderno. Keynes lo citó para demostrar que en el Siglo veinte no había nada nuevo (teoría keynesiana de la paradoja de la frugalidad, la austeridad o el ahorro). También influyó en Ayn Rand, quien practicaba el «egoísmo racional», sustento de una ética objetivista, pues, se trataría de una conducta virtuosa cuya finalidad es la satisfacción de los proyectos racionales propios, pero sin violentar los derechos racionales de los otros ni tampoco permitir que interfieran con los de uno.

El filósofo francés Dany-Robert Dufour analizaba en un artículo la fábula de Mandeville y hacía algunos aportes interesantes. La legitimidad que da Mandeville a lo que parece una paradoja significaría un giro en la metafísica de Occidente. Recordemos que Max Weber explicaba el desarrollo del capitalismo en el Siglo dieciocho por la influencia del ethos protestante, que proviene de las doctrinas de Lutero y Calvino. Producir y amasar riquezas sería una elección divina y el no gozar de ellas una tesitura puritana.

Dufour sostiene que la sofística de la conversión de los vicios en virtudes permitió la nueva religión del liberalismo inglés, y en filosofía fue la apertura al «utilitarismo» de los ingleses Jeremy Bentham y John Stuart Mill. Por consiguiente surge otra moral que se rige según las consecuencias de la acción. En efecto, existe un olvido voluntario de las causas para centrar la valoración en las consecuencias, y a este enfoque desde fines de los años cincuenta se lo llama «consecuencialismo». Dufour dice que los grandes pensadores críticos de los años sesenta, influenciados por Max Weber, ignoraron olímpicamente a Mandeville.

Recuerdo que, hace unos años, algunos políticos, empresarios y analistas económicos de los países desarrollados, en su intento de justificar ciertos negociados con países en vías de desarrollo que salían a la luz pública, coincidieron en que la corrupción es el «lubricante necesario» para promover el desarrollo económico, en otras palabras, es lo que necesita el sistema capitalista para expandirse, de allí que para Mandeville en el origen del capitalismo está el vicio, no la virtud…  Por otra parte, el mandato social y económico actual es tener éxito a través de la producción, y esta racionalización de la riqueza se ha impuesto en el seno de la sociedad con la fuerza del credo.

El filósofo Georg Simmel, quien formó parte de la primera generación de sociólogos alemanes, es una figura ineludible en el debate intelectual alemán desde fines del Siglo diecinueve hasta la actualidad. Con una importante obra editada nunca tuvo un lugar destacado en la organización universitaria, al punto que alcanzó el grado de profesor titular o catedrático pocos meses antes de morir, a los sesenta años, víctima de un cáncer de hígado.

Es célebre su pregunta: ¿Qué es la sociedad? Neo-kantiano y antipositivista, abordó temas como la individualidad y la fragmentación social, entre otros. Pero me interesa hacer referencia de  su teoría del goteo (tricle-down theory) aplicada al mundo de la moda en los inicios del Siglo veinte.  Simmel sostiene que las clases inferiores imitan a las clases superiores, en consecuencia la forma de vestir de las clases más altas llega a las más bajas  en forma de «goteo», de arriba hacia abajo.

Claro que las clases más altas son forzadas a adoptar algo que las diferencie, y esto conduce al cambio constante, por consiguiente nunca se estaría completamente a la moda. Setenta años después este fenómeno de la alta costura se transfirió a la economía mundial para apuntalar la tesis de que los beneficios  de políticas económicas favorables a los más ricos (desgravaciones fiscales), acabarían goteando naturalmente hasta las clases más desfavorecidas y esto beneficiaría  a todo el planeta.

En los años ochenta, la alianza que formaron dos conservadores, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, impulsó de manera inescrupulosa el relato de que el crecimiento económico de por sí sirve para crear empleo y redistribuir la riqueza, y en esta falacia reside el origen de buena parte del drama social de nuestros días.

Quienes honestamente les creyeron tienen que admitir que fueron vilmente engañados ya que creció el desempleo, el flagelo de la pobreza no se detiene, millones de jóvenes andan a la deriva y cada vez la riqueza se concentra en menos manos. La involución está a la vista, bástenos reparar en lo que queda del Estado de Bienestar surgido una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, en estos días más evidente por la crisis del coronavirus Covid-19.

Pienso que sería canallesco negar que en la práctica muchos pobres a través de su trabajo deben esforzarse y llegar incluso al sacrificio para que algunos ricos puedan satisfacer el lujo, sus banalidades, apetitos y placeres, por eso los  vicios privados no contribuyen al bien público y, las acciones altruistas si son genuinas, pueden ser muy favorables al bien común.

Cambio climático

En lo que atañe a la lucha actual por el cambio climático, Naomi Klain descubrió que ésta no es distinta de la lucha contra el capitalismo extractivo y la desigualdad social. Los que se han enriquecido gracias a actividades de depredación y contaminación del medio ambiente no están dispuestos a aceptar límites, se escudan en el discurso  del desarrollo y la libertad empresarial como factores comunes al bienestar de la población.

Pero en el fondo estos individuos revelan un profundo desprecio por aquellos que asumen una actitud moral y además están convencidos de su presunta superioridad que automáticamente les concedería privilegios.

No es infrecuente escuchar en la calle a gente abatida por tener que vivir mal y que dice: esta economía me está matando… En realidad, sería la mano invisible del mercado, al igual que  los fenómenos espontáneos de las bolsas y las finanzas bancarias que están presentes en el sistema económico mundial, que desembozadamente logra concentrar los recursos en pocas manos.

El progreso suele ser entendido y explicitado como el desarrollo continuo de una sociedad en sus aspectos económicos, tecnológicos, científicos, culturales, pero sobre todo en lo que atañe al desarrollo comercial, ya que sin comercio no habría progreso. Claro que  el progreso fue, ha sido y es la meta ideológica no solo del capitalismo, también del fascismo y el comunismo. En efecto, no suele ser cuestionado  como tal ni por las democracias ni por las dictaduras, salvo por aquellos que se consideran damnificados, sin embargo no debemos olvidar que en nombre del progreso se han cometido los mayores crímenes, para los que nunca faltó justificación.

Las revoluciones se hicieron y se hacen para liberar a los pueblos oprimidos, y a su vez para promover el progreso de esos pueblos. George Orwell decía que, «No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura».

En fin, en el debate progresista las opciones revolución o reforma secularmente acaparan la atención de los intelectuales y, en ocasiones, las reformas terminan siendo más radicales que las revoluciones, si no, reparemos en la Reforma Protestante.

  1. Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)

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