Viktor Orbán apuñala a Europa por la espalda

Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, ha utilizado toda clase de ocasiones y pretextos para lograr que Hungría se tragara –píldora a píldora- su autoritarismo. Al menos, desde hace una década.

Y esa táctica parece haber desorientado a los húngaros y -por increíble que parezca- a la Unión Europea. Incluso diría que a numerosos ciudadanos europeos, entre ellos no pocos democratas conservadores. Si es que éstos siguen existiendo con ese doble calificativo.

Pues con frecuencia pierden lo primero –ser plenamente demócratas- quizá por su mayor propensión a entender a uno de los suyos. Es como cierta izquierda con Maduro, pero al revés.

A estas alturas, es complicado remontarse a los orígenes de la mecánica Orbán, ¿cómo ha funcionado? Ha sido con sucesivas –lentas, pausadas- vueltas de tuerca. Hasta que las voces críticas –las nuestras también, como europeos- han parecido apagarse.

Orbán, y sus desafíos, dos pasos adelante y sólo uno atrás, son ya una pesadilla mayor en comparación a otras grandes crisis previas. Porque el caso húngaro ha estallado en plena pandemia. Orbán utiliza ahora este drama de todos, planetario, para imponer a su obediente mayoría parlamentaria su voluntad –ya clara hace años- de convertirse en dictador.

Para él, combatir el COVID-19 es lo de menos. Es únicamente una ocasión mejor que la gran crisis migratoria, por ejemplo. Un pretexto excelente.

En la UE, ya había síntomas inquietantes en otros países (Polonia, Italia, España, Francia, etcétera) del ascenso de los discursos -y de prácticas autoritarias- de varios líderes. Crecen mientras atizan el fuego de la desesperanza que fomenta la desigualdad multiplicada por perspectivas neoliberales que se presentan como opciones únicas. Orbán lidera siempre el pelotón de los atizadores de ese fuego peligroso.

El hecho es que Hungría es ya un sistema en el que el ejecutivo carece de control del legislativo, donde se pueden imponer leyes sin control. Donde tampoco existe un verdadero poder judicial. Al menos, desde que la deriva autoritaria apagó la llama de una mínima separación de poderes.

Mientras, la sociedad civil húngara ha sido amordazada poco a poco. Cada vez más. Así que ¿podemos llamarle ya dictador? ¿Podemos denominar al sistema Orbán de otra manera que dic-ta-du-ra? Debemos hacerlo.

Porque paulatinamente, Hungría ha ido perdiendo las cualidades de las democracias… sin que pareciera llegar a ser -del todo- una dictadura. Ha seguido habiendo elecciones, sí, incluso Orbán ha perdido en la capital, Budapest, las elecciones municipales. Pero la democracia funciona al ralentí, con un aliento de mínimos.

Quizá hasta la víspera, había un cierto pulso democrático en su sistema institucional. « Podíamos hablar de régimen autoritario electoral », señala el politólogo Laurent Pech (Universidad de Middlesex, Londres, en el diario La Libre Belgique), « en adelante –concluye Pech- Hungría ha pasado de hecho al estadio de régimen autoritario ». A secas.

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Orbán ha percibido con claridad que el COVID-19 era su mejor oportunidad. Pues la inmensa mayoría tiene otras urgencias. Pero hacerse conceder poderes especiales en estos días es lo mismo que apuñalar a Europa. No sólo a la izquierda, o a lo que quede de ella, sino a los demócratas europeos en general.

Poderes especiales, dice. Son poderes ilimitados en el tiempo. De modo que Orbán puede tener interés –incluso- en prolongar la pandemia en su propio país. Podrá gobernar –sin mayor impedimento- por decreto. Desde ahora mismo. La información que no le guste, será calificada de falsedad (fake news). Los periodistas, y cualquier ciudadano, podrán ir a prisión por lo que Orbán considere información falsa.

Dada su trayectoria, ¿qué clase de autocontención va a tener ante críticas o informaciones que le desfavorezcan ? ¿Y puede subsistir la UE si permanece callada, si no actúa, si permite que exista un dictador, sin disfraz alguno, en su seno?

Las instituciones europeas son responsables. Y nosotros, todos los ciudadanos europeos, también. Porque no hemos puesto el grito en el cielo lo suficiente desde que Orbán, y su partido, el FIDESZ (Fiatal Demokraták Szövetsége, Alianza de Jóvenes Demócratas, inicialmente; ahora Fidesz-Magyar Polgári Szövetség, Unión Cívica Húngara) multiplicaran los golpes a las prácticas democráticas en sucesivos desafíos a las normas de la Europa unida. Lleva una década despreciando las bases normativas de la UE: desde el control del aparato judicial a la imposición de un consejo de administración unipartidista en la radiotelevisión pública.

Orbán no ha dado un golpe de Estado, sino múltiples minigolpes sucesivos. Los partidos opositores, la educación, las universidades, las oenegés, la prensa, las redes sociales y las expresiones ciudadanas han visto reducidos sus márgenes de libertad de modo metódico, pausado. Como un plan de maniobras permanentes.

La UE aplicó, o más bien, inició el procedimiento de aplicación del artículo 7 de los tratados para privar del derecho de voto a Hungría en la UE. Pero los demás hemos seguido escuchando a las autoridades húngaras, a sus diplomáticos, a los portavoces de FIDESZ con cortesía. Como si todo lo anterior fuera normal. Y ahora no parece el momento de entrar en esa otra crisis interna O eso es lo que pretende Orbán. Pero su oportunismo político puede ser aún más peligroso para la Unión que los desacuerdos sobre los llamados coronabonos.

Como otros anteriores, este paso dado por Orbán es inadmisible. No podemos aceptar la extensión a pasitos -según su táctica- del viejo virus autoritario que asoló Europa en el pasado. Merece algo más que la primera respuesta de la presidenta de la Comisión europea, Ursula van der Leyen. ¡Ni siquiera mencionó al culpable -ni a su país- en su tibio comunicado del martes 31 de marzo !

En este período de pandemia, la autoconcesión de poderes especiales cocinada por Viktor Orbán para sí mismo es más que un atrevimiento político. Es una traición al proyecto común. Una puñalada por la espalda a todos los demócratas europeos.

Paco Audije
Periodista. Fue colaborador del diario Hoy (Extremadura, España) en 1975/76. Trabajó en el Departamento Extranjero del Banco Hispano Americano (1972-1980). Hasta 1984, colaboró en varias publicaciones de información general. En Televisión Española (1984-2008), siete años como corresponsal en Francia. Cubrió la actualidad en diversos países europeos, así como varios conflictos internacionales (Argelia, Albania, Kosovo, India e Irlanda del Norte, sobre todo). En la Federación Internacional de Periodistas ha sido miembro del Presidium del Congreso de la FIP/IFJ (Moscú, 2007); Secretario General Adjunto (Bruselas, 2008-2010); consejero del Comité Director de la Federación Europea de Periodistas FEP/EFJ (2013-2016); y del Comité Ejecutivo de la FIP/IFJ (2010-2013 y 2016-2022). Doce años corresponsal del diario francófono belga "La Libre Belgique" (2010-2022).

1 COMENTARIO

  1. Me da igual que el pensamiento único venga de la extrema derecha o de la extrema izquierda. Ambos son perversos.

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