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Ciencia y técnica como ideología

Con esta pequeña disertación dirigida a los reflexivos, me gustaría reavivar no sólo el espíritu del debate filosófico establecido por Jurgen Habermas en su excelentísimo librito “Ciencia y técnica como ideología” sino aportar a su núcleo central una reflexión personal, basada también en experiencias personales.

Javier Sánchez-Monge: escultura moderna que se halla delante de la universidad de Bellas Artes de Phnom Penh, Camboya.
Javier Sánchez-Monge: escultura moderna que se halla delante de la universidad de Bellas Artes de Phnom Penh, Camboya.

 

A finales de los años 80 y espoleado por la añoranza de testimoniar otros mundos, tuve la oportunidad de convivir nueve meses con una tribu Amazónica, experiencia que por lo demás perfilaría para siempre mi concepción de nuestra sociedad moderna y acerca del esos seres que nos decimos humanos.

No es mi intención en este artículo rememorar aquí esa experiencia, pero si el recordar uno de esos aspectos que me dejaría marcado para siempre, y para entrar en ello y antes de entrar en la experiencia Amazónica, estableceremos unas reflexiones previas:

Nuestra cultura, no es la mejor de las culturas, tan sólo es una opción entre tantas.

Nuestra sociedad moderna emperejilada de falsos valores democráticos no es la mejor, sino una astuta creación solapada de los que ejercen el poder en su afán de perpetuarlo y revestirlo de diferentes nombres que va tomando entretanto se va consumando el proceso histórico.

El sueño modernizador aportado por todos los medios de comunicación desde la cultura moderna Occidental hacia todas las demás culturas es terriblemente destructivo y devastador.

Los cimientos de una cultura de la autodestrucción se hallan disimulados en los entresijos de esta sociedad monolítica en que sólo se fomenta el pensamiento único y la destrucción de las culturas alternativas, además de la destrucción de ese impulso de conocimiento y de saber que se da en esos pocos seres humanos pensantes que quedan (no en vano Homo Sapiens Sapiens).

Nuestra sociedad moderna no busca al individuo como tal, sino al individuo masa, desposeído de contenido propio y previamente relleno y automatizado con los valores del sistema.

Como seres mecánicos, las experiencias de cada cual se retransmiten a través de los medios sociales sin un contenido personal que realmente pertenezca al individuo sino que éste, previamente relleno con los valores subministrados por el sistema mediático, retransmite lo que ha oído o visto en los medios de comunicación: -David Bowie, Cristiano Ronaldo, Kim Kardashian, Black Frida, Gagnam Style dance, Donald Trump u Obama.

El vacío existencial del hombre-masa es colmado por un continuo y adictivo afán de novedades aportado por el sistema y fomentado por una adicción a internet y a otros medios.

Hemos llegado a un punto tal, que incluso el contenido de la verdadera comunicación ha sido también usurpado (Whats up?, Facebook, Tweet, Pinterest… .etc), y reinterpretado por el sistema.

No obstante, no he querido mentar en el principio del artículo ni a la tribu con la que conviví ni a Jurgen Habermas en vano, sino por las razones siguientes, y para ello comenzaremos con la experiencia Amazónica y luego nos iremos a Habermas:

A finales de los 80, en las selvas Ecuatorianas a orillas del Yasuní la presencia de colonos y de misioneros comenzaba a hacerse más notable, y si bien algunas facciones indígenas como los Tagaeri no querían establecer ningún contacto con la civilización, los Huaoranis (conocidos como Aucas en idioma Quíchua) con los que me hallaba hacía poco tiempo que tenían contactos esporádicos y algunos de ellos incluso habían llegado a sustituir sus cerbatanas por escopetas, aunque no obstante éstos se mantenían en minoría.

Después de haber asistido a algunas de sus cacerías selváticas tanto con cerbatana como con escopeta, me di cuenta de las nefastas consecuencias que aportaba sobre su cultura la omnipotencia de nuestra cultura modernizadora.

Resulta que aquellos nativos quiénes en su territorio cazaban con escopetas, progresivamente iban testimoniando que cada vez escaseaba más la caza. Al parecer, cuando los monos y otras presas escuchaban los disparos, fueron relacionando el lúgubre sonido cada vez más con los humanos y con la muerte, y en poco tiempo, ahuyentados por aquél tanático trueno, se habían ido alejando cada vez más de las comunidades humanas.

Como consecuencia de aquellos cada vez más distantes desplazamientos, los nativos armados con escopeta para cazar tenían que recorrer mayores espacios, hasta el punto en que escaseaban las presas.

Por otra parte la necesidad de munición de sus escopetas, comenzaba a establecer un proceso de servidumbre con los colonos para poder ser abastecidos de ésta, lo que redundaba en procesos encaminados a conseguirla; cesión de tierras, venta de pieles de animales en proceso de extinción, venta de pieles, productos de la selva etc. Con ello, daban comienzo los prolegómenos de una cultura de la dependencia.

Al final y como fruto de aquellas ruidosas cacerías con escopeta, apenas existían presas cercanas a los emplazamientos humanos; el silencio de las cerbatanas había probado la sostenibilidad de la cultura indígena.

La cultura indígena cazadora-recolectora Huaorani, que había vivido en las profundidades de la selva Amazónica en perfecto equilibrio con la naturaleza durante cientos de años y que nunca se había sentido como dueña de la naturaleza sino como una parte de ésta, veía amenazada su supervivencia como tal tras unas breves intrusiones de la cultura moderna Occidental.

Su dependencia para con ésta tenía que ver con la adquisición de sus productos y con el tener moneda de cambio con que adquirirlos en la forma que ofrecían los recursos naturales de sus territorios. En el momento en que las compañías petroleras descubrieron la existencia de crudo en sus territorios y la adquisición mediante tratado de los mismos, daba comienzo el principio de la total destrucción de la cultura Huaorani.

No en vano, las palabras del Sioux Oglala Tashunka Witko (Caballo Loco) emitidas hacía dos siglos y de rechazo a la concepción Occidental de venderlo y comprarlo todo, se hacían proféticas, pero eso ya es otra historia: “Uno no vende la tierra por la que camina.” (Tashunka Witko).

Volvamos por un breve momento a Habermas y al núcleo central de su tesis en “Ciencia y técnica como ideología” y luego a la conclusión de éste artículo.

Habermas sostiene que tanto la ciencia como la técnica no sólo representan instrumentos al servicio de la sociedad que los utiliza para resolver problemas relacionados con su supervivencia, sino que se han convertido en un sistema de pensamiento autónomo, con las mismas intenciones de dominio que las ideologías políticas.

Los observadores cercanos, seguramente se habrán dado cuenta de que este aserto se aproxima mucho al popular dicho de “Ciencia sin consciencia”.

La conclusión de todas estas reflexiones es que, frente a la arrolladora y destructora omnipotencia de la globalización moderna y sus pretensiones de establecerse como la única cultura alternativa, están todas esas culturas primitivas que han probado su sostenibilidad durante tantos siglos.

La conclusión es que la cerbatana del “salvaje” había probado su aún mucho mayor eficiencia sostenida en el tiempo que la escopeta del “moderno civilizado”. La conclusión es que la llamada “Revolución industrial” ha destruido en poco más de cien años la mayor parte de los recursos naturales del planeta.

Además, podemos observar que las acciones del “salvaje” estaban en perfecta consonancia con su entorno, pues sabían fabricar sus cerbatanas, sabían cómo funcionaban y las repercusiones de su utensilio para con el medio ambiente.

Conclusión final:

El hombre moderno no sabe hacia dónde camina, repite sus acciones como un autómata sin plena consciencia de sus consecuencias, ya que el sistema en el que se halla ha tomado inercia propia.

La complejidad de la tecnología moderna no cae en el uso por parte de mentes comprensivas y sumamente evolucionadas o con consciencia de sus acciones, sino en manos de desaprensivos, cuya única intención consiste en dominar a sus semejantes.
Hoy en día vivimos en un mundo en el que poco a poco se ha ido agotando el discurso democrático;

“Y mire, si usted no se doblega a su país a nuestros intereses democráticos que traerán la libertad para su país, entonces, entonces… le tendremos que decir que tenemos armas de todo tipo para implementarlos…..”

Hace tiempo, los que tenían la razón eran los brutos que sostenían las cachiporras, hoy en día eso no ha evolucionado, siguen los mismos brutos, el problema es que ya no tienen cachiporras, sino armas atómicas.

Enlaces:

  • Información y gestión de derechos de publicación o reproducción de imágenes:  javiersme@hotmail.com .

Sobre Javier Sánchez-Monge Escardo

Fotoperiodista, mis circunstancias personales me han llevado a viajar y vivir la mayor parte de mi vida en diferentes países y brindado la oportunidad de aprender y expresarme en diferentes idiomas y culturas. Mi objetivo, convertirme en un transmisor del espíritu de la multiculturalidad,

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