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Mi recuerdo de Juan Rulfo

Fue una tarde de verano, fines de los 70, una luz dorada entraba por los ventanales de la Galeria de Arte Arvil, donde yo trabajaba y estaba ocupándome de una exposición de fotografía de Manuel Álvarez Bravo y sus alumnos. Entró quedito y quedito me saludó. Era Juan Rulfo  (16 de mayo 1917 – 7 de enero 1986), el gran escritor mexicano. Rulfo me conocía de nombre porque yo era amiga de su hijo Pablo con quien iba a ver exposiciones, comer taquitos y pasear por Coyoacán.

Juan Rulfo
Juan Rulfo

Rulfo estaba en la Galeria, había venido para ver la exposición y me pidió que lo acompañara a ver las fotos. Me sorprendió su conocimiento de la geografía mexicana, había recorrido el país varias veces, por trabajo y con su cámara Rolleiflex. Me explicaba sobre el Valle de México, sobre Oaxaca y la Guelaguetza, sobre Jalisco, su tierra natal, de cómo la muerte persiguió a su familia, su padre fue asesinado, varios de sus tíos tuvieron final trágico. Los momentos más felices de su niñez los pasó con su abuela, me decía, en la biblioteca que el cura le había dado para salvarla de la destrucción durante la Guerra Cristera.

Yo sabía poco sobre la Cristiada, entonces me explicó, un conflicto que sucedió entre 1926 al 1929, una guerra que causó una herida profunda en la historia de México. Rulfo vivió esos hechos en su infancia, “era tanta muerte y violencia’ y me contaba como se estancaban a los cristeros, se quemaban archivos de parroquias y que el cura de su pueblo le había dado la biblioteca parroquial a su abuela para salvarla. La Ley Calles limitaba la actuación de los sacerdotes y no reconocía la personalidad jurídica de la iglesia, había odio anticlerical, persecución religiosa que movió a los campesinos al enfrentamiento. El pueblo no olvidaba que dos curas lucharon por la independencia de México junto al estandarte de la Guadalupana, asi nació la nación mexicana.

Como noté que esos recuerdos lo ensombrecían, le pregunté sobre la fotografía.

Me confesó que le gustaba mucho, que muy joven se había comprado una cámara. Le intersaba por esa captación del instante, porque cuando uno saca una foto es ese momento y no otro, es esa luz y no otra. Decía que había algo definitorio en la foto, que no podía repetirse ni cambiar. Ese aspecto le parecía un misterio y lo sentía cuando sacaba una fotografía.

Comparó la fotografía con el cuento, el cuento también tenía algo de instantáneo, de único, de captación inmediata. Y la palabra tenía que ser justa para reflejar como una lente, eso que sucedía y contarlo con austeridad e inmediatez.

Le comenté que Jorge Luis Borges, mi maestro en la universidad, valoraba el cuento y también insitía en el aspecto puntual y la necesidad de un lenguaje preciso.

Rulfo asintió, consideraba que había que exprimir la palabra, quedarse con lo esencial de un texto. Que en los pueblos de su infancia la palabra era parte del silencio. El silencio para Rulfo era tan importante como la palabra.

Lo comprendí al conocer más México, cuando visité el Estado de Colima y llegué a Comala, el pueblo que inspiró de alguna manera, la novela “Pedro Páramo”. Sentí el espíritu que se vivía en ese mundo rural donde todos hablaban como los personajes de Rulfo o todos los personajes de Rulfo callaban como los pobladores de Comala. Caminar por el pueblo era estar oyendo la novela, sintiéndola. Rulfo había fotografiado con su ojo de escritor, y en el click, había captado la esencia de su tierra, el amar y el sufrir de su pueblo mexicano.

Me contó que le debía al escritor Efraín Hernández el corregir el texto y dejar la médula de la narración, don Efraín lo alentó en la literatura.

Me recomendó que leyera a los escritores escandinavos Halldor Laxness y Knut Hamsum, y que a él le gustaba leer de noche. Recordé que Pablo, su hijo, me había advertido que no le preguntara por qué no había publicado más. No pregunté, pero mencioné a Manuel Puig, el escritor argentino de quien yo era amiga y que vivía entonces en México. Enseguida, me recriminó: ¿Cómo puede ser amiga de Puig? Manolo era seductor, refinado, no era el tipo de personalidad que podía gustarle a Rulfo, aunque reconocía que había renovado el lenguaje narrativo.

Rulfo nombró a Juan José Arreola, al que lo unía una especie de “cuatismo” ya que los dos eran de Jalisco. Arreola era locuaz, extravertido, había sido actor y en esos momentos, en México, hacía unas presentaciones en televisión que lo volvieron famoso, algo que Rulfo no comprendía y tampoco le parecía apropiado. A Arreola yo lo conocía, era amiga de su esposa, Maria Luisa Tavernier, y cuando nos juntábamos en su casa, solía venir a la sala y platicar con nosotras, especialmente de literatura argentina, era gran admirador del poeta Leopoldo Lugones. Tenía una personalidad arrolladora, tan distinto a Rulfo…

Rulfo era tímido y hablar en público no le gustaba, me contaba que cuando lo invitaban a alguna conferencia, era muy bueno para él, ir con Arreola, así Arreola hablaba y él sólo al final, decía algunas palabras.

Mientras reviso aquellas notas de nuestro encuentro, lo veo en la Galeria, Rulfo parecía feliz viendo las fotos, hablando despacio conmigo, evocando los lugares de México, yo también le contaba del paisaje argentino, comparábamos nuestras patrias … Fue entonces que me preguntó por el cine y vi que ese tema le interesaba. Hablamos de películas, de la época de oro del cine mexicano, de algunos guiones que había escrito (El Despojo, Paloma Herida, El Imperio de la fortuna, El Gallo de oro), y que varios de sus cuentos se llevaron al cine.

Observando su filmografía: “Talpa”, fue dirigida por Alfredo Crevenna, “El Gallo de Oro” por Roberto Gavaldón y Arturo Ripstein hizo otra edición. De “Pedro Páramo”, hay tres versiones, la dirigida por Carlos Velo en 1966, la de José Bolaños de 1976 y la de Salvador Sánchez, en 1981.

El hijo de Rulfo, Carlos, estudió cinematografía, también lo conocí y me confirmó lo mucho que su padre gustaba del cine. Mas tarde, Carlos realizó dos documentales sobre su padre y apoyó la fundación que cuida el legado del escritor.

A Rulfo, la imagen visual lo atraía, y el cine le interesaba no sólo como espectador, de allí que hubiera escrito guiones y estuviera vinculado, aunque pensaba que sus cuentos no habían sido logrados cinematográficamente. Yo insistía que el lenguaje fílmico era diferente, algo que él parecía comprender pero deseaba que algún cuento suyo reflejara, en cine, todo lo que él decía en la literatura. Creo que el cine influyó en su narrativa pero de una manera tangencial, no había una intencionalidad en su escritura de seguir el ritmo fílmico. Más bien, sus cuentos siguen el ritmo de su respirar, quedo, lento, tenso. Aunque la imagen visual lo subyugaba, reconocía que la literatura tenía otro poder. Estrujar la palabra para que ésta exprese lo profundo, revivir un paisaje, una atmósfera, dejar flotar en el relato la poesía…

“Hay poesía en todo”. Me parecía imposible que Rulfo me dijera eso, sin embargo, en sus cuentos donde la violencia, la angustia y el resentimiento parecen retorcerse en la narración, el lirismo surge. “La poesía esta en cualquier rincón de México”… Y sí…sus cuentos tienen viento de poesía, sopla sin quererlo. El lirismo rulfiano se siente entre las esquivas palabras del texto.

Cuanto más conocí México, más comprendí a Rulfo; cada pueblo, cada rostro lleva el dolor y la poesía, la alegría y la tragedia. El cactus y su flor. Rulfo nació en ese mundo y lo reflejó como sus ojos de niño lo vieron: la tierra, la soledad, la muerte, la violencia, el amor, el trabajo, el tiempo circular. “Sabe, mi familia lo perdió todo en la guerra”. Sin embargo… el amor por México estaba intacto en su corazón.

Las fotos le hacían recordar… tal vez, también olvidar. Me habló de los políticos con desprecio. Nunca fue el escritor oficial, pero era Premio Nacional de Literatura (1970), fue Premio Príncipe de Asturias en 1983, entre otras distinciones, traducido y mundialmente reconocido. A él no parecía importarle mucho, Rulfo se refugiaba en otro mundo. El mundo que escribió en sus relatos; secretamente, sabía que el “realismo mágico” estaba en Comala y en todos los pueblos de México, él sólo tejió las palabras para devolvernos la imagen del amor y el dolor de su México profundo. Había algo tan auténtico y sincero en Rulfo, que me emocionaba.

¿Usted sabe qué es la literatura? Me soltó de golpe. Acaso podía yo contestarle. Sólo sabía que él era uno de los grande y que ya tenía su sitial en la literatura latinoamericana y universal. Le agradecí que escribiera. Fue la primera vez que sonrió.

La tarde caía, cuando me preguntó por qué había dejado el cine. No sé…le dije… ante que el cine me dejara, preferí dejarlo yo. Rulfo me miró cómplice, como si estuviera contestando la pregunta: Por qué Rulfo no escribe más…

La tarde se desvanecía en sombras y Rulfo se fue …quedito.

Hay momentos únicos en la vida, uno de ellos fue esta foto que viví con Rulfo.

Sobre Adriana Bianco

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