En la nave estamos en labores de vigilancia en la zona del cinturón de asteroides que se encuentra entre Marte y Júpiter. Estas formaciones rocosas se consideran como los escombros de la formación del sistema solar, y en esta ruta elíptica se encuentran muchos de ellos. Su tamaño varía entre unos pocos metros o cientos de kilómetros. Orbitan alrededor del Sol en el mismo sentido que los planetas y, dependiendo de su lugar tardan entre tres y seis años terrestres en completar una vuelta o revolución alrededor de nuestra estrella.

Normalmente se mantienen en esa órbita y no salen de ella, pero si algún astro mayor, un planeta ejerce en un momento dato mayor atracción sobre alguno de ellos, pueden salir de su órbita y convertirse en sus satélites, o… suponer un peligro ya que podría colisionar con ese u otros planetas como por ejemplo el nuestro. De ahí que tengamos que tenerlos vigilados y en perfecto estado de formación, no queremos sorpresas.
Mientras mis antiguos compañeros hacen sus labores de observación y vigilancia, yo me dedico, ya saben, a la vida contemplativa, del universo y de lo que me llama la atención. Y en esas estaba cuando me llevé una sorpresa que, en sentido figurado también, me ha resultado como el choque de un asteroide contra mi corazón.
Me llega en un transbordador de mercancías un libro que ha escrito mi amigo Ramón Sánchez Amores y que se ha autoeditado en «Amazon», ya hemos hablado de la dificultad de los autores noveles para encontrar editoriales. Me ha golpeado el corazón porque trata un suceso de nuestra juventud que nos afectó profundamente, a él en primera persona ya que fue la desaparición de su gran amigo, del que nunca más se supo. Ramón utiliza nombres ficticios para contarnos los hechos reales que sucedieron, que conmocionaron a nuestra población pero sobre todo a sus familiares y amigos.
Roberto y Julián se conocieron a mediados de los años setenta del pasado siglo cuando coincidieron en el instituto donde cursaron la secundaria y el COU. A partir de ese momento junto con Estela y Martín formaron un cuarteto que era reconocible para quienes estudiamos junto a ellos.
A medida que pasaban los cursos fueron descubriendo la maravillosa experiencia de vivir, de la juventud, de la complicidad, de las relaciones que se iban fraguando, de las fiestas, a veces desbocadas, del sexo. Julián y Roberto, animales competitivos en las lecturas, desafiantes en sus réplicas, en sus cartas, en sus canciones, en el frontón, con las mujeres y algunos hombres, competitivos mucho pero desde la lealtad, la fidelidad, la sinceridad.
Vivieron juntos su primera juventud, y la segunda cuando fueron apareciendo las parejas que se convertirían en definitivas, pero seguían en plena evolución personal, creciendo, madurando, pero disfrutando a la vez. El libro deja claro que fueron unos tiempos, los del instituto, la universidad, o los primeros trabajos, vividos intensamente, incluso alocadamente en ocasiones. Fueron muy divertidos incluso con sus altibajos. Vivieron plenamente.
Entre ellos se fraguó y se festejó lo más importante, una verdadera y sincera amistad, fueron los mejores amigos y eso lo veíamos todos, muchas veces envidiando esa complicidad, ese desparpajo, esa provocación. Se lo pasaban bien y nos lo hacían pasar bien.
Pero un día de enero de 1995, a un mes de su boda con Amalia, Julián desapareció sin dejar rastro alguno. Todos los esfuerzos por encontrarlo fueron inútiles y al cabo de diez años fue declarado oficialmente muerto. Desde los primeros momentos la desolación se apoderó de sus padres, de sus hermanos, y de sus amigos. Fue un suceso dramático que desde fuera lo vimos con incredulidad y perplejidad, siendo conscientes de la gravedad del asunto. Pero sin poder vivir, ni siquiera comprender, cómo vivieron su gente tanta desolación, tantísimo dolor.
Recuerdo preguntarle a Roberto (Ramón) de vez en cuando por la desaparición de su amigo, sabía de su pena, pero no de su gran desesperación, de su gran pérdida, del dolor con el que lo ha vivido toda su vida. Era su mejor amigo, y desapareció, sin más.
Ramón ha escrito un gran libro para recordarnos cómo éramos cuando fuimos jóvenes. Para recordarnos esos momentos tan buenos que vivimos en el instituto. Pero sobre todo lo ha escrito para devolverse a Julián, para recordar toda su vida juntos, para que supiéramos cómo mereció la pena su amistad, lo hermosa que era.
Roberto, Ramón, ha tenido, a pesar del dolor, la generosidad, el inmenso mérito de darle una nueva vida a su amigo del alma. Y nos la ha mostrado, hemos visto cómo le fue y que, desde su imaginación, quizás mereció la pena esa ausencia. Le ha dado una hija que es un primor y con la que por fin pudo hablar y comprender qué pasó. Ha escrito un libro que cualquiera puede leer, disfrutar de esta hermosa y dura novela, pero para los que estuvimos alrededor nos ha servido para comprenderles mejor a ellos.
Y a ellos, los que perdieron a Julián, espero que les haya servido para reconocerse, restañar la herida, para abandonar todo sentimiento de culpa y para celebrar que se conocieron.
Os recomiendo la lectura de este libro aun sin conocer a sus personajes. Agradezco a Ramón el esfuerzo hecho, sé que no ha sido fácil, y el regalo que nos ha ofrecido. Espero que a él y a todos los amigos de Julián, a Amalia y a toda su familia, les sirva para reencontrarse consigo mismos y para recordar siempre a Julián con todo el cariño que le tuvieron.



