A mis maestros: mi primer recuerdo escolar

Mi madre supo enseñarme cosas importantes, de las que conviene saber, cosas de las que es mejor aprenderlas en el caudal de la sangre que viene desde cuando la sangre quiso ser sangre enamorada.

JLIS maestros

Mi madre me enseñó asuntos de gran valía, cosas como la amabilidad, cosas como la grandeza de la sencillez, como el querer ser bueno mejor que ser mejor, me supo enseñar a respetar al respeto y a despreciar el desprecio, a disfrutar cuando disfruto y a dolerme en el dolor sólo lo necesario, hasta que el dolor es trauma y pasado sin porvenir ni praderas, mi madre me enseñó a ser lo que quisiera siempre y cuando no dejara de ser lo que fuera, me enseñó todas esas cosas sin alardes ni fatuas ínfulas de sabihonda, me las enseñó desde su altura moral de mujer enseñada por gigantes.

 

 

Aprender (bien) nada, enseñar (mal) algo, aprender (mal) algo, no enseñar nada.

Se aprende si se enseña, se enseña si se aprende. Nacemos aprendidos pero sin enseñanzas.

Necesitamos ser enseñados para aprender lo aprendido, para que lo aprendido se quede prendido.

Necesitamos aprender para seguir aprendiendo las enseñanzas y los aprendizajes: nada se aprende si no hay nada que aprender, nada se enseña si no se enseña nada.

No sé si me explico, no sé si has aprendido algo, no sé si no te he enseñado nada.

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Olía a pis. Mi primer recuerdo escolar fue llegar tarde, tener que atravesar otras aulas que daban a la mía. Y el olor a pis. A meadas en wáter público. Ese. Ese olor. No como el de los urinarios del Bernabéu o el Calderón cuando ibas al Bernabéu o al Calderón. Pero casi. Aquel olor no diría yo que se me quedó grabado porque aún hoy donde trabajo lo reconozco cuando entro en los servicios de caballeros que tengo más cerca de mi mesa. No he necesitado grabarlo. Se grabó solo. Pero para mí la escuela no son orines ni es algo traumático. Pese a aquel olor a pis que sólo olvidaré cuando olvide las cosas importantes.

Para mí, los días de escuela son los del bicarbonato de las cuatro de la tarde que se tomaba Don Ángel después de encargar a quien le tocara ir que fuera a por un vaso de agua. Los días de escuela son la única vez que la Señorita Maricarmen me pegó en la palma de la mano, suavemente, creo pensar, con la pata de la silla que usaba muy de tarde en tarde para castigarnos. Para mí, son las gafas de Don Francisco y su sonrisa y la elegancia de maestra de la Señorita María Teresa y la severidad amable de la Señorita Sabina y las ganas de ser eficiente de la Señorita Cecilia.

Y mis compañeras de clase, casi todas compañeras y muy pocos compañeros, tres a diecinueve a veces nos ganaban desde su evolucionada manera de ser mujeres antes que nosotros hombres.

Los días de escuela son mucho más de lo que mi memoria es capaz de recuperar detalladamente, obstinada como está en creer que mis días de escuela asentaron sobre mí la ciudadanía y la responsabilidad cívica con las que he procurado torear la vida en comunidad cada vez que la vida en comunidad me ha cantado al oído lo necesario que soy, lo necesaria que es.

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Editor de material didáctico para diversos niveles educativos en Santillana Educación, historiador y escritor. Director de la revista digital de divulgación histórica Anatomía de la Historia, es autor de El franquismo, La Transición, ¿Qué eres, España? y La Historia: el relato del pasado (publicados los cuatro libros por Sílex ediciones), fue socio fundador de Punto de Vista Editores y escribe habitualmente relatos (algunos de los cuales han aparecido en el blog literario Narrativa Breve, dirigido por el escritor Francisco Rodríguez Criado) y artículos para distintos medios de comunicación, como la revista colombiana Al Poniente o las españolas Nueva Tribuna, Moon Magazine y Analytiks. Tiene escrita una novela y ha comenzado a escribir otras dos.

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