Álvaro Otero: el debate sobre qué es literatura gallega es estéril y bizantino

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El escritor gallego Álvaro Otero publica “Las noches con Claudia”, una ambiciosa novela que califica de tragicomedia antropológica

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Alvaro Otero, por Xulio Formoso

Álvaro Otero (Bueu, Pontevedra, 1967), periodista que comenzó desde muy joven a escribir literatura, es actualmente una de las realidades más sólidas de la narrativa que se hace en Galicia en lengua castellana.

Títulos como “De mar y de muerte”, “Días de agua” o “El esplendor” avalan la trayectoria de un escritor preocupado por la calidad literaria de unas historias que, aunque se desarrollan en universos reducidos, en pequeñas localidades o incluso en el espacio claustrofóbico de un yate a la deriva en alta mar, tratan de valores universales encarnados por personas comunes. Acaba de publicar “Las noches con Claudia” (Ed. Círculo Rojo), su novela más ambiciosa, en la que el modelo de un pueblo gallego en el tránsito de la tradición a la modernidad, le sirve para trabar una serie de avatares en los que se alternan el humor, el drama y las pasiones.

Francisco R. Pastoriza: Creo que “Las noches con Claudia” es tu novela más gallega; aquella en la que Galicia está más presente, tanto en la historia que narra como en los escenarios en los que se desarrolla y en los personajes que la protagonizan… incluso utilizas un vocabulario en el que introduces palabras del idioma gallego. En este sentido, creo percibir una continuidad en la tradición de cierta novela gallega, de Valle Inclán a Torrente Ballester y Cunqueiro.

Álvaro Otero: En esta novela he querido explorar las posibilidades expresivas de la mezcla del castellano, el gallego y el subdialecto cubano. Es una especie de caldeirada léxica y gramatical, cocida en agua de coco. Y, puestos a mencionar referencias, tengo que citar a Cela. Él fue el maestro absoluto de la experimentación con la mezcla del castellano y el gallego. A veces, mientras escribía Las noches con Claudia, me entraba el temor de que quizá mi juego no fuese entendido, de que acaso estuviese yendo demasiado lejos, y entonces releía la Mazurca para dos muertos, o La rosa, y mis temores desaparecían. Él holló sin complejos esos territorios fronterizos mucho antes. Es una pena que por culpa de sus exabruptos y sus histrionismos crepusculares su figura provoque hoy tanto rechazo, pero estoy seguro que con él ocurrirá lo que ocurrió, por ejemplo, con Bach: tras décadas de indiferencia, comenzará a verse algún día como el genio que fue. Atrabiliario, contradictorio, irregular, pero genial.

FRP: Por el tema que tratas y por el estilo y el volumen de esta novela ¿Significa “Las noches con Claudia” un giro en tu narrativa anterior?

AO: Yo giro, o al menos eso pretendo, en cada libro que escribo. Me gusta experimentar, ponerme retos. Me aburren mortalmente los creadores en general, y lo escritores en particular, que pican siempre en la misma piedra. Supongo que tengo un estilo reconocible, pero incluso el estilo, como todo lo demás, lo subordino a hacer creíble la historia que cuento, y me gusta que cada historia que escribo sea radicalmente diferente de la anterior. Es arriesgado, pero infinitamente más divertido y estimulante.

FRP: Se podría pensar también que pasas de la narración realista trágica como en “De mar y de muerte” o de la muy vinculada a la realidad histórica contemporánea, como en “El esplendor”, a la fantasía y la superstición religiosa.

AO: No me gustan las etiquetas, pero si tuviese que colocarle alguna a Las noches con Claudia sería la de tragicomedia antropológica. Hay en esta novela, desde mi punto de vista, más antropología que superstición y religión. Es un choque entre la mulata Claudia, que trae consigo la sensualidad caribeña, la exuberancia de su cultura y los misterios de su profundo yo africano, y la realidad difusa y falsamente casta de una sociedad oprimida durante décadas. Claudia es la modernidad que irrumpe en ese pueblo gallego como un elefante en una cacharrería, como un huracán tropical húmedo y caliente que deja todo patas arriba.

FRP: ¿Es “Las noches con Claudia” una crítica al consumismo y a los fastos políticos que con tanta frecuencia han protagonizado algunos episodios de la reciente historia de España?

AO: No, para nada. Todo lo que hace el alcalde enamorado y sus ayudantes en esta novela, todos los proyectos delirantes en los que el pueblo se embarca tienen un grado de inocencia del que carecen los actuales escándalos. En ningún momento pensé en establecer semejante paralelismo, pero bien es cierto que los lectores pueden hacer lecturas que a ti se te escapan, reinterpretar la historia que leen desde su propia experiencia vital y lectora. Es una de las maravillas de escribir libros.

FRP: Bueu, el pueblo en el que naciste, se ha convertido, aunque sin nombrarlo nunca, en el escenario de la mayor parte de tu literatura. Es como el Macondo de García Márquez, el Celama de Luis Mateo Díez o el Yoknapatawpha de Faulkner, aunque en el caso de tu obra no necesitas inventar casi nada porque existen los escenarios, a los que eres muy fiel, y también los nombres de algunos de los personajes que protagonizan tus historias.

AO: Más que un pueblo en concreto, juego con un espacio que solo existe en mi cabeza, y que es el resultado de una mezcla de muchos paisajes, de la misma manera que, salvando las distancias, el Macondo de García Márquez no se puede vincular directamente a Aracataca, el pueblo colombiano donde él nació, sino que es una mezcla de todas las colombias, de toda la cultura caribe.

Ahora, al mencionar a García Márquez, me has hecho recordar algo en lo que pienso muchas veces: que los escritores gallegos tenemos algo en común con los latinoamericanos en general, y es que nuestra realidad es tan exuberante, tan pródiga en historias, que todo está ahí, a mano, esperando a que sepamos descubrirlo y a darle vida, a convertirlo en literatura. Sin embargo, lo importante no es tanto el escenario concreto como si la historia que se cuenta es universal. Escribir, para mí, es como trabajar la tierra, y por debajo de la superficie gallega, colombiana o de donde sea, por debajo de los carballos o de las palmeras debe existir un sustrato universal que pueda ser entendido, con el que se pueda identificar, que conmueva o le revuelva el alma a un lector en cualquier parte del mundo. Esa es la gran literatura, la que yo persigo.

FRP: Como te decía antes, “Las noches con Claudia” es una novela gallega, tanto por el tema como por los personajes y los escenarios. ¿Por qué no la has escrito en gallego?. ¿Crees que hay una literatura gallega sin necesidad de que esté escrita en este idioma?

AO: Voy a contestar a tu pregunta, como hacían los antiguos pensadores griegos, con una paradoja, una paradoja de cosecha propia. Imaginemos a un esquimal que vive en Groenlandia, que aprende gallego por Internet y le da por escribir en gallego una novela sobre la cultura inuit. Algunos dicen por aquí que esa novela de nuestro querido esquimal tendría más derecho a inscribirse en la historia de la literatura gallega que algunas obras de Valle, de Cela, de Torrente o de Wenceslao Fernández Flórez.

Lo cierto es que, a excepción de Xosé Luis Méndez Ferrín, los mejores escritores nacidos en Galicia –los mejores desde mi punto de vista, claro- han escrito originalmente toda o la mayor parte de su obra en castellano. Aunque, dicho esto, la verdad es que no creo en la patria de la buena literatura, como no creo en la patria del dinero, y el debate estéril y bizantino sobre qué es o no literatura gallega me produce una indiferencia absoluta.

Oshun, una diosa yoruba en la galicia recóndita

portada-noches-claudiaLA CREACIÓN DE UN TERRITORIO LITERARIO

En el único texto autobiográfico conocido de Gonzalo Torrente Ballester, el que forma el prólogo del primer y único volumen de sus obras completas (Destino, 1977), el escritor ferrolano dice: “quiero contar de aquella madrugada (serían las seis de la mañana; estaba oscuro y llovía a mares) en que me despertó la discusión de alguien tenida al mismo pie de mi ventana. Me levanté a curiosear: eran cuatro amigos que se guarecían de la lluvia y que hablaban de Picasso. A grandes voces, polémicamente, síes y noes gritados al viento de la mañana. Abril de 1932… No estaba, pues, solo en Bueu. Pronto hallé amigos y alguien que tenía una pequeña biblioteca de libros modernos. Allí leí a Unamuno y conocí a Gide. Y a Eça de Queiroz y a Antero de Quental y a Walt Whitman, más Pirandello y Dostoyewski (“Los hermanos Karamazov”, que discutíamos en una taberna en una especie de seminario improvisado)… En aquel pueblecito tuve también por primera vez conciencia clara de la problemática social, no leyéndola en libros más o menos científicos sino palpándola y viviéndola…”.

Viene esta larga cita a cuento del universo que ha representado la geografía física y humana del pueblo pontevedrés de Bueu como inspiración para la literatura española contemporánea. El mismo Torrente Ballester situó en este entorno a los personajes de su trilogía “Los gozos y las sombras” y a algunos de otras novelas suyas, pero no fue el único al que este pueblo sirvió de marco para sus creaciones. Bueu está en la obra de Amancio Landín Carrasco (“Tropa de hidalgos y mareantes”), de Carlos Casares, de José María Castroviejo o en la memoria del escritor venezolano Rómulo Gallegos, fruto de las experiencias vividas aquí durante su exilio. También Bueu, el pueblo en el que nació, es para el escritor Álvaro Otero el territorio que le sirve de fundamento para crear un nuevo espacio literario en el que sitúa las historias de una gran parte de su literatura, un territorio que se puede rastrear en las páginas de sus novelas, de “Waelrad” a “Días de agua” y “El esplendor”, y que es el escenario en el que se desarrolla también la trama de su última obra, “Las noches con Claudia”. Sin nombrarlo nunca ni rebautizarlo, Bueu es para Álvaro Otero lo que Yoknapatawha fue para William Faulkner, Macondo para García Márquez, Comala para Juan Rulfo o Celama para el leonés Luis Mateo Díez, un territorio únicamente definido por su geografía física y humana, muy bien conocido por sus autores, en el que sitúan a personajes que son unas veces fruto de de su imaginación y otras trasunto de habitantes reales que poblaron esos mismos escenarios, que encarnan en todo caso valores y actitudes universales. En “Las noches con Claudia” se notan, en este sentido, las influencias de la narrativa de Torrente Ballester, pero en esta novela están también presentes los ecos de la obra de otros autores gallegos (Valle-Inclán, Camilo José Cela, Álvaro Cunqueiro), que forjaron una tradición de la que Álvaro Otero es brillante continuador. Una continuidad que se alimenta no de modelos directos sino de actitudes, de hacer del acto de escribir una manera de mirar de otros, que el escritor hace suya: hablar de un precursor es hablar de alguien cuya realidad va cambiando y agrandándose a medida que el tiempo añade miradas nuevas, escrituras distintas.

UNA HISTORIA DELIRANTE

En “Las noches con Claudia”, el milagro de una virgen del Carmen que llora lágrimas de sangre altera la tranquilidad de una pequeña población gallega y pone al descubierto las miserias de unos personajes que protagonizan la vida pública y privada de la localidad. Al mismo tiempo, la ambición desatada por los mandatarios del pueblo y los responsables eclesiásticos ante la llegada masiva de peregrinos y curiosos, pone en marcha los modernos procesos de una mercadotecnia que busca el enriquecimiento material a costa de destruir los valores sociales y ecológicos, al tiempo que destapa los intereses de unos personajes que representan poderes políticos, militares, religiosos, culturales… un microcosmos de los vicios y las virtudes de una sociedad inmersa en el tránsito de la tradición a la modernidad. Para ello Álvaro Otero utiliza la superstición y la religiosidad, una mezcla muy presente en las creencias de la Galicia profunda, pero va más allá al identificar este mundo con el de la santería cubana y los ritos que se practican en la otra orilla del Atlántico, y que provocan reacciones encontradas en la población autóctona.

El otro elemento que convulsiona la vida social del pueblo es la llegada de una exuberante joven mulata cubana, de una belleza espectacular, cuyo matrimonio con el alcalde, a las puertas de la tercera edad y aún reciente su viudez, desata envidias, ansias de protagonismo y pasiones destructivas, en medio de una intensa actividad sexual fruto de deseos largamente reprimidos. Claudia, que muy bien podría ser encarnación de la diosa Oshún, que representa el amor y la sexualidad femenina en la religión yoruba, seduce y hechiza a unos al tiempo que provoca el odio y la repulsión de otros. La situación desemboca en la voluntad de algunos, confabulados para terminar con la vida de la joven, en la creencia de que su presencia allí es el origen de todos los males que afectan al pueblo.

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