Codependencia, cuando no sabemos amar

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Cuando nos enamoramos de alguien, la emoción, el sentimiento, el pensamiento y toda nuestra energía la depositamos en el ser amado. Un estado que nos altera, nos hace obsesionarnos con esa persona y somos felices haciendo muchas cosas con ella o, simplemente, estando a su lado. 

Cuando este enamoramiento es patológico, entran en juego otras señales que nos advierten de que empezamos a ser dependientes emocionales, y la necesidad de afecto comienza a ser complicada porque, si no la tenemos a todas horas presente, sentimos un vacío emocional que nos perturba la vida. En este caso se llama dependencia emocional, codependencia o dependencia afectiva y, normalmente, la dinámica de la pareja comienza a tener una relación nociva que llega a ser destructiva y poco sana.

Las personas codependientes presentan una baja autoestima, tienen una excesiva necesidad de aprobación, anhelan tener pareja y temen ser abandonadas, lo que les supone aguantar carros y carretas a cambio de no provocar una ruptura. Si esto sucediera, llegan a sentirse vacías, devastadas, deprimidas, y su apego es tan fuerte que llegan a permitir vejaciones, insultos, maltrato psicológico, e incluso físico, con tal de no perder a la persona amada.

Estas personas que normalmente son inseguras, basan su valía en ser queridas; se enamoran fácilmente, viven altibajos emocionales, idealizan a su pareja y demandan su presencia, su afecto y su atención constantemente. Las relaciones con la pareja son muy conflictivas y, normalmente, insatisfactorias, porque el miedo al abandono es tal que llegan a tener pensamientos obsesivos y conductas controladoras. La pareja se siente vigilada y normalmente genera conflictos para poder huír y hacer de las suyas.

El emparejamiento típico sucede cuando se presenta esta condición entre un dominante ególatra y una persona que se somete y soporta cualquier tipo de trato para conservar la relación. No es raro que se trate de un hombre que ejerce violencia contra su pareja, mujer, o viceversa, y es normal que la dependencia emocional aumente la probabilidad de que una mujer joven sea violentada en su relación de pareja. Uno de los factores más significativos para explicar la permanencia de una mujer junto a un hombre agresor, entre otras cosas, es porque la mujer no puede creer que estará mejor fuera de la relación. Por su parte, en las parejas formadas por dos personas con dependencia emocional, lo más probable es que haya violencia entre ellas pasado un tiempo, porque la relación se erosione y, cada vez, la tensión entre ambas partes sea mayor. De igual forma sucede en relaciones homosexuales, cuando uno de los dos establece el rol de dominación sobre el otro. La relación comienza de la misma manera, y el temor a ser abandonado llega a ser patológico.

Lo complejo es cuando estas personas tienen descendencia, máxime si son mujeres, porque aprenden a vivir con ese patrón de conducta incorrecto en relación a los hombres. Ellas elegirán más adelante personas de las que dependan, aceptarán el maltrato como forma de ser querido, y no sabrán valorarse a sí misma.

La pareja de alguien que depende emocionalmente vive siempre en una situación difícil y poco estable porque realmente no puede ser amada. Su vínculo afectivo se basa en la reciprocidad y en la preocupación por la otra persona, pero si es dependiente no se comporta como una relación sana y normal, ya que se actúa desde el egocentrismo. Los celos constantes, la demanda de exclusividad, las conductas violentas y otras manifestaciones serán la tónica general de la pareja, que hará muy difícil que esta crezca. Si la persona no se da cuenta, quizá necesite que un terapeuta le ayude a ver lo insana de esa relación antes de que sea tarde y sucedan episodios de violencia doméstica en ambas direcciones. La pareja, tarde o temprano, se separará, y lo curioso es que la siguiente pareja que elija será igual y volverá a tener dependencia con ella; un patrón complejo que no es fácil de resolver.

El fin, contra todo pronóstico, hay que dejar pasar el tiempo y que algún episodio brusco dé lugar a un ataque, una agresión o cualquier otra circunstancia que haga que la persona maltratada se dé cuenta de que eso no es amor. Lo terrible de todo ello es que, probablemente, aunque se separe de esa persona, la siguiente que elija sea del mismo patrón y establezca de nuevo con ella una relación de codependencia de la que no será de nuevo consciente.

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