De profesión maternal resultó ser una función moderna en todos los sentidos, sorprendente y llena de encanto, que superó expectativas, pues no se trata de una madre que se haya dedicado a cuidar el nido por toda profesión sin más afanes, sino de una mujer que ha vivido la vida, que es y ha sido cantante, muy preocupada por su aspecto físico, orgullosa, fiera de lo suyo, una mujer liberada en suma que ahora encuentra en su recién hallada -y buscadísima- hija el tendón de Aquiles.
Sin embargo, el amor por ella está intacto, agazapado y deseando mostrarse y por ello le preocupa mucho su aspecto, no quiere mostrarse vieja, y adorna la casa con nuevas compras y una colcha nueva para la cama que le prepara. Y así arranca el tema secundario («¿por qué has comprado una colcha nueva?») que lleva al tema principal, el tema de los temas, el tema padre de la pobre madre, que es así como uno acaba viéndola y como realmente es, una víctima de un error de juventud, de su debilidad frívola en el pasado y que ahora quiere recuperar y reparar. Pero quién quiere ya esa reparación.
Y así quedarían las cosas si no hubiera un mediador que suaviza, acerca posturas, ayuda a comportarse civilizadamente para empezar. Tal es la situación que se plantea en De profesión maternal, con el siguiente argumento:
«Una hija abandonada se encuentra con su madre después de 34 años, en este acontecimiento se desatan los secretos, las excusas, los motivos por los que Matilde no ejerció como tal. Se pone en tela de juicio la existencia del instinto materno. Eugenia, el tercer personaje, actúa como catalizador entre ambas.»
Hay una maravillosa actriz en el papel de la madre, la también directora Marta Álvarez del Castillo quien, empezando por su voz, que se oye y entiende todo sin esfuerzo aparente, y acabando por el menor de sus gestos, ya desgarrados ya hostiles, todo en ella es puro arte y belleza que trasciende lo físico. La hija, por el contrario, abatida y como ausente a lo que le ha llevado hasta allí, verá alivio en la huida: es la joven Natalia Moya, esencial, cauta y con miedo a resultar herida.
Un elemento ajeno en principio a la relación de las dos fieras, la pareja de la madre, hará de mediador necesario y suavizará los golpes, y con su tacto y su pasión por ser útil, propiciará los giros que pueden conducir a algo que, rompiendo el hielo, no sea un disparate más, una factura más de culpas y agravios impagados. Es el papel más agradecido de la obra que desempeña maravillosa la debutante María de Tito. Son pocas sus intervenciones, pero su presencia es constante y, con humildad, se opone a las dentelladas que madre e hija se asestan llevándose de paso alguna sobre sus carnes: «Me parece que no le gustó su familia» o «la voz de la sangre se ha quedado muda».
Pero hay por encima de todo un texto genial de Griselda Gambaro que mezcla el desgarro con la poesía y sólo así, con la poesía y la chifladura repentina, pueden encontrar encaje los sentimientos tan contradictorios que las dos experimentan y encauzarse hacia un enlace liberador. En ese avance y retroceso, ese como soñado ir a su encuentro y negarlo, eso tan trabajado que parece una locura de espontaneidad ahogada, es lo hace que la obra avance y se resuelva. Es como si la catharsis expresara por fin lo que todos esperábamos: «Lo sabíamos, lo sabíamos, pero qué difícil todo sin un poco de locura y sin al intervención de la tercera».
- Autora y Dramaturgia: Griselda Gambaro
Directora: Marta Álvarez del Castillo y Luis Quinteros
Intérpretes: Marta Álvarez del Castillo, María de Tito y Natalia Moya
Diseño de iluminación: TDA y Daniel Bosio
Diseño de escenografía: Itziar Hernando
Diseño de vestuario: Itziar Hernando
Diseño de atrezzo: Itziar Hernando
Creación audiovisual: Víctor Rodríguez Ruiz
Espacio sonoro: Víctor Rodríguez Ruiz
Fotografía: Jesús Mayorga
Teatro del Arte – Madrid
Función comentada: 8 de octubre de 2016