Del Capitán Trueno a Gaza: una reflexión útil para el siglo XXI (1ª parte)

«Las violencias de ambas zonas durante la guerra no fueron plenamente simétricas ni proporcionales. Pero la brutalidad fue compartida. Y un balance honesto debería incluir todas las responsabilidades y todas las iniquidades». Se refiere a la Guerra de España.

Es una cita del libro A sangre y fuego, de Juan Manuel Vera Priego, que es un economista especializado en analizar técnicas y estrategias contra el fraude fiscal. Se trata de un libro complejo, que sigue una línea de memoria personal e ideológica. Un relato que no evita entrar en nuestras viejas contradicciones, a veces revestidas ante el lector tras un biombo de izquierdas que nos protege de nuestras propias vergüenzas.

He leído ese libro por invitación de un amigo que comparte con dicho autor campos de reflexión en la revista Transversales. https://www.trasversales.net/ Ambos se han situado desde hace décadas (somos mayores) en los cielos «de la memoria de la izquierda antiestalinista».

Juan Manuel Vera ha publicado diversas obras que caminan en ese sentido, especialmente referidas a la trayectoria política e intelectual de Cornelius Castoriadis, https://www.trasversales.net/i48jmvcc.htm sociólogo de origen griego, psicoanalista, filósofo y analista de la economía del siglo XX, quien escribió sobre todo en francés. También desde el origen de su propia identidad diversa: de familia griega, Castoriadis nació en 1922 en la vieja Constantinopla cuando aún capital del Imperio Otomano y no había adoptado oficialmente todavía el nombre de Estambul.

Aunque creo que Castoriadis siempre pudo ser considerado marxista, su trayectoria singular se compuso de una serie de rupturas personales periódicas en las que fueron quedando atrás capítulos distintos (militancia comunista ortodoxa, trotskismo, grupo Socialismo o barbarie (con revista del mismo nombre) y etapas sucesivas.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Socialisme_ou_barbarie#Voir_aussi

Lo más original del libro de Juan Manuel Vera es que esa absorción de Castoriadis camina de la mano de su memoria de adolescente y del mundo de los tebeos o historietas (hoy comics). Ahí es donde –con originalidad– Vera decide entrecruzar al pensador Castoriadis con la figura heroica del Capitán Trueno, https://es.wikipedia.org/wiki/El_Capit%C3%A1n_Trueno creación de mediados del siglo XX con dibujos de Ambrós y guiones de Victor Mora, a quien está dedicado el libro.

Mensaje rápido para escépticos: el híbrido funciona desde un cierto «componente fetichista», según el propio autor, que se refiere a míticos tebeos (Hazañas Bélicas, El Capitán Trueno, El Jabato, Pulgarcito, DDT, Supermán, Roberto Alcázar y Pedrín, etcétera): «El Capitán Trueno fue mi personaje preferido desde el principio», concluye Vera.

Recrea un mundo infantil impreso, sin pantallas. Habla de las traperías en las que se compraba o intercambiaba de todo, tebeos entre otras cosas. Y al señalar lugares del barrio de Tetuán/La Ventilla (en Madrid), leemos ya elementos de la memoria de la Guerra de España: «Mis primeras evocaciones concretas sobre la memoria de la guerra civil española se relacionaban con la exaltación franquista de ciertas víctimas allí sepultadas».

Héroes de la izquierda y espíritu crítico

Hay un repaso de los usos y objetos que había en aquellas viejas traperías, que eran como cuevas en las que se amontonaban objetos variados de segunda mano (quizá el Wallapop de la época). Juan Manuel Vera supo –por una niña vecina– que alguna trapería que frecuentaba había cerrado por almacenar propaganda ilegal. El niño que era se preguntó entonces qué podía ser eso.

Hay una cita de 1971 de Victor Mora –Franco vivía aún– subrayando que «El Capitán Trueno lucha siempre a favor de los oprimidos, por la libertad y la justicia, y detesta a los tiranos». Porque El Capitán Trueno, con sus compañeros Crispín y Goliat, despertaba ya en el joven lector la ilusión de combatir contra las injusticias. Vera explica bien cómo un antiguo resistente republicano, el mismo Victor Mora, logró incrustar aquel fondo de su obra infantil en el marco cultural e ideológico impuesto por el dictador. Un verdadero héroe.

Con admiración similar a Vera, el dibujante actual Paco Roca se atrevió a acercarse a Víctor Mora en vida. Y cuando éste murió, en su necrológica, Roca advirtió que (El País, https://elpais.com/cultura/2016/08/19/actualidad/1471561621_195279.html «siempre tenemos miedo de conocer en persona a nuestros héroes de la infancia», porque nos marcaron un camino a seguir y quizá «no estén [o estemos] a la altura de su obra».

La vida familiar de Victor Mora contiene exilios, campos de internamiento, dos guerras, militancia (la suya en el PSUC), penurias personales, detenciones por parte de la Brigada Política Social franquista y algún paso por la cárcel. Tras el retorno del exilio (del primero, hubo después otro), su madre se ganaba la vida en un puesto de verduras en el mercado barcelonés de la Boquería. De modo que Mora, no llegó a su oficio, ni al mundo de lo impreso, ni al Capitán Trueno de repente; aunque ese personaje resultara un negocio mayor para la editorial Bruguera que para sus dos autores (Ambrós y Mora).

A partir de la evolución del Víctor Mora militante comunista, Juan Manuel Vera va deslizando su personal evolución ideológica: «Izquierda y espíritu crítico nunca fueron una pareja indisoluble, sino conflictiva».

Y el libro arranca ahí el motor de una  demolición paulatina del sectarismo como producto depurado por el estalinismo histórico. El Capitán  Trueno se disuelve poco a poco, para subrayar un repaso que va de las interioridades del PCE –Mora ingresó en el PSUC cuando Stalin acababa de morir– al «cisma chino-soviético y a la invasión de Checoslovaquia, con la destrucción del socialismo democrático de Alexander Dubček».

En la Barcelona de Víctor Mora, el antifranquismo fue como un curso clandestino e intensivo de democracia. También para los comunistas ortodoxos (o no ortodoxos). Parece ser que Mora no entendió muy bien qué significaba la revuelta de mayo del 68 en París, donde vivía entonces. Pero estaba «empeñado en no aceptar que los ideales de su juventud había sido erróneos». Cuando desaparece la URSS, lo vive a la vez con un sentimiento ambivalente «de liberación y de derrota».

Difícil asumir del todo la renovada literatura sobre los crímenes estalinistas. Imposible saber hacia donde nos dirigimos, qué dirección tendríamos que asumir. Victor Manuel Vera se apoya en las ideas de Eric Hobsbawan para explicarlo. ¿Cómo concebir la posibilidad del regreso de los fantasmas del primer tercio del siglo XX a través del viejo apparatchik que fue el ultranacionalista Slovodan Milošević? El autor anota su decepción «ante la escasa solidaridad popular y de la izquierda española con las víctimas de Bosnia».

Dentro de la mitología de la dictadura

Después, el libro se adentra en la etapa del niño que va descubriendo que vive dentro de la dictadura franquista, no durante el período de la historia en la que Mora ambientó las aventuras de su héroe de ficción. Un lío, porque el Capitán Trueno es un personaje que vive y asume las cruzadas  y que grita ¡Santiago y cierra España! Porque para cruzar las barreras de la censura había que caminar por la idea (blanca y negra) de la Reconquista y por los senderos del barro de la mitología oficial. Al fin y al cabo, los regímenes totalitarios viven de héroes mitológicos (frecuentemente falsos) para obtener la aceptación mayoritaria de los sometidos.

Y las mujeres aparecen poco. «La dama de sus sueños es Sigrid, hija adoptiva del pirata Ragnar Loghbroth», que es  «la reina de Thule», quien figura sólo de vez en cuando «porque los censores consideraron poco decoroso que viajara junto al caballero y sus amigos, sin estar casados».

La lucha contra las injusticias y los tiranos es siempre inflexible, aunque esa certeza no impida la posibilidad de ser derrotados. Es ésta otra idea que enlaza al Capitán Trueno con las sucesivas derrotas de la izquierda crítica, según el autor de A sangre y fuego.

Tras esos capítulos iniciales, Vera hace un repaso de contradicciones y fracasos revolucionarios. Quizá aquí el autor, sin perder interés en lo que escribe, es inevitablemente arrastrado por su propia subjetiva melancolía teñida de ortodoxia trotskista. Con honestidad, no deja de recordar a sus otros héroes  juveniles (Lenin o Trokski, situados frente a las figuras de Mao y Stalin, «como otros pensaban»).

Y en ese momento rescata a Castoriadis porque «permitía descifrar aspectos anteriormente oscurecidos por el doctrinarismo de la extrema izquierda». Vera hace una crítica clara de la vieja justificación marxista de la guerra y de la violencia «como partera de la historia» (Karl Marx dixit). La contrarrevolución es siempre implacable, la historia tiene héroes de verdad, aunque casi siempre termina siendo un cielo sin ángeles.

Imaginarios de la revolución o de la represión

Desde la Revolución Francesa y todas las de los dos siglos posteriores, se plantea en el texto que «los estallidos revolucionarios quedaron eclipsados en el imaginario de las décadas posteriores por la represión con que las élites dominantes las destruyeron». Ese relato llega hasta la caída del muro de Berlín, las revoluciones árabes y la pandemia del Covid, hasta un cierto regreso de los movimientos sociales, cuando los viejos revolucionarios dejan de entender a los nuevos. Resurgen cegueras extintas.

El autor explica, desde una perspectiva familiar, donde nació su afán personal por desenterrar lo sucedido en la Guerra de España, porque «de la guerra no se hablaba en casa, ni tampoco en la calle». Así era durante el franquismo: «La gente callaba lo que sabía, lo que le contaron, incluso lo que había visto», dice.

A continuación se adentra en su propia evolución que le conduce hacia el elogio de la publicaciones de la editorial Ruedo Ibérico, que ampararon un espectro amplio de voces antifranquistas heterodoxas. Establece en ese punto un cierto discurso de historiadores que considera demasiado cercanos a los puntos de vista del PCE, que convirtieron la Guerra de España en apenas un prólogo de la Segunda Guerra Mundial, dejando de lado su «vertiente de revolución social largamente alimentada por las luchas de los trabajadores y los campesinos sin tierra». En esa estela sitúa a «Manuel Tuñón de Lara […], Ángel Viñas, Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo, entre otros», sin olvidar las distorsiones malintencionadas e indigestas del neofranquismo de Pío Moa o César Vidal.

Pactos de sangre y olvido

Considera anticipatorias (de lo que iba a suceder) las alarmas de los líderes históricos del POUM, Joaquín Maurín y Andréu Nin, que se opusieron tanto al fascismo como a la intromisión soviética en las estructuras de la República, de la mano del PCE. En un capítulo titulado Sangre y limpieza hace un repaso de los crímenes más significados del bando sublevado contra la República, donde destaca su «brutalidad generalizada» y «la salvaje ferocidad» de las planificadas campañas de exterminio de los generales sublevados (el mismo Francisco Franco, Emilio Mola, Queipo de Llano, Juan Yagüe, etcétera). Para Vera, todo ello formó parte del pacto de sangre de las gentes de orden lideradas por Franco.

Destaca el recorrido siniestro de la llamada columna de la muerte que atravesó Extremadura desde Sevilla, que no ha sido tan conocida y detallada como otros sucesos terribles de aquella aniquilación brutal llevada a cabo en las regiones agrarias del sur peninsular. «Hay lugares de memoria y lugares de olvido», señala tras referirse a la masacre de la Plaza de Toros de Badajoz.

Pasa a revisar cómo las organizaciones sindicales y las fuerzas que defendieron la República dejaron hacer y no intentaron moderar la furia que había hecho brotar la máquina de exterminio franquista. De modo que –siempre según el autor– el Estado republicano no se reconstruyó de un día al siguiente: «Todos los caminos condujeron a la sangre en ese momento. Tanto el pasado como el futuro exigían sacrificios humanos».

Y aunque el número de víctimas no fuera el mismo, ni tampoco el mecanismo de las violencias opuestas, Vera cree que «el terrorismo social en caliente fue bastante generalizado», sobre todo «en las zonas rurales», y que «no siempre fue obra de incontrolados». Cita datos de historiadores como Julián Casanova o Julio Aróstegui. Se apoya en la obra-testimonio de Eduardo de Guzmán, luego miembro clandestino del Comité Nacional de la CNT, quien mientras estuvo preso «vivió la angustiosa espera diaria de la saca que le llevase al paredón. Revivió su propia suerte mientras cientos de compañeros presos eran fusilados».

A Eduardo de Guzmán, todos –«hasta los verdugos»– le parecieron dignos de lástima, en algún momento.

Cementerios bajo la luna

También la perspectiva de Georges Orwell o del escritor católico francés, Georges Bernanos (Les grands cimetières sous la lune), al denunciar la barbarie represiva franquista en Mallorca, y la figura de Simone Veil, joven intelectual también francesa que fue miliciana en el lado republicano. De algún modo, Vera estima esas figuras como voces de la decencia. Sobre los asesinatos de Paracuellos, no duda en acusar a «los aparatos policiales bajo control comunista», bajo influencia de «los consejeros soviéticos de la NKVD».

Entre quienes intervinieron para detener las sacas y los paseos mortales de personas inocentes, recuerda a Melchor Rodríguez y a Juan García Oliver (FAI), así como a Joan Peiró. Como autor, a Manuel Chávez Nogales, el periodista autor de una obra titulada también A sangre y fuego, que es a la vez el grito del Capitán Trueno y un relato de Nogales sobre la Guerra de España. Aquel periodista hasta la médula, republicano y masón, «presenta un testimonio que no quiere transigir con ningún criterio. No se trata de equidistancia sino de sentimientos de humanidad».

Enfrenta la paz de los vencedores, con su continuación de las ejecuciones sumarias (decenas o centenares de miles) a la descripción terrible del exilio masivo, que pasa primero por los campos de alambradas en Francia y –para varios millares después– por los campos de exterminio nazi.  Luego, la dictadura se decide a triturar esa memoria, mediante una represión continuada más selectiva que al principio. Aunque Vera señala: «No hay dictadura sin sus verdugos voluntarios ni sin multitudes ovacionando al peor de los canallas en las plazas públicas». Tampoco sin desmemoria: el largo silencio del período franquista o el silencio polaco ante la desaparición de sus vecinos judíos. Permanece una cierta memoria aunque sea secreta que quizá podrá reconstruirse después, a lo largo del tiempo y poco a poco. Quizá cabe esperarlo así.

Paco Audije
Periodista. Fue colaborador del diario Hoy (Extremadura, España) en 1975/76. Trabajó en el Departamento Extranjero del Banco Hispano Americano (1972-1980). Hasta 1984, colaboró en varias publicaciones de información general. En Televisión Española (1984-2008), siete años como corresponsal en Francia. Cubrió la actualidad en diversos países europeos, así como varios conflictos internacionales (Argelia, Albania, Kosovo, India e Irlanda del Norte, sobre todo). En la Federación Internacional de Periodistas ha sido miembro del Presidium del Congreso de la FIP/IFJ (Moscú, 2007); Secretario General Adjunto (Bruselas, 2008-2010); consejero del Comité Director de la Federación Europea de Periodistas FEP/EFJ (2013-2016); y del Comité Ejecutivo de la FIP/IFJ (2010-2013 y 2016-2022). Doce años corresponsal del diario francófono belga "La Libre Belgique" (2010-2022).

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