Del Capitán Trueno a Gaza: una reflexión útil para el siglo XXI (y 2ª)

Y ahí está El Capitán Trueno como semilla, junto a los cines de sesión continua del espacio madrileño que había entre Cuatro Caminos y en torno al eje de la calle Bravo Murillo (véase Ilustrando los cines de Tetuán, Antonio Ortiz, ediorial Los cordeles de la Dehesa, 2025).

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Cine de entretenimiento o de aventuras, sí, aunque también una producción de películas que ayudó a recuperar un cierto músculo contra la censura y la memoria acomodaticia. Sin embargo, «lo que ha predominado es un cine mecánico, cómodo para los espectadores, lleno de referencias clónicas, ajeno a cualquier complejidad, tan políticamente correcto como inane en la mayor parte de los casos». No obstante, el autor hace antes un repaso en el que  va de Luis García Berlanga a Juan Antonio Bardem, de Morir en Madrid a El Verdugo, de Muerte de un ciclista a Tierra y Libertad de Ken Loach. De modo que quizá no todo fue tan clónico.

En el campo de la memoria, Vera, que se sitúa en el antifranquismo auténtico, critica que la izquierda haya evitado casi siempre discutir en su interior los episodios de represión dentro de la República y del bando republicano. No lo iguala, desde luego, a la brutalidad franquista y a la que siguió a la guerra, aunque considera que «hubiera sido clarificador que la cuestión de la violencia y de las víctimas no se hubiera entremezclado con el tema de la ilegitimidad del levantamiento franquista y de la dictadura». ¿Era posible? Difícil, muy difícil, al menos.

Residuos de la memoria y del viejo PCE

Las derechas españolas no han demostrado ninguna empatía hacia las víctimas de la violencia provocada por Franco y sus secuaces. Vera cree que esa realidad no ha ayudado a la izquierda a rediscutir sus propios desmanes (no simples errores), quizá no equivalentes al salvajismo de los sublevados, pero tampoco inexistentes. «La dificultad de compartir una verdad de los hechos tiene que ver con la construcción de identidades como vencidos o como vencedores», como «residuos de las memorias».

Explica en un centenar de páginas su visión personal: que la interpretación más general dentro del antifranquismo sigue estando mediatizada por un cierto análisis heredero del viejo PCE. Eso habría despertado en la última década las versiones más críticas con la Transición y a «entender el nuevo sistema democrático-electoral como una continuidad del franquismo [lo cual] carece de sostén lógico, político e histórico, más allá de la insatisfacción que puede producir que no hubiera un saneamiento en profundidad de todas las estructuras del viejo Estado».  

Afirma que no hay duda del heroísmo militante de los comunistas en su lucha contra el franquismo, aunque estima que ello no debe hacer «olvidar y callar que el PCE fue un aparato estalinista vinculado a Estados totalitarios y regímenes de terror». Cree que –en los hechos, y más allá de la contribución a la causa de la República– el estalinismo se enfrentó a diversas tendencias de la revolución social en España porque se oponía a todo lo que no podía controlar férreamente. ¿Por qué?

Porque el PCE carecía de la autonomía de las demás organizaciones de izquierda (PSOE, POUM, CNT, etcétera): «La política del PCE no era decidida por sus militantes y dirigentes». Recuerda a quienes (Victor Serge, Joaquín Maurín, los anarquistas, etcétera) criticaron el estalinismo desde primera hora y –no quiere olvidar– que «entre los desaparecidos en fosas ocultas se encuentra todavía Andreu Nin». Algunos, dice con amargura, no esperaron al XX Congreso del PCUS, ni a las invasiones de Hungría o Checoslovaquia «para descubrir el significado antidemocrático y antisocialista del estalinismo».

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Budapest, 1956. Los húngaros derribaron los monumentos que glorificaban a Stalin.

Se habla en el libro de «la revolución social española de 1936-1937», es decir que –de algún modo– considera más bien liquidadas las experiencias sociales posteriores a toda la última parte de la Guerra de España. Mantiene ahí su propio punto de ortodoxia poumista. ¿Está en lo justo con relación a los hechos? Vera se pregunta por la justicia histórica y concluye que ésta «no existe». Previamente, ha valorado la capacidad de organización  de los sectores populares, de la UGT y la CNT, que derrotaron el primer impulso de la sublevación militar, en contraste con «la inoperancia del gobierno republicano para prevenir y hacer frente a la rebelión». Culpa a una cierta historiografía de estirpe autoritaria (en ambos sentidos) poco interesada en esclarecer aquel período.

Cuando la memoria se hizo ley

Valora bien las sucesivas leyes de la memoria de José Luis Rodríguez Zapatero y de Pedro Sánchez, aunque señalando sus límites o criticando el turismo de impostura a los campos de exterminio centroeuropeos.

Porque la «la memoria colectiva se teje con hilos misteriosos» y para ser útil «exige una complejidad analítica sobre los hechos y sus causas, que no signifique ambigüedad ni relativismo, pero que tampoco incorpore silencios ante los nuestros».

El aumento de la brutalidad de las guerras desde la I Guerra Mundial, le sirve al autor para intentar establecer ante el lector que «junto a los atroces recuentos de víctimas, fueron algunas imágenes artísticas las que ayudaron a transfigurar el sufrimiento y horror sin límites vividos entre 1914 y 1918». Vera hace un repaso de películas, donde distingue la distorsión de un cierto cine bélico sobre la II Guerra Mundial, en el que se escondía con frecuencia que –junto a los aliados– combatía el régimen soviético de Stalin y los gulags.

Vietnam, según esa mirada, configuró la vuelta «a un mensaje sobre el absurdo de la guerra». Y hace un esfuerzo por abarcar y denunciar olvidos: los bombardeos de Tokio y de las ciudades japonesas, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, unas trescientas mil personas, civiles inocentes, que convirtieron a Harry Truman «en uno de los mayores asesinos de civiles del siglo». El problema es que «nada entierra nada. Los crímenes nazis no deben sepultar la destrucción de las ciudades alemanas» de Berlín, Hamburgo, Dresde, Leipzig, etcétera, que sufrieron una devastación absoluta: «En total, 131 ciudades y pueblos arrasados. Se calcula que más de trescientos mil civiles murieron. Siete millones y medio de alemanes perdieron sus casas».

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Dresde tras los bombardeos aliados, febrero de 1945.

Durante años, fuera de Alemania, apenas se habló de ese nivel destructivo y de sus consecuencias humanas. Quizá los crímenes de guerra y los genocidios están más allá de nuestras posibilidades de verdadera comprensión racional. No tenemos capacidad para imaginarlo de verdad.

El concepto campo de concentración o de trabajo se impuso durante años quizá para evitar decir campos de exterminio. De algún modo, significa aceptar inconscientemente que su nivel de barbarie era más reducido. Pero las técnicas más modernas no han sido siempre necesarias para lanzar operaciones de exterminio o crímenes contra la humanidad: lo prueban los genocidios de Camboya o Ruanda, los crímenes nazis en el este de Europa durante la primera fase de la II Guerra Mundial. También las hambrunas masivas e supuestamente intencionadas (en Irlanda, Ucrania, en la India de los británicos).

Olvido y genocidios

Y Vera interpreta los fascismos como lo que fueron: una alianza de élites y miedos intensos para que aquellas élites encontraran su salvación. «En España, las clases privilegiadas, oligarquías terratenientes y burguesía industrial periférica, con el apoyo de la Iglesia, incitaron un alzamiento». «En vísperas de acometer su guerra en Polonia, Hitler ironizaba sobre si alguien se acordaba de los armenios. Nadie parecía hacerlo».

Lo mismo pensaba Stalin mientras ‘purgaba’ el PCUS y la Unión Soviética: «¿Quién recuerda ya los nombres de los boyardos de los que se deshizo Iván el Terrible?», dijo.

Y en este saco –el autor lo introduce– hay que meter también las prácticas coloniales. Pone ejemplos: el exterminio de los hereros de Namibia por parte de Alemania, o las atrocidades llevadas a cabo durante el mandato de Leopoldo de Bélgica en el Congo. Podríamos añadir el uso de gases lanzados desde el aire durante la guerra del Rif, por parte de Francia y España (El País, 10 de febrero de 2002, El veneno que llegó desde el aire, de Ignacio Cembrero).

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Las bases del totalitarismo se encuentran siempre en la conversión de las personas en herramientas o instrumentos para un objetivo predeterminado, muchas veces por parte de la autocracia de turno.

Además, la mayoría será indiferente o incluso se conformará. Los convencidos podrán seguir siendo sólo una minoría en una sociedad enferma que después fingirá no haber sabido lo que ya sucedió. Se recuerda siempre a los alemanes, por los crímenes nazis, pero distan de ser un ejemplo único de silencio, indiferencia o falta de memoria colectiva durante su posguerra.

En un repaso a crímenes de la humanidad y genocidios, Juan Manuel Vera revisa la espiral que condujo a las guerras de los Balcanes (Bosnia, Croacia, Kosovo) que partieron de viejos conflictos internos y del empecinamiento bárbaro hacia la limpieza étnica preconizada por dirigentes como Slovodan Milošević.

Se detallan los genocidios de Ruanda y Camboya, las guerras del Golfo, la creación del Tribunal Penal Internacional, los cárteles del narcotráfico en Latinoamérica, el terrorismo de Al Qaeda: «Cambió el siglo y no hubo punto y aparte. La lógica sanguinaria seguía estando activa. El 11 de septiembre de 2001 fue una atroz bienvenida al futuro que venía. El 11-S forma parte del tipo de acciones que desencadenan un mundo peor, tanto por sus consecuencias directas como por las pasiones y reacciones irracionales que alimentan». Los atentados de Madrid (en 2004) ilustraron «el horror yihadista», así como «la vulnerabilidad de quienes nada habían hecho para ser atacados».

Ese apartado finaliza con una referencia a conflictos africanos más recientes (Darfur y Sudán) y a los muertos de las migraciones y las hambrunas: «Historias de bombardeos indiscriminados, desaparecidos, deportados, torturados, asesinados. Dictaduras fascistas, comunistas, islamistas, nacionalistas. La larga e inagotable sombra de una humanidad incapaz de detener la incansable rueda del infierno».

Hay un repaso a la idea de guerra justa y a la lógica de la razón del más fuerte contra los más débiles y los neutrales, que ese capítulo del libro hace entrecruzando la experiencia personal del autor con reflexiones que van de Castoriadis a las tradiciones de la guerra santa, donde San Agustín sucede a otros, a Tucídides, para preceder al islam, antes de exponer ideas de Maquiavelo, Thomas Hobbes, Inmanuel Kant o Francisco de Vitoria. «Leyendo a Clausewitz y a sus admiradores tendemos a olvidar que el producto más directo y auténtico de la guerra no es una política ni una estrategia, sino la muerte violenta y el sufrimiento humano». El dolor inmenso.

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Foto de Hocine Zaourar, captada en septiembre de 1997, tras la terrible matanza de Bentalha, uno de los extrarradios de Argel. ©AFP – Hocine Zaourar

En ese sentido, el siglo XXI no ha sido distinto. Se utiliza el concepto de legalidad internacional para incumplirla, desde la creación de la Sociedad de Naciones y después de las Naciones Unidas. El orden internacional establecido así es «una débil luz en el mundo». Los procesos del derecho internacional y su humanización son lentos y avanzan por caminos angostos, a pesar del tiempo transcurrido desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948).

«Un elemento de esperanza es que se ha quebrado en algunos casos el ciclo de impunidad», quiere creer Vera, mientras una parte de la izquierda quiere encubrir o ignora –de un modo u otro– la invasión rusa de Ucrania; como muchos dirigentes árabes tratan de eludir sus coqueteos con los yihadistas cuando constatan las consecuencias. Lo mismo sucede con las ideas imperialistas de Donald Trump, Vladimir Putin o el bíblico expansionismo criminal de Benjamin Netanyahu. ¿Cómo olvidar los dramas de Gaza, Siria y Líbano?

Todas las potencias regionales o mundiales que intervinieron en Siria lo hicieron contra grupos que pedían la democratización del país y en función de sus propios intereses (Arabia Saudí, Irán, Rusia, EEUU, Turquía, Qatar, Israel). Contra «las movilizaciones populares originarias». Vera concluye también que «la experiencia ucraniana demuestra la extrema vulnerabilidad de las naciones neutrales». Contra los planteamientos doctrinarios, insiste en la imprescindible caracterización –urgente en cada caso– de quien es el que agrede y quien es el agredido. Señalar siempre a «la OTAN es un atavismo de la Guerra Fría».

En Palestina, los crímenes de guerra son evidentes ante la pasividad global predominante. El promotor preciso  se llama Benjamin Netanyahu, acompañado por un gobierno de extremistas «de rasgos genocidas». Vera ha señalado antes la incursión criminal de Hamás en Israel, para remontarse a la creación misma de ese Estado y a las matanzas y expulsiones masivas de los palestinos que sirvieron para ese objetivo del sionismo, para desencadenar la Nakba palestina: crearon Israel mediante el terror. Gaza es un grave capítulo posterior que agrava aquellos crímenes que no pueden quedar en el olvido. Porque los horrores de hoy se acumulan sobre los de antes; y nunca, jamás, deben servir para borrar las crueldades o la pérdida de humanidad del pasado.

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Gaza tras los más recientes bombardeos israelíes. Foto de Mahmood Isleem, de la agencia turca Anadoulu.

A estas horas, ya parece difícil que pueda abrirse paso la coexistencia de dos Estados en Palestina. «Esa alternativa ha sido hecha pedazos por los extremistas sionistas e islamistas. La sangre y el odio mutuo resultan hoy una barrera infranqueable. Las tragedias no abren nuevos horizontes». Y cita decenas de nombres de países y áreas en las que se han producido matanzas masivas y actos genocidas, desde Sierra Leona hasta Haití, desde Chechenia a Afganistán, desde Sudán a Perú.

Los nacionalismos alimentan esas tragedias, pero «no todo nacionalismo es igual de peligroso». No es lo mismo defender diferencias e identidad que intentar impedir las de los otros. También «las ideologías homicidas que se reclamaban de la izquierda pretendían construir una nueva sociedad en virtud de una concepción política y social totalizadora, destruyendo a los grupos o individuos contrarios a esa visión del mundo».

Ahí estamos, con el resurgimiento de las ideas  de las derechas más extremistas en un planeta dominado por «un mercantilismo cada vez más desregulado que está enloqueciendo al universo social, como en una distopía neoliberal llena de tecno-atrocidades». Un mundo en el que vuelve la guerra como «mal radical, incluso cuando se convierte en irremediable». Porque el autor estima a la vez que «no toda guerra es evitable y no resulta posible defender un pacifismo absoluto e incondicional [porque] la razón desarmada no se impone».

De modo que lo que propone el texto de A sangre y fuego es «actuar como si las guerras siempre se pudieran impedir», pero a continuación añade que «cuando se desencadenan  hay que actuar para que sean más cortas y menos feroces». Una guerra legítima debe proponerse causar menos daño que el que sucedería de no tener lugar: «Se autolimitará al uso de la mínima fuerza necesaria para alcanzar objetivos de defensa propia o de evitar víctimas inocentes». Las guerras nacen en la cúspide del poder, las sufre la mayoría, a quien le son impuestas. El sistema mundial debe tender siempre a oponerse a la fuerza y a quienes abren  «las puertas correderas de los grandes mataderos ».

Hay una ensoñación o sueño final del Capitán Trueno que se pregunta si sus hazañas han contribuido o no a hacer mejor el mundo, «también si son veraces, si realmente he combatido al borde de acantilados y me he perdido en los desiertos más ocultos del planeta». Su verdadera pasión: luchar contra la infamia. Odiar a los tiranos, sin importar si llevan una cruz o una hoz y un martillo.

La columna vertebral de este A sangre y fuego se centra en la idea de que condenar la esclavitud del pasado no evita siempre las dictaduras ni los crímenes masivos de hoy: «Ninguna interpretación debe aceptarse pasivamente si se convierte en una coartada para silenciar alguna barbarie».

Tras el relato de la infancia y el espíritu del Capitán Trueno, se descubre un libro autocrítico para lo que algunos llaman el pueblo de izquierdas, que disentirá al leerlo aquí y allá, en uno u otro punto. Se trata de un libro honesto –un tanto erudito también– donde la conclusión podría encontrarse en alguna de sus citas literales: «Los caminos de las revoluciones siempre son inciertos porque abren la puerta del laberinto, pero no aseguran encontrar las encrucijadas que llevan a una salida venturosa. La liberación no asegura nunca un punto de llegada».

Esclarecedor.

Paco Audije
Periodista. Fue colaborador del diario Hoy (Extremadura, España) en 1975/76. Trabajó en el Departamento Extranjero del Banco Hispano Americano (1972-1980). Hasta 1984, colaboró en varias publicaciones de información general. En Televisión Española (1984-2008), siete años como corresponsal en Francia. Cubrió la actualidad en diversos países europeos, así como varios conflictos internacionales (Argelia, Albania, Kosovo, India e Irlanda del Norte, sobre todo). En la Federación Internacional de Periodistas ha sido miembro del Presidium del Congreso de la FIP/IFJ (Moscú, 2007); Secretario General Adjunto (Bruselas, 2008-2010); consejero del Comité Director de la Federación Europea de Periodistas FEP/EFJ (2013-2016); y del Comité Ejecutivo de la FIP/IFJ (2010-2013 y 2016-2022). Doce años corresponsal del diario francófono belga "La Libre Belgique" (2010-2022).

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