En busca de Alejandro

Se publica en España la biografía de Alejandro Magno escrita por Pietro Citati

Citati-Alejandro-Magno_portadaNo se puede decir más ni mejor, en tan pocas páginas, acerca de Alejandro Magno (356 a.C.). El escritor italiano Pietro Citati, quien tiene entre sus obras espléndidas biografías de Kafka, de Tolstói, de Goethe, de Proust… ha hecho en esta obra, “Alejandro Magno” (Gatopardo ediciones), un bello ejercicio de concisión de una vida corta en años (Alejandro murió cuando apenas contaba 33) pero larga en conquistas y avatares, escrita, además, con un lenguaje evocador que hace de su lectura una sensación placentera.

No sabemos cómo era físicamente Alejandro Magno sino a través del busto que esculpió Lisipo, actualmente en el Museo Británico, y de la descripción que de él hizo Plutarco: “de carne blanca y delicada con toques de color púrpura en las mejillas, de mirada cálida y nítida dulzura…”. Lo que sí sabemos es de sus conocimientos de botánica, de matemáticas y de medicina, y de su afición a la filosofía (Aristóteles fue su mentor desde niño) y a la literatura (era un lector apasionado de “La Ilíada” y conocía al detalle las obras de Píndaro y Eurípides). Todo lo cual no hacía prever un futuro de guerrero, estratega y conquistador sino de ciudadano culto o de político ilustrado. Más testimonios han trascendido sobre su carácter, de una personalidad contradictoria que iba del entusiasmo a la frialdad, del desenfreno a la moderación, de la crueldad a la compasión.

Xulio Formoso: Alejandro Magno

Bajo el sino de Dionisos, Aquiles, Hercules y Ciro

Así como algunos personajes históricos que le sucedieron, de Julio César a Napoleón, lo tomaron como ejemplo, Alejandro Magno encarnó voluntariamente los mitos de tres divinidades (Dionisos, Hércules y Aquiles) y de un héroe real, Ciro el Grande. Sobre estas figuras reconstruye Pietro Citati la biografía de un Alejandro que se fue convirtiendo, para alcanzar los logros de sus vidas ejemplares, en el dueño de un imperio que se extendió por tres continentes gracias a su ambición sin límites.

Rompió o deshizo (según las versiones) el nudo gordiano para liberar la lanza del yugo al que estaba atada en un carro que según la leyenda había pertenecido al rey Midas: el oráculo decía que quien lo desatara se convertiría en el rey del mundo. Sus padres, Filipo de Macedonia y Olimpia, le hicieron creer que descendía de Aquiles por línea materna y de Hércules por parte de padre. Él mismo se creía hijo del dios Amón, y este origen divino explica su arrojo y su arriesgado desprecio por la vida, así como su desafío a la Fortuna, por creer que contaba con la protección del dios.

Dionisos era la deidad a la que rendía mayores tributos y dedicaba más sacrificios. La conquista de la India fue para emular la de Dionisos 6500 años antes, para encontrar las maravillas que Ctesias de Cnido contaba en sus crónicas fantásticas. En un arrebato de ira, después de un banquete en Maracanda durante el que había bebido demasiado, alanceó a Clito el Negro, su amigo de la infancia y uno de sus mejores generales, quien le había salvado la vida en la guerra contra Persia. Para curar sus remordimientos los adivinos le hicieron creer que se trataba de un castigo de Dionisos en venganza por haberse olvidado de ofrendar un sacrificio durante las celebraciones de las fiestas dedicadas al dios.

La figura de Hércules se encarna en la ira destructiva de Alejandro, capaz de ordenar el incendio de los palacios de Persépolis, con todas sus riquezas, después de haber vencido a Darío III en Gaugamela y provocar su huída. En Ecbatana lo encontró agonizante, y sobre el cadáver arrojó su capa para taparlo. Hizo prisioneras a las hijas de Darío y llegó a casarse con una de ellas, Barsine, hija de Parisátide, y a la madre, a quien respetó y ordenó que se la tratara como miembro de la realeza (su aprecio por Alejandro la llevó al suicidio a la muerte de este).

En su expansión hacia Asia y África iba fundando una ciudad tras otra siguiendo el modelo del urbanismo griego. Babilonia, Susa, Persépolis, Samarcanda… fueron cayendo bajo su espada. Su ambición sin límites y su deseo de alcanzar los confines del mundo oriental forzaron la resistencia de sus soldados, que se amotinaron y le obligaron a regresar a la patria desde la India después de años de batallas y enfrentamientos. Retornaron siguiendo el curso del rio Indo, y aprovechó el viaje para guerrear contra los pueblos que se asentaban en sus orillas. Estuvo a punto de morir varias veces, una de ellas durante el ataque a una de las fortalezas de los malios y otra por beber agua contaminada. Perdió gran parte de sus naves durante un temporal en la desembocadura del río, pero había conseguido ser el nuevo Dioniso, el nuevo Aquiles y el nuevo Hércules.

Para emular a Ciro y convertirse en el nuevo Rey de Reyes sólo le faltaba la reunificación de Grecia, Persia y Media. Por eso a su regreso continuó sin descanso la expansión de su imperio.

La muerte de su amigo Efestión, que había sido para él lo que Patroclo para Aquiles, supuso un duro golpe para Alejandro y un augurio de su propia muerte. Llenó entonces el palacio de adivinos y sacerdotes que celebraban sin interrupción exorcismos y sacrificios que no impidieron que unas fiebres contraídas por la malaria acabaran con su vida. Su imperio, cuyas luchas sucesorias arrastraron a la muerte a sus esposas y a sus hijos, quedó dividido en reinos helenísticos que se repartieron sus generales.

 

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Profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural Asignaturas: Información Cultural, Comunicación e Información Audiovisual y Fotografía informativa. Autor de "Qué es la fotografía" (Lunwerg), Periodismo Cultural (Síntesis. Madrid 2006), Cultura y TV. Una relación de conflicto (Gedisa. Barcelona, 2003) La mirada en el cristal. La información en TV (Fragua. Madrid, 2003) Perversiones televisivas (IORTV. Madrid, 1997). Investigación “La presencia de la cultura en los telediarios de la televisión pública de ámbito nacional durante el año 2006” (revista Sistema, enero 2008).

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