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España: el sudoku postelectoral I

Claves para entender las negociaciones

Félix Muriel Rodríguez

Félix Muriel Rodríguez
Félix Muriel Rodríguez

Han corrido ríos de tinta desde el 20-D hasta la fecha. La razón no es otra que la sorpresa por el resultado electoral que, aunque previsible sobre la base de las predicciones hechas por las encuestas, la realidad de los números ha sido más elocuente.

Estas han sido unas elecciones en las que por primera vez no hemos escuchado de los líderes políticos declaraciones triunfalistas apuntándose la victoria con independencia de sus propios resultados, sencillamente porque todos han salido perdedores: el bipartidismo porque, pese a ser los dos partidos más votados, ninguno de los dos tiene fácil gobernar; los emergentes porque pese a sus loables resultados, no han colmado sus expectativas ni de acabar definitivamente con el bipartidismo ni, por supuesto, de formar gobierno.

Si ha sido una campaña apasionante, más promete serlo la fase de conformación de mayorías y el propio gobierno resultante, si es posible que llegue a formarse. Estamos ante un verdadero sudoku cuya resolución no está escrita y todo es posible y nada descartable, incluso la repetición de las elecciones.

No merece la pena que analicemos a estas alturas los resultados (que, por otra parte, han sido concienzudamente examinados desde los más diversos y autorizados comentaristas). Ahora lo importante es arrojar luz sobre el camino pedregoso sobre el que se moverán los pasos en pos de los pactos y acuerdos de gobernabilidad.

En el análisis de las posibilidades de llegar a pactos o acuerdos de gobernabilidad hay que conjugar varios elementos o variables que sin duda van a estar sino explícitos sí tácitamente en la mesa y en la tramoya de las negociaciones. Sin duda, estas serán, entre otras, las claves de las conversaciones:

1.- Los resultados

Nnaturalmente, porque ante la aritmética electoral o parlamentaria con frecuencia rinden sus armas las utopías en las sociedades democráticas. Algunos comentaristas han hablado estos días de “aritmética diabólica”; otros han recordado el término alemán “zugzwang”, que se utiliza en el ajedrez cuando se produce una posición de bloqueo, para definir la situación en la que ha quedado el panorama político español tras las elecciones del 20-D; algunos han hablado de “hung parliament”, propia del parlamentarismo británico, por su plasticidad para describir el estado del Congreso después de los comicios. Y hasta algún que otro protagonista de distinto signo, a la vista de los resultados, ha hablado sin ambages de que “no salen los números”, apuntando con ello hacía una posible repetición de las elecciones.

Los resultados, que, en un sistema parlamentario como el nuestro, no son necesariamente solo el número de votos, sino también el de escaños. Son los escaños los que conforman las mayorías no solo para formar gobierno sino para actuar en la vida parlamentaria o para reformar la constitución, por ejemplo. Por eso son interesadas, son formas de presión en el juego político, las proclamas pidiendo que “se deje” gobernar a la lista más votada, circunstancia ésta que ni está prevista en la Constitución ni en la ley electoral.

En nuestro sistema, frente a los modelos presidencialistas de elección directa, el presidente del gobierno tiene una doble legitimidad: la que le dan los ciudadanos a través de los votos (si ha concurrido a los comicios, cosa que no es necesariamente obligatoria, o, en ese supuesto, los obtenidos por el partido que lo proponga) y la que le otorga el Congreso, siendo ésta la determinante e imprescindible para la investidura. Hasta ahora, por mor del bipartidismo funcional quien obtenía más votos normalmente los veía reflejados en un mayor número de escaños y en cierto modo podía tener sentido la expresión de que gobernaba la lista más votada, de ahí las declaraciones falaces del presidente en funciones afirmando que “nunca se ha dado en España que no gobierne el partido más votado”; ahora, con un parlamento más fragmentado, es el momento de no confundir interesadamente y ser más escrupulosos en la interpretación del sistema constitucional.

Los resultados, que no son solamente los números sino también los votantes, ¿qué han querido votar los ciudadanos? De ahí la pregunta que se hacen siempre los políticos y los analistas ¿cómo interpretar el voto emitido? ¿han querido tal o cual pacto o alianza?, preguntas de las que traen causa dos fenómenos interesantes: las partidarias interpretaciones de algún político que haciendo gala de sus dotes como zahorí interpreta el significado profundo del sentido de la votación popular para arrimar descaradamente el ascua a su sardina y las reacciones de aquellos que tímidamente esconden la autocrítica en las consabidas expresiones de “sabré interpretar los resultados”, “he entendido el mensaje”, que casi siempre no ha pasado de la mera formulación retórica.

2.- La gobernabilidad del Estado

En principio, las elecciones se celebran para hacer posible la gobernabilidad, es decir, la formación de un gobierno capaz de satisfacer el interés general, el interés del Estado, de la comunidad. Variable esta que con frecuencia se ve preterida desde visiones partidarias o simplemente individualistas. Por eso no es de extrañar que desde determinadas instancias y medios de comunicación y opinión se haya venido hablando, desde la celebración de las elecciones, no solo de la importancia de la gobernabilidad sino de la necesidad de que ésta no se convierta en rehén de las luchas internas de los partidos, de todos los partidos.

Pero la gobernabilidad no es un constructo neutro, que consista, para utilizar un término marinero, en la navegabilidad o flotabilidad abstracta de la barca del Estado, sino que, radicalmente entendida, la gobernabilidad vendría a ser la conducción de esa barca hacia un puerto u objetivo determinado, acordado por todos. Y ese es el principio en el que deben ponerse de acuerdo las fuerzas políticas, no en la mera flotabilidad del buque. De modo que hacer gobernable el país significaría, en última instancia, encaminarlo hacia la resolución de todos los problemas que nuestra sociedad tiene pendientes de solución, o de aquellos problemas priorizados que la mayoría de los ciudadanos estemos de acuerdo no solo en resolver de cualquier manera sino de la forma en que haya más consenso entre todos.

La gobernabilidad, por tanto, no puede concebirse ni exigirse como una especie de moderno vellocino de oro en pos de cuya consecución deban deponerse todos los demás valores y principios. Hay, por una parte, que comprender que cada partido tiene una determinada visión y priorización de los problemas del país, porque de lo contrario no estaríamos hablando de “partidos” sino de “enteros”, de partido único; no habría diversidad. Y, por otra, suponer que quienes han votado a los distintos partidos es porque están de acuerdo con la priorización y el modo de resolver los problemas que esos partidos han ofrecido al electorado y quieren que sea ese el modo de tratar y resolver la problemática de país. No sería posible, pues, que en aras de una supuesta gobernabilidad neutra se alcanzaran acuerdos que hicieran irreconocible las diferentes posiciones partidarias y convirtieran poco menos que en inútil la manifestación democrática del voto.

De modo que las fuerzas políticas están obligadas a alcanzar acuerdos que hagan posible la formación de un gobierno capaz de representar justamente las opciones políticas en liza en las elecciones y, a partir de ellas, resolver los problemas sociales con el consenso suficiente para garantizar la aquiescencia mayoritaria de los ciudadanos. Esa y no otra es la forma en la que debería entenderse la gobernabilidad.

3.- La estabilidad política

Se trata de otro de los mantras que se han puesto en circulación después de las elecciones del 20-D, aupado por las declaraciones interesadas de determinados líderes políticos y de opinión tanto españoles como europeos (en este sentido se pronunció el propio Juncker). No han faltado tampoco declaraciones de la patronal a favor, manifestando que los empresarios necesitan “seguridad jurídica, estabilidad y certidumbre” e instando a los partidos a que se pongan de acuerdo con celeridad en la formación de un gobierno estable.

La estabilidad política ni puede ser considerada en sí misma un valor absoluto ni es susceptible de enfocarse de manera unívoca, aparte de la necesidad, al menos teórica, de delimitarla de figuras afines con las que frecuentemente tiende a confundirse, como el uniformismo, la inamovilidad, la rigidez, cuando no con el rodillo parlamentario puro y duro.

La estabilidad, por otra parte, no es garantía de conformación de un gobierno que lleve a cabo las reformas que la sociedad exige y mucho menos con eficacia en la gestión. En España tenemos sobrados ejemplos de ello: cuarenta años de estabilidad durante la dictadura no pueden ser invocados como prueba de bondad; y sin remontarnos tan atrás, la última legislatura no ha servido para atajar la grave crisis social ni el problema territorial, a pesar de la estabilidad de su holgada mayoría absoluta.

4.- Las presiones internacionales

Van a jugar un papel importante en el proceso de conformación del gobierno, si ello es posible. Ya hemos podido comprobar los primeros atisbos de esa presión en los comentarios y análisis de los observadores europeos y en sus silencios; en el comportamiento de las agencias de calificación (Fitch se ha apresurado a asegurar que una incertidumbre política prologada se traducirá en una menor consolidación fiscal y un parón en el proceso de reformas); de los mercados (Goldman Sachs ha manifestado el temor de los inversores a que un largo periodo de inestabilidad en España afecte a la zona euro, mientras Wolf Street expresaba la preocupación de que “España se convierta en un país ingobernable”); de la prima de riesgo, que ha iniciado una tendencia alcista, no solo respecto a la alemana de referencia habitual sino también en relación con la italiana…

La Unión Europea recordando la necesidad de efectuar más recortes para cuadrar un presupuesto “aprobado” provisionalmente, y Jean Claude Juncker ha insistido en varias ocasiones en la idea de que España necesita un Gobierno lo más estable posible. Y la propia Alemania (el gobierno de Merkel expresó sin pudor que no sabía a quién felicitar por el resultado electoral de España)… Europa no quiere más sobresaltos (como el ocasionado por el ascenso de la extrema derecha en Francia en la primera vuelta de las regionales) ni la repetición de otra Syriza española, en medio de la crisis de la Brexit y hará probablemente lo indecible para ahormar la situación antes de que el proceso griego se repita.

5.- Las presiones mediáticas

Estas elecciones, más que ninguna otra anterior han sido las elecciones más televisivas. Los líderes políticos han pisado platós imposibles y jamás imaginados para ellos ni para sus formaciones ni tan siquiera para la propia actividad política (Sálvame, Planeta Calleja, Viajando en Chester, Qué Tiempo tan Feliz, El Hormiguero, etc.…); sin contar con su permanente presencia en los debates políticos o la existencia de cadenas que o bien han hecho continuada propaganda a favor de las posiciones ideológicas y partidarias de la derecha o bien que han hecho cruzada de la lucha contra el monstruo del bipartidismo y se han convertido en lanzaderas sin disfraz ni pudor de la “nueva izquierda”.

Y no solo las televisiones. Estas elecciones han roto de alguna manera el monopolio de la información: los diferentes medios digitales y en papel han ido posicionándose y expresando sus preferencias de modo más libre. Y ello sin contar con el rol desempañado por las redes sociales durante esta campaña. La batalla ha sido más mediática que presencial, menos mitinera.

6.- La ideología

No corren buenos tiempos para la ideología. Aun así y todo, lo quieran o no los partidos políticos, la ideología sigue siendo una veta importante que lubrica las relaciones políticas y las opciones de los ciudadanos a la hora de votar; que se lo digan si no los nuevos congresistas, cuya primer “debate” ha sido sobre la colocación en el hemiciclo de sus respectivos escaños: nadie quería estar al lado de los que consideraban que no formaban parte de su familia ideológica y todos querían que la “foto” reprodujera fielmente su pertenencia a la derecha o a la izquierda. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

La verdad es que este país es algo singular: nadie quiere aparecer como de derechas y ni siquiera como conservador; los que lo son prefieren llamarse centristas, liberales o neoliberales, incluso neocons les suena mejor, o progresistas…. Todo menos de derechas. Es de buen gusto presentarse trufado de cierto aroma izquierdista y progresista (que ha empezado por la utilización de un atuendo desenfadado y sin corbata, como si la banalización de las formas fuera el marchamo suficiente para considerarse “in” en la estela de ese perfumado izquierdismo).

En contraposición, la nueva izquierda parece ser más pudorosa en la autodefinición. Hemos asistido al surgimiento de un nuevo partido, engendrado en las filas del comunismo, el anticapitalismo y el bolivarismo, que desde un principio negó su carácter de izquierda radical para presentarse en la dinámica vectorial casta/elites, los de arriba/los de abajo, alardeando de no ser “ni de izquierdas ni de derechas”; bien es verdad que ha ido girando sucesivamente hacia posiciones que ellos mismos han calificado de “socialdemócratas”, a partir del momento en que su estrategia se dirigió abiertamente a la captura del voto tradicionalmente socialista y a la afanosa y denodada tarea de engullir al PSOE a toda costa; en ese afán ha terminado incluso olvidándose de la casta, palabra que constituye una rara avis en el discurso podemita de última hora.

No es extraño pues que los analistas y estudiosos del sistema electoral español hayan ensayado una dimensión geográfica no solo para explicar los resultados sino para reagrupar las posibles combinaciones o coaliciones postelectorales, hablando de partido del sur (el PSOE), partidos del centro (el PP) y partidos del norte (Podemos y los partidos regionalistas). No sé si se trata de algo intelectualmente consistente o simplemente son variaciones de color sobre un mismo tema: el todavía vivo binomio izquierda/derecha.

Eso sin contar el envite que los soberanistas e independentistas catalanes han propinado a la clásica distinción izquierda/derecha con la concreción, en la convocatoria del 27-S, de la coalición electoral “Junts pel Si” y sus pactos con los anticapitalistas de la CUP, una amalgama en la que se funden los representantes de la burguesía más rancia con los núcleos campesinos de tradición catalanista, los desfavorecidos y críticos con el sistema, los que proclaman su vocación más europeísta con los que proponen la desconexión del euro, de Europa y del sistema de mercado… No solamente han borrado la distinción izquierda/derecha sino hasta las diferencias sociales, políticas y económicas.

7.- Los intereses partidarios

Los posicionamientos de los partidos en función de sus estrategias y de su tacticismo. Ambas muy ligadas a sus problemas internos, aunque se presenten trufados de consideraciones ideológicas o basados en determinadas trayectorias históricas.

Así estamos asistiendo al lamentable espectáculo que está dando el PSOE que ha logrado arruinar sus posibles expectativas (bien que pocas, es verdad, si las tenía) de formar gobierno para convertirse en el centro de todas las dianas, sin que se hable apenas del otro perdedor, del principal perdedor que es el PP… ¡cosas veredes de la democracia española!…

O el monumento al tacticismo de la “nueva política” de Podemos (del que ya había hecho gala con ocasión de las elecciones andaluzas) con su condición “línea roja” del referéndum para Cataluña (en boca de Iglesias, que se nos ha presentado como un “experto” de ciencia política, es cuando menos un sarcasmo pedir autodeterminación y, más, confundir -¿interesadamente?- el referéndum de Andalucía del 28-F de 1980, de iniciativa del proceso autonómico, con algo que se le parezca) porque su socios regionales se lo exigen, olvidándose de la razón de ser de su fulgurante carrera que no es otra que su denuncia de los “males” del sistema, su supuesto compromiso con la lucha por los derechos sociales de los desfavorecidos y contra los recortes del estado de bienestar.

Aunque se ha apresurado luego a rectificar con otra finta de “vieja” política, intentando paliar el efecto negativo que ha producido que un partido surgido al calor de la crisis social colocara en primer lugar una reivindicación de corte nacionalista, con la proposición de una “Ley 25, de emergencia social” a presentar el mismo día 13 de enero en que se deberán de constituir formalmente las Cortes –otra prueba de tacticismo oportunista, cuando sabe que ni es el momento ni pudiera tener sentido a la vista de las complejidades del parto de gobierno si, finalmente, no se formaliza y nos vemos avocados a la repetición de los comicios.

8.- Las ambiciones de los líderes políticos y de sus entornos

Los políticos deber ser ambiciosos, qué duda cabe –como en cualquier otra actividad de la vida, tanto de la esfera privada como pública, la ambición es legítima; no comparto la opinión que al respecto manifestó Aldous Huxley en “El fin y los medios” -, pero el ADN de un político no puede ser cien por cien ambición; el que un líder tenga su ADN ocupado por la ambición comporta riesgo para los propios partidos y las sociedades. Los líderes deben tener mucho más que la nuda ambición para serlo plenamente.

Las organizaciones y los colectivos tienen ambición y a veces la concentran en objetivos desenfocados; los partidos políticos también: el electoralismo y la necesidad absoluta y las prisas por gobernar suelen desviar a las formaciones políticas de sus objetivos transformadores y de progreso.

Para nadie es un secreto que Pedro Sánchez viene demostrando que la ambición es una de sus principales características: ahí está su titánica lucha por acceder a la secretaría general del PSOE partiendo de la peor posición y su manifestada ambición por llegar a la Moncloa, inspirado sin duda en el modelo de José Luis Rodríguez Zapatero, quien de la nada llegó a secretario general y de aquí accedió a la presidencia del gobierno en la primera confrontación electoral que tuvo; pero olvida que a Zapatero le fue más fácil, entre otras cosas, porque no tuvo que suceder a Zapatero.

Y no hablemos de la ambición desmedida de Pablo Iglesias Turrión (PIT), que no solo aspira a llegar a la Moncloa para gobernar o administrar el común. No, lo que pretende es revolucionar el sistema, cambiar el sistema: clausurar el régimen surgido de la transición del 78, abrir un período constituyente que alumbre una nueva constitución, arreglar de una vez por todas el problema territorial de España aunque ello comporte admitir el derecho de autodeterminación que ponga en riesgo la unidad misma del país, replantear nuestra adhesión a la Unión Europea, al euro, a la OTAN… ; esa ambición que, transida de ansiedad y odio, es con la que pretende convertirse en la única izquierda tras acabar deglutiendo a IU y al PSOE.

9.- Cataluña

La evolución de la situación de Cataluña ha estado muy presente en la campaña electoral y puede también influir en las posibles coaliciones o alianzas para la conformación del futuro gobierno español. Hubiera podido hacerlo, de no alcanzarse acuerdo para la investidura, en un sentido, pero el pacto in extremis del día 9 de enero quizás termine condicionándolo en otro diferente y hasta opuesto.

En cualquier caso, puede que estemos ante una piedra de toque decisiva para la solución del sudoku postelectoral. ¿Mantendrán los partidos las primeras y apresuradas líneas rojas? ¿Es absolutamente innegociable la celebración del referéndum para Podemos (hace unos días Mónica Oltra expresaba un cierto relativismo al respecto, y en ese mismo sentido iba la petición de Ada Colau al PSOE de una propuesta alternativa al referéndum)? ¿Persistirá el PSOE en la línea roja de no pactar con quienes propongan el referéndum o estén por la secesión catalana? ¿Modificarán ambas formaciones sus vetos a un gobierno del PP o solo en el caso de ser presidido por Rajoy y no si lo es por otro miembro del partido?

10.- El consenso

La Transición desde la Dictadura a la democracia alimentó en España el mito del consenso en política, pero el paso del tiempo lo ha ido convirtiendo en un concepto rígido y esclerotizado vaciado de sus elementos más definitorios. Hasta el punto de que los “nuevos” políticos han pedido que se cierre con siete llaves, como la tumba del Cid, el régimen del 78. Y menos extremista, pero igualmente, demoledora del consenso son las declaraciones del presidente Rajoy hablando de que no hay consenso para cambiar la Constitución.

El consenso no es un apriorismo, es el final de un proceso de conversación, de diálogo, de entendimiento. No se puede sentar uno a negociar suponiendo que el consenso viene dado; eso es adhesión. Para llegar a consensos hay que negociarlos previamente: así y no de otra forma se hizo en la Transición.

La legislatura que ahora empieza tiene visos de no ser una legislatura cualquiera: la superación de la crisis, la situación de desigualdad que ha cristalizado en el país, la crisis de las instituciones, el órdago secesionista…, todo confluye en la necesidad de tomar grandes decisiones. Y éstas no serán efectivas ni reales si no son adoptados desde diagnósticos y soluciones acordadas, consensuadas. La reforma de la Constitución, por ejemplo, que algunos partidos propugnan, no podrá llevarse a cabo desde ninguna de las combinaciones posibles que facilite la aritmética parlamentaria, será preciso también contar con más fuerzas políticas. Y lo mismo si se pretenden llevar a cabo pactos de Estado en materia educativa, sanitaria o cualquiera otra… Imposible sin acuerdos, sin pactos, sin consensos. Es la exigencia que han impuesto los resultados electorales; el multipartidismo se sustenta en la voluntad de pacto.

Y no valen las escusas de que no hay tradición, no hay cultura de pactos: como decía Machado, se hace camino al andar. O nos quedamos quietos, paralizados, haciendo honor al dontancredismo político, por otra parte tan español. Nada hay escrito en las estrellas; nada nos vendrá dado desde el cielo. Tendremos que aprender a prisa y sin pausa. Como ha manifestado algún analista cualificado, “esperemos que los líderes actuales tengan la inteligencia y, por qué no decirlo, el patriotismo democrático que se tuvo en el 78, salvando todas las distancias con aquel momento”.

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