En el estanque dorado: preguntas para seguir viviendo

En el estanque dorado, se titula la obra, y el público es mayoritariamente adulto, «ya hecho» y con pocas cosas que enmendar ante el examen de conciencia que plantea su representación. Como dice Lola Herrera (Etelvina en la función) a su anciano compañero de fatigas, «ya han muerto nuestros padres, nuestros hermanos y algunos de nuestros mejores amigos». Para colmo, estos dos venerables no tienen nietos. Entonces, a qué seguir.

Cartel Estanque Adrian A4Dudo mucho que salgamos de allí después de ver la función mejor de lo que entramos: menos cicateros y ansiosos de imponer nuestro criterio, de exigir cuentas y revisar permanentemente un pasado de agravios en familia, sobre todo en familia, ese espacio donde no perdonamos «ni ésta» porque parece ser que la lucha en ese ámbito tan reducido es territorial y, como en el mesozoico de los grandes reptiles, nuestro cerebro sin control sigue anclado en esa lucha sorda por el territorio.

Sin embargo, «En el estanque dorado» es una isla de esperanza frente al peligro de extinción de la naturaleza, de la familia, de la pareja, de la vida. La edad, el miedo, el amor, la soledad y la risa son sus temas, y hay que ver lo que se ríe la gente con las salidas de Héctor Alterio (Norman hijo en la función), un viejo catedrático emérito que ha medio perdido la memoria y no sabe decir una frase que no sea alusiva a su muerte que él percibe como muy próxima. Pues se ríen. Nos reímos. Y su mujer Etelvina, que es la que lleva la carga, la lleva con alegría porque lo ama.

Pero qué pasa cuando aparece la hija de ambos, hija única por más señas, alta y guapa que además dirige una empresa y que llega con su prometido y el hijo de éste a animar el cotarro. Pues que de repente el estanque dorado es un funeral de lo más fúnebre y menos mal que se va pronto. La hija, en efecto, le echa la culpa al padre de todos sus fracasos, de sus sufrimientos de la infancia cuando él la llamaba «gordita» y le exigía que se esforzara con el deporte para superarse, un malnacido (dicho con muchas peores palabras) con el que todavía hoy en día «no se puede hablar» (dictamina generalizando ella). Y menos mal que «la niña» es alta porque, si fuera bajita, también le echaría la culpa de no haber crecido más.

Por suerte está Etel que hace de intermediaria entre padre e hija y, por más suerte, está el hijo del prometido de la niña (bendita tercera generación) cuya presencia desenfadada parece poner un bálsamo en las escaras que les salen a los viejos al chocar con la generación intermedia de los hijos y sus cónyuges. El abuelo logra con ese nieto postizo una comunicación imposible con su hija (seguramente porque sus irónicas palabras no caen en terreno abonado con los peores prejuicios) y el nieto se parte de risa. Naturalmente, para conseguir estos cambios y transformaciones, hacen falta dos grandes actuaciones muy bien complementadas por las otras tres.

Eché en falta un banquete familiar, qué menos ya que se trataba de celebrar el 80 cumpleaños de Norman Hijo. Pero el llamarlo Hijo ya debería ser indicativo de que alguna vez tuvo padre, que él es un segundón al que también un día hicieron sufrir, ¿o no? La hija lo llama Norman a secas, con lo cual no puede ver nada de todo esto, al mismo tiempo que es significativo el que no pueda llamarle Papá. Ni siquiera en su 80 cumpleaños.

Me faltó un banquete y, como invitado extra, el cartero, que debe de ser el personaje de la temporada porque ya llevo tres: «El cartero de las noches blancas«, el que aparece en «Cut Bank» y este de «El estanque dorado», que no aparece en escena si bien es importante y así se habla de él al principio de todo. Ni banquete ni comida se ven, a pesar de que todo parece estar preparado (gran mesa, sopera, cesto de fresas para el pastel). La sopera, luego veremos, alberga las pastillas del corazón de Norman Hijo. En fin, que no comen. Nadie mueve un canino.

El lleno no se logró del todo en este primer día de su vuelta a los escenarios, si bien se veía un público muy devoto y entregado que parecía conocer muy bien las réplicas. Es posible que no fuera su primera vez, teniendo en cuenta, además, que «El estanque dorado» es un clásico del cine. El acento argentino resonaba haciéndose lenguas, ya en la calle, del maravilloso trabajo actoral.

En palabras de su directora Magüi Mira, En el estanque dorado es «una reflexión sobre lo difícil que es conseguir relaciones positivas. Pero a cualquier edad, en cualquier momento, el goce es posible a pesar del implacable acoso del tiempo.»

  • Autor: Ernest Thompson. Duración: 1 hora y 45 minutos
    Versión: Emilio Hernández
    Dirección: Magüi Mira
    Reparto: Lola Herrera, Héctor Alterio, Luz Valdenebro, Camilo Rodríguez, Adrián Lamana
    Escenografía: Gabriel Carrascal
    Iluminación: José Manuel Guerra
    Vestuario: Rodrigo Claro y Cuca Ansaldo
    Espacio sonoro: David San José
    Coproducción: Teatre Romea y Pentación Espectáculos
    Teatro Bellas Artes (Madrid)
    Fechas: desde el 18 de agosto

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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