Exposición: “100 años leyendo La Metamorfosis” en Centro Sefarad-Israel

El Centro Sefarad-Israel, en su afán por tender puentes entre España y la cultura judía, ha montado, en colaboración con el Centro Checo, una muestra sobre Kafka y su obra que ha traído a su sede del Palacio de Cañete (Calle Mayor, Madrid) diferentes volúmenes de las obras de este autor único, Franz Kafka, algunos de ellos primeras ediciones, junto a piezas estrechamente ligadas a su vida y su obra.

Libro de la exposición "Cien años leyendo La Metamorfosis"
Libro de la exposición “Cien años leyendo La Metamorfosis”

La iniciativa se enmarca en el centenario de la primera edición de La Metamorfosis, obra capital en la literatura mundial del siglo XX y acaso la más célebre del autor judeo-checo. Fue precisamente en octubre de 1915 cuando el texto apareció publicado en alemán – idioma en el que escribía Kafka- en las páginas de la revista Die weissen blätter (‘Las hojas blancas’) editada en Leipzig.

De esta manera, el Centro Checo y Centro Sefarad-Israel colaboran en esta muestra compuesta de libros con dedicatorias manuscritas por el propio Kafka, primeras ediciones checas y alemanas de sus obras, ilustraciones de distintas épocas, y una serie de paneles explicativos tanto del autor y su atormentada biografía como de la ciudad de Praga, tan ligada a todas las literaturas.

La colección, inédita en España, pertenece al galerista y escritor checo Jan Placák, presente en la sesión inaugural de la muestra, el 28 de octubre de 2015, quien curiosamente explicó que Kafka, muy preocupado por la recepción presente y futura de su obra, había dejado manuscrito en una cuartilla que las ilustraciones de La metamorfosis jamás deberían ser un escarabajo ni tampoco cualquier otro insecto. Es decir, ningún insecto pero mucho menos un escarabajo, ya que todos estos bichos le eran odiosos referidos a su obra e iban -según él- totalmente contra el espíritu de la misma.

Pero hubo editores que desconocieron o ignoraron por completo la nota del autor y enseguida empezaron a proliferar los insectos y, por encima de todos, el escarabajo, tal como lo conocemos en las ediciones en español. Así decimos “El escarabajo de Kafka” para referirnos a La metamorfosis, de manera que hasta su título se ha metamorfoseado ya.

A Kafka le preocupaba muchísimo la crítica sobre su obra y sufría enormemente con la maledicencia y las calumnias, semejante en este punto a nuestro malogrado Mariano José de Larra. Y hay cierta semejanza en el atormentado vivir de ambos y en su extrañamiento respecto a lo que les rodeaba.

Es igualmente curioso cómo en español se ha incorporado al Diccionario de la RAE el adjetivo “kafkiano”, como legado único (sic, con risas de todos) del Este de Europa, en su sentido de “absurdo” y “angustioso” porque escapa a nuestra comprensión, y he ahí un ejemplo de ello: “el escarabajo de Kafka”.

Por el contrario, las ediciones en checo que se exhiben en vitrinas como ejemplares únicos, enseñan seres monstruosos y retorcidos, viscosos y con cuernos de caracol.

El acto de inauguración incluyó como prólogo un espectáculo de danza inspirado en La Metamorfosis de unos 30’ de duración a cargo del actor y bailarín checo Jan Malik, dirigido por Jan Komárek. La bombilla del techo, que iluminaba apenas la escenografía simple compuesta por una mesa y multitud de fragmentos de periódicos, estaba recubierta por unas alas colgantes de mariposa marrón. Una de esas mariposas que todos asociamos al polvo que se posa molesto sobre el suelo y los muebles. El bailarín, casi desnudo, elaboró mágicamente, verosímilmente ante nuestros ojos, lo que es la conversión de un hombre en otra cosa: un ser retorcido y atormentado, bello que no sabe que lo es, y que a su vez atormenta el espacio y los objetos a su alcance hasta destruirlos. La música seguía -a la vez que conformaba- los estados de ánimo más cambiantes, que van, como el alma de Kafka enamorado, del amor más sublime a la destrucción de lo amado, y por ello a Beethoven sucedía un ruido de élitros, de hojas secas y de papel periodístico que se rompe. Franz Kafka odiaba a los periódicos. Bellísimo el conjunto y muy logrado.

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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