Guatemala: liderazgo monotemático

Ileana Alamilla[1]

La política se basa, fundamentalmente, en percepciones, las cuales son construidas, principalmente, de manera mediática. Y hay momentos en los cuales la población desbordada puede crear las condiciones para que, junto a otros factores internos y externos, se produzcan cambios importantes. Eso pasó en Guatemala en el 2015.

Jimmy Morales, presidente de Guatemala. Foto: elperiodico

El resultado todos lo conocemos. Hay aspectos positivos y otros no. El empoderamiento ciudadano, o la idea de que se tiene, son muy buenos, ya que fortalece la democracia en su dimensión participativa. Pero me atrevo a decir que toda esta crisis política produjo un resultado monotemático: ubicar la corrupción como la catalizadora de todas las inconformidades sociales y la casi panacea para resolver la compleja y dramática situación nacional.

En el marco de este análisis, el resultado de la crisis del 2015 tiene nombre, se llama Jimmy Morales, con un liderazgo que se agota en el ramplón eslogan de “ni corrupto, ni ladrón”. Surge por espontaneidad, sin ser consecuencia de una estrategia articulada y consciente. De allí su frescura y legitimidad, que se concretó en más de dos millones de votos recibidos. Fue funcional a los intereses externos que propugnaban por un saneamiento del Estado que lo hiciera internacionalmente confiable para sus vecinos, principalmente el poderoso del norte. También sirvió para que la crisis se superara por vías institucionales, utilizando el puente anodino del gobierno de transición encabezado por Alejandro Maldonado.

Pero el talón de Aquiles de esta crisis y su respectiva superación es su contenido monotemático: combatir al diablo de la corrupción estatal. Este resplandor infernal encandila de tal manera las conciencias que no se ve más allá de esa luminosidad.

Esta debilidad vulnera la necesaria estabilidad política que el país requiere y hace precario el liderazgo de Jimmy Morales, ya que no habiendo más contenido que la satisfacción de la promesa profética de la gestión honrada, cualquier desliz en esta materia desmorona al líder, ya que no existe proyecto más allá de esta quimera de supuesta honestidad.

Por eso, hay muchas noticias en las páginas de los periódicos, en las imágenes de la televisión y en los reportes de las radios que no impactan, ante la “indignación ciudadana” por el posible comprometimiento de familiares del presidente en actos de corrupción. Prensa Libre, en su edición del 16 de septiembre de 2016, informaba de que “En las últimas dos décadas murieron mil 389 personas que residían en áreas de alto riesgo”. Luego relata cómo una madre debe mantener permanentemente vigilados a sus hijos, ya que viven, desde hace ocho años, en una ladera del asentamiento Las Torres, en la zona 7 de la capital. Resignada, esa madre dice: “La pobreza nos dejó aquí”.

Tampoco hay indignación ciudadana ante la tragedia que múltiples familias padecen producto de la violencia social generada por las maras. Solo el jueves, dos jóvenes pilotos de sendos buses urbanos fueron acribillados por pandilleros. Si mucho se reacciona diciendo que debería eliminarse a todos esos mareros, que por cierto son cientos solo en la ciudad capital. Sin entender que esa grotesca deshumanización que los caracteriza es producto de la sociedad y del Estado que hemos construido en nuestro país.

Y qué no decir de la pobreza del 80 % de quienes habitan en el área rural o de casi la mitad de los niños y niñas que allí sufren de desnutrición crónica.

Pero cuando el pensamiento político y la acción social es monotemática y los liderazgos son de igual calado, ese es el resultado.

Jimmy Morales debe entender que no basta con orar, gritar y llorar, menos con dormirse por agotamiento. Debería entender la necesidad de superar su precariedad monotemática y decidirse a liderar la construcción de un proyecto político con integralidad. Y ya casi no tiene tiempo.
Guatemala, 17 de septiembre de 2016.

  1. Ileana Alamilla, periodista guatemalteca, fallecida en enero de 2018.

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