Jemeres rojos: crónica de una locura programada

Durante cuatro años, de 1975 a 1979, la locura se instaló en Camboya. Tras la independencia en 1953, después de un precario periodo de paz bajo el reinado del príncipe Norodom Sihanuk, un golpe apoyado por los Estados Unidos llevó al poder en 1970 al General Lon Nol, quien impuso en el país una férrea dictadura militar.

Xulio Formoso: Pol-Pot
Xulio Formoso: Pol-Pot

El PCK (Partido Comunista de Kampuchea), que venía luchando contra el régimen de Sihanuk, consiguió el apoyo de la mayor parte de la población para derrocar a Lon Nol, prometiendo respetar la figura del príncipe y la institución monárquica. En 1975 los Jemeres Rojos, como se conocía a los miembros del PCK, tomaron el poder, y al año siguiente Khien Samphan sustituía al príncipe Sihanuk como Jefe de Estado y nombraba a Pol Pot como primer ministro de un nuevo país al que denominaron Kampuchea Democrática.

La vida de Sihanuk se respetó por estar respaldado el monarca por la China de Mao. A continuación, tomando como modelo el comunismo más ortodoxo (su ejemplo era la Albania de Enver Hoxha), instauraron un régimen que pretendía romper con todo el pasado y no dar tregua a cualquier atisbo de capitalismo.

Las medidas tomadas por el nuevo gobierno de Camboya para conseguirlo constituyen una colección de las más pervertidas infamias de la Historia. Más de un millón y medio de personas pagaron con sus vidas los delirios de un grupo de iluminados cuyos sueños paranoicos pretendían instalar un utópico reino de la nada.

portada-pol-tot-prometeoBen Kiernan, profesor de la Universidad de Yale, llevó a cabo la más amplia investigación sobre los sucesos de esos años. Está recogida en un libro cuya lectura pone los pelos de punta: “El régimen de Pol Pot. Raza, poder y genocidio bajo el régimen de los Jemeres Rojos” (Prometeo).

Vaciar las ciudades

Una de las primeras medidas tomadas por el régimen de Pol Pot fue la evacuación de las ciudades. Con la excusa de salvar a sus habitantes de los esperados bombardeos de aviones americanos se inició el vaciado de todas las grandes urbes y el traslado de sus habitantes a los medios rurales. La realidad era que el nuevo régimen quería abolir las ciudades, a las que consideraba como la más clara expresión del capitalismo.

Para los Jemeres Rojos la ciudad promovía el concepto de propiedad privada, que se quería abolir totalmente hasta el punto de que nadie pudiera tener absolutamente nada que fuera únicamente suyo.

El vaciamiento de las ciudades fue también parte de una estrategia para unificar el territorio sobre bases de homogeneidad racial y convertir a Camboya en una potencia agrícola. Además facilitaba el control sobre los ciudadanos y dificultaba la comunicación entre individuos.

Como consecuencia de la evacuación de las ciudades las carreteras se llenaron de enormes multitudes, cientos de miles de personas que se movían en masa, que llevaban sus cosas cargadas a las espaldas, en carros de mano o en bicicletas. Se veía a enfermos evacuados de los hospitales que eran llevados en carromatos o caminaban portando su plasma y su suero: los Jemeres Rojos ejecutaban a los que no podían caminar.

En las estaciones, las multitudes, sin comida y durmiendo al aire libre bajo la lluvia, esperaban decenas de días a que llegasen los trenes que habían de llevarles a sus nuevos destinos. A las estaciones término llegaban trenes con miles de personas, delgadas y enfermas, algunas ya muertas, y los comedores comunitarios instalados en los destinos eran insuficientes para acoger las ingentes cantidades de trasladados. Más de 200 familias acudían a cada uno de estos comedores, que apenas podían proporcionar una lata de arroz (250 gramos) a cada persona.

La evacuación de las ciudades fue el principio de un desastre nunca reconocido. Mientras, en la ya desierta Pnom Pehn y en las demás ciudades, se vaciaron las bibliotecas y se quemaron libros, revistas y periódicos. Quedaba abolido el pasado. Comenzaba la Historia. Pol Pot declaró 1975 como Año Cero.

Historia de un genocidio

Chinos, tailandeses y etnias minoritarias fueron las víctimas principales de los genocidios iniciados por los Jemeres Rojos. Los miembros de la comunidad china, residente en su mayoría en ciudades, fueron trasladados al campo y forzados a trabajar en las cosechas de arroz. Las enfermedades, el hambre y los enfrentamientos con el ejército provocaron miles de muertos en esta comunidad. A los chinos se les acusaba de ser capitalistas y se les prohibió usar su idioma y sus costumbres culturales y étnicas.

La comunidad vietnamita sufrió una de las persecuciones genocidas más implacables por parte de los Jemeres Rojos. A los camboyanos se les ordenaba incluso matar a sus propias esposas de raza vietnamita. Las matanzas en masa, algunas de extrema crueldad, se producían con frecuencia en las aldeas pobladas por miembros de esta etnia, sin distinguir entre niños, mujeres y ancianos. Miles fueron ejecutados por las causas más absurdas, entre ellas la de practicar la caza o la pesca, por considerarlas actividades capitalistas que procuraban propiedades privadas. O por delitos considerados morales, como “el uso de antiguas palabras felices”: “Nos llamaban capitalistas si tan sólo nos reíamos por casualidad”, declaró un superviviente. Cientos fueron convocados para ser repatriados al país vecino, pero fueron ejecutados en el mismo lugar en el que se habían reunido.

Los Jemeres Rojos cometieron genocidios contra otras minorías raciales como las de los tailandeses, los Jemeres Krom y otras tribus, pero el más espantoso fue el desencadenado contra la comunidad musulmana de los cham. La persecución de los cham tiene ciertas similitudes con la que los nazis llevaron a cabo contra los judíos. Comenzó con medidas formales, como obligarles a comer carne de cerdo bajo pena de ejecución, forzar a las mujeres a cortarse el pelo en contra de su costumbre, cerrar las mezquitas y quemar en púbico los ejemplares del Corán, o prohibir la utilización del idioma cham. Pero la consigna del régimen era exterminar a esta comunidad, considerada como el peor “enemigo interno”, y cualquier excusa era buena para arrasar aldeas enteras, trasladar a cientos de cham en barcos para arrojarlos al agua, enterrarlos en pozos o llevar a cabo masacres contra miles de seguidores.

Al cesto de basura de la historia

Para crear un nuevo país desde el adanismo más radical, era necesario terminar con todo lo que había sido hasta entonces Camboya. Así, una de las medidas tomadas por las autoridades Jemeres fue la de cerrar indefinidamente todas las escuelas, donde se había impartido una enseñanza que se consideraba contaminada por el capitalismo. También se suprimieron los mercados y se prohibió el dinero, germen de todos los males de la economía (si había mercado y dinero había propiedad privada, y por tanto, capitalismo). A las personas a las que se encontraba con dinero se las mataba.

Para conseguir la nueva utopía había que destruir también el concepto tradicional de la familia, separando a sus miembros y dividiendo las aldeas. El sentido de unidad familiar era muy fuerte en Camboya, y la gente estaba muy descontenta por haber sido evacuada de sus casas y tener que comer en comedores masivos e impersonales, sin contacto con sus hijos y familiares. Fue uno de los grandes errores del régimen, que provocó funestas consecuencias. Otro mayor, si cabe, porque chocaba contra las creencias religiosas de los camboyanos, fue la decisión de erradicar la religión, lo que llevó consigo apartar del sacerdocio a todos los monjes budistas, a quienes pusieron a trabajar en las cosechas de arroz. Desaparecieron entre un 90 y un 95 por ciento de ellos.

Pese a considerarse como un régimen nacido para abolir las clases sociales, los Jemeres Rojos no hicieron sino crear nuevas categorías de ciudadanos: gente base o gente vieja (aquella que era más fiable y que gozaba de derechos plenos), ciudadanos de alto nivel (dirigentes y gestores), cuadros, campesinos modelo, gente nueva, depositados, candidatos, gente patriota, deportados, gente de nacionalidad fraternal, enemigos históricos… cada uno de ellos con diferente estatus y distintos privilegios.

Todos estos errores iban acumulándose ante la impasibilidad de las autoridades y el triunfalismo del Gobierno jemer que, ante cada nueva medida enunciaba uno de sus eslóganes preferidos: “La Organización ha superado a Lenin y ahora está sobrepasando a Mao”.

La revolución devora a sus hijos

Las autoridades atribuyeron la degeneración del régimen de Pol Pot y su desintegración a los enemigos internos, entre los que había acusados de sihanukistas, comunistas provietnamitas, partidarios de Lon Nol, agentes de la CIA y el KGB o disidentes de cualquiera de los principios de la nueva Kampuchea, a quienes había que exterminar para continuar el camino hacia la utopía. El objetivo era “purificar nuestras fuerzas armadas, nuestro Partido y las masas del pueblo”. A los cuadros, la organización iba llamándolos uno a uno. Se los llevaban “a estudiar” o a centros de reeducación, pero de ellos nunca más volvía a saberse. A veces los documentos que contenían las denuncias eran falsos o estaban firmados por desconocidos.

Xulio Formoso: Khmer Rojo
Xulio Formoso: Khmer Rojo

 

Las purgas alcanzaron a gran parte de dirigentes políticos y mandos militares, que terminaron siendo ejecutados por miles. También se mataba a sus esposas y a sus hijos, a veces incluso a sus padres, para evitar la venganza. Las cárceles no tenían ya espacio para albergar a las víctimas de las purgas, y para aliviar las condiciones de los presos se organizaban ejecuciones masivas indiscriminadas. El más alto dirigente afectado por las purgas fue el viceprimer ministro Vorn Vet, a quien el propio Pol Pot, antes de ordenar su ejecución, quiso golpear personalmente: lo hizo con tanta saña que se rompió una pierna.

Los motines y las deserciones fueron entonces frecuentes entre la población y el ejército. También los suicidios de dirigentes, conscientes de la situación del país. Para purgar a la población se llevaron a cabo asesinatos en masa con métodos de verdadero espanto: más de seis mil personas fueron reunidas en tres grandes barcos que los Jemeres Rojos volaron en medio del río. Otras tres mil personas de las siete mil que habían llegado en un tren a la estación de Pursat fueron ejecutadas allí mismo. Aldeas enteras fueron exterminadas sin contemplaciones.

Una de las causas de la caída del régimen fue la hambruna que se apoderó de la práctica totalidad de la población de Camboya. El país había pasado de ser uno de los grandes exportadores de arroz a tener que importar grandes cantidades. La falta de alimentos llevó a mucha gente a comer plantas que resultaron venenosas. La escasa alimentación y el exceso de trabajo produjeron una elevadísima mortandad en los campos de cultivo. En 1976 ya se registraban muertes masivas por inanición pero en 1978 la hambruna se había extendido a gran escala. Se calcula que entre el 20 y el 30 por ciento de la población murió de inanición entre 1977 y 1978.

El acontecimiento que iba terminar con el régimen de los Jemeres Rojos fue la guerra contra Vietnam. Presa de una ambición desmesurada, y también para fomentar el apoyo popular al régimen ante una amenaza externa, Pol Pot declaró la guerra a sus vecinos con la excusa de reivindicar los altos del rio Mekong. Ante la desastrosa marcha de la guerra, altos oficiales iniciaron una campaña de aproximación a Vietnam y animaron levantamientos campesinos contra Pol Pot. La rebelión se extendió rápidamente a pesar de la fuerte represión desatada por los Jemeres Rojos.

En diciembre Hanoi lanzó una invasión masiva contra Camboya en la que colaboraron los cientos de miles de refugiados en Vietnam, Tailandia y Laos, mientras la aviación bombardeaba algunos puntos estratégicos. Duró 17 días. Pol Pot huyó con sus asesores en helicóptero y se refugió en el bosque, donde permaneció escondido hasta su muerte en 1998, mientras las fuerzas de Kampuchea Democrática en retirada incendiaban y destruían todo lo que encontraban a su paso, llevando a cabo acciones tan sanguinarias como las que habían realizado desde su llegada al poder. Fueron los últimos estertores de la más espantosa revolución genocida de los totalitarismos.

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Profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural Asignaturas: Información Cultural, Comunicación e Información Audiovisual y Fotografía informativa. Autor de "Qué es la fotografía" (Lunwerg), Periodismo Cultural (Síntesis. Madrid 2006), Cultura y TV. Una relación de conflicto (Gedisa. Barcelona, 2003) La mirada en el cristal. La información en TV (Fragua. Madrid, 2003) Perversiones televisivas (IORTV. Madrid, 1997). Investigación “La presencia de la cultura en los telediarios de la televisión pública de ámbito nacional durante el año 2006” (revista Sistema, enero 2008).

2 Comentarios

  1. Hitler, Stalin, Amin, Karadzic, Pol Pot, monstros sanguinarios da historia. Difícil entender tan grande loucura. Como sempre, debuxos marabillosos do Xulio que mostran o horror da circunstancia e moi boa a crónica do profesor Pastoriza.

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