La literatura de autoayuda

Roberto Cataldi

Hoy por hoy la Literatura de Autoayuda (LdA) se ha impuesto en el mercado editorial y ha dado lugar a una industria cultural o del conocimiento floreciente.

Debo confesar que cuando visito las librerías (mi preferida es El Ateneo Grand Splendid, considerada la más bonita del mundo, pues, fue creada en las instalaciones de un antiguo teatro), visita que hago todas las semanas, a veces en dos o tres oportunidades para comparar los textos simultáneamente con otras librerías, y en las mesas de la entrada, encuentro nuevos LdA escritos por jóvenes psicólogos, CEO, influencers y coaches (el coach es un entrenador que practica el coaching, que pretende sacar lo mejor de cada uno).

A propósito, hace unos días me hicieron una entrevista radial, y en la previa, una de las entrevistadoras me comentó que estaba muy preocupada por los coaches que asisten a su programa y hablan con soltura de temas como la «depresión», una patología que es propia de la esfera médica, sin ser médicos…

Cuando tomo un LdA, de entrada leo la contratapa, el prólogo, veo el temario, y descubro una «matriz narrativa» con comentarios de casos, y, cada capítulo con un encabezado que funciona a manera de «regla infalible». Me viene a la mente una frase que solía utilizar mi maestro de narrativa, el escritor italiano Attilio Dabini en su taller de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores): El cuento maquinita.

Estos LdA prometen con su lectura cambiar nuestra vida de raíz, de un día para otro, incluso prometen conquistar «la felicidad»… Alguien en las redes dijo que si alguien necesita leer estos libros, que no pierda el tiempo y vaya a la consulta de un psicólogo.

Quise seguir adelante con mi investigación del encantamiento que producen estos libros, ya que yo no puedo sustraerme de ojearlos, y vi el video de una joven influencer que recomendaba los diez mejores LdA, y los había leído en un año. Luego de explicar sobre el primero, mi intención fue la de huir despavorido, lo confieso, pero recordé mi nota anterior (Necesidad de diálogo intergeneracional), y para ser coherente me propuse llegar al final. La joven procuraba explicar, según ella, en qué consistía lo importante de cada libro, sin embargo, lo hacía con un vocabulario tan pobre y sin ningún dote oratorio, y decía tantas cosas obvias, solo disculpables por su simpatía, que entonces pensé que ahí residía el secreto de ser influencer.

Cuando llegué al último libro, pues, los había ordenado según sus preferencias, dijo que mucho no le gustaba, que era más bien para vendedores o gente de empresas: «Cómo ganar amigos e influir sobre las personas» (un clásico en la materia, de Dale Carnegie publicado en 1936); lo leí cuando promediaba los quince años y, coincido con ella en su apreciación, ya que las reglas que da Carnegie no son para ganar amigos, porque la amistad es algo muy diferente.

En fin, decidí tomar un par de días para analizar la situación y no caer en una crítica demoledora, como las que suelo hacer cuando se trata de los políticos y la corrupción.

Y recordé que cuando aún no sabía leer, mi madre me leía: «Corazón» de Edmundo De Amicis (y con el cuento Naufragio comenzó mi educación sentimental, por cierto con lágrimas). Enrique Botttini, un niño de tercer grado, escribe un diario íntimo con estilo simple pero muy emotivo, describe sus experiencias con compañeros de distintas clases sociales y, habla del profesor que intercala cuentos, los «cuentos mensuales», para exaltar en la Italia finisecular del Siglo diecinueve (marcada por una profunda crisis de valores), la bondad, el sacrificio, la solidaridad, el honor, la unión nacional de Italia; en resumen, una obra que fue inteligentemente delineada para enseñar valores humanos y cívicos mediante las experiencias cotidianas de un niño. Sin duda, un clásico de la literatura infantil.

Luego, cuando aprendí a leer, opté por dos colecciones mejicanas: Vidas Ejemplares y Vidas Ilustres (maravillosas), que venían en forma de historieta (mis primos preferían leer Patoruzú y Rico Tipo), y recuerdo que la primera historieta que leí narraba la vida de Sócrates, quedé impresionado. A los trece años mi padre me dio a leer, El Hombre Mediocre de José Ingenieros (terminamos comentándolo varias veces), después toda su biblioteca del Siglo de Oro Español (le apasionaba), y de ahí en más sigo leyendo todo lo que llega a mis manos, incluso aquello con lo que estoy en desacuerdo (pienso que debería hacerlo todo intelectual).

Entiendo que era otra época, pero yo no era un caso único, tenía compañeros muy lectores, y lo que me impactó fue cuando la joven dijo que de cada libro había sacado algo que le ayudaba a mejorar su personalidad, y eso me hizo reflexionar. En efecto, traté de hacer una comparación generacional con ella (algo totalmente anacrónico), pues, pertenecemos a generaciones muy diferentes, ya que ella podría ser mi hija, o más bien mi nieta.

En efecto, para mí todo lo que había mencionado eran «obviedades», y claro, era la consecuencia de haber leído siendo muy joven a los clásicos, y los clásicos son intemporales… Pero si yo le dijese a esa joven que leyese Meditaciones, de Marco Aurelio, probablemente me respondería: qué le puede enseñar alguien que escribió un diario íntimo para practicar el estoicismo en el Siglo segundo después de Cristo… Pues bien, el pensamiento de este emperador romano sigue vigente.

El meollo de la cuestión está en que los jóvenes de hoy no pueden leer a los clásicos en una soledad autoimpuesta como lo hacía mi generación, hablo en términos generales para no ser injusto, y mucho menos en tiempos de IA y virtualidad a diestra y siniestra, porque necesitan tener al lado a un mentor que les explique paso a paso qué quiso decir Marco Aurelio.

Sin embargo, es necesario que ellos solos descubran que aquello que se sostenía en el Siglo segundo de nuestra era, resulta fundamental para comprender lo que sucede en nuestros días, pero insisto, lo tienen que descubrir ellos, de lo contrario lo tomarían como una imposición, como un acto de autoritarismo, como un avasallamiento a su autonomía o dignidad.

Y no olvidemos que los jóvenes son rebeldes por naturaleza. Lo sé muy bien, no en vano provengo de una generación cuyo lema era: «Prohibido prohibir».


Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)

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