La otra cara de las energías «verdes» (2): la religión de los profetas del litio

Las diversas estrategias de lucha contra el cambio climático generan dudas. Sobre todo al enfrentarnos a proclamas interesadas que esconden objetivos espurios bajo barnices verdes. Un problema creciente : la furia extractivista de las multinacionales de la minería a cielo abierto en su búsqueda incesante de metales y tierras raras. Quieren parecer más ecologistas que nadie. «Esos profetas de la transición energética descartan de un manotazo los interrogantes sobre las llamadas tecnologías verdes», afirman los autores del largometraje documental La face cachée des énergies vertes (La cara oculta de las energías verdes), realizado por Jean-Louis Pérez y Guillaume Pitron. Ese impactante reportaje -trabajado durante años- fue emitido recientemente por la prestigiosa cadena franco-alemana Arte.

Pérez y Pitron parten de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la COP-21. Se celebró en París en 2015 y alumbró propuestas de energías limpias y renovables, proyectos basados en la descarbonización de los transportes. El resultado, que pareció impecable hace cinco años, empieza a perder su rostro humano. Se perciben más detalles poco convincentes.

Durante la COP-21, y con el pretexto de reducir el efecto invernadero, muchas empresas y gobiernos prometieron ir reduciendo el uso de combustibles fósiles (petróleo y carbón, sobre todo). Para ello, dijeron que promoverían los vehículos eléctricos, al mismo tiempo que las instalaciones eólicas, termosolares o fotovoltaicas. Apenas mencionaron que esas tecnologías necesitan disponer de millones de toneladas de metales, como el litio y el cobre, también otros metales normales y tierras raras.

Las tierras raras (cerio, neodimio, europio, etcétera, hasta diecisiete elementos) se llaman así no tanto por su escasez, sino porque es difícil encontrarlas en estado puro. Su producción exige tajantes procesos de extracción a cielo abierto seguidos de depuraciones para separar los metales deseados de las rocas en las que se integran. Es necesario utilizar ácidos y grandes cantidades de agua.

Ahí surgen dudas razonables sobre la fiebre actual. Y no sólo provienen de «fanáticos» ecologistas. «La electromovilidad se ha convertido en una religión», previene en el documental de Arte, Nicolas Meilhan, consejero del gobierno francés en asuntos referidos a la transición energética.

La voracidad minera actual en busca de litio, por ejemplo, se percibe en la inconsciencia de proyectos que avalan dirigentes políticos poco interesados en detalles menores. Pero no salvaremos el planeta si nos limitamos a ir de la mano de la industria automovilística mundial, ni únicamente buscando el grial del coche eléctrico. Éste precisa baterías fabricadas con litio y metales normales como el cobre, en grandes cantidades. Por desgracia, los procesos de extracción son muy dañinos y su impacto ambiental, con frecuencia, poco o nada sostenible. El reciclaje de las tierras raras es aún más raro. Pero quizá sólo porque es todavía más barato extraer los metales raros que reciclarlos.

La mayor mina a cielo abierto del mundo está en Chuquicamata, Chile, país que exporta el 13 por ciento del cobre mundial. El gran agujero que llaman el ogro de Chuquicamata tiene cuatro kilómetros de diámetro y más de un kilómetro de profundidad. Al profundizar, el metal explotado empieza a escasear, por lo que hay que seguir excavando. La explotación de Chuquicamata consume dos mil litros (2000) de agua por segundo.

Aspecto parcial de la mina de Chuquicamata (Chile), conocida como «el ogro».

En el reportaje de Arte, Damir Galaz, de la Universidad Católica de Chile, señala: «Una buena parte de los humedales y de las capas freáticas subterráneas están siendo literalmente absorbidos por la industria minera». Chuquicamata utiliza mucha más agua de la que podría generarse de modo natural. ¿Hasta cuando habrá recursos hídricos suficientes en aquella zona? Pocos se interesan en responder a ese dilema con conocimiento de causa.

Por otro lado, las partículas del ogro son arrastradas por el viento hasta lugares lejanos, como el puerto de Antofagasta situado a unos 250 kilómetros, donde se cargan los buques que llevan la producción del cobre chileno a otros continentes. Los vientos arrastran toneladas de partículas contaminantes a cientos de kilómetros de la mina. Esas partículas están multiplicando los cánceres, sobre todo de pulmón, en Antofagasta.

El presidente del Colegio de Médicos de la región, Aliro Bolados, advierte de que el cáncer de pulmón está transmitiéndose ya de padres a hijos. Pronto –según sus estudios- habrá «una generación transmisora del cáncer que se habrá convertido en genético».

Es un mundo invisible ante los demás, dicen varios expertos en el documental. Los industriales del automóvil eléctrico olvidan (?) voluntariamente el origen de los materiales que utilizan, los enormes problemas que generan sus desechos. También el origen preciso de la electricidad que alimenta los nuevos transportes. Sigue siendo electricidad producida por carbón o hidrocarburos en muchos lugares del planeta. «No quiero debatir con usted de dónde proviene la electricidad en China», le responde cínicamente Jonathan Goodman, Director General de la empresa Polestar, subsidiaria fabricante de vehículos eléctricos de Volvo, a los autores del documental de la cadena Arte.

Imagen del programa La fache cachée des énérgies vertes, emitido en la cadena franco-alemana ARTE.

En ese universo, es preciso sacrificar a algunos territorios para que en otros se puedan hacer discursos sobre emisiones limpias y objetivos de carbono cero. En La fache cachée des métaux rares denuncian que dos informes de instituciones científicas asesoras del gobierno francés -que advertían contra la precipitación de determinados proyectos de transición energética- no fueron publicados a tiempo. Uno de los dos sigue inédito. En ambos casos, ese silenciamiento tuvo que ver con presiones de grandes productores de vehículos eléctricos. Citan específicamente a Renault como empresa autora de las mayores presiones. «De manera imparcial, habíamos obtenido conclusiones que la clase política no estaba dispuesta a asumir», dice Michel Dubromel, único miembro de la comisión del informe ADEME (Agence de l’environnement et de la maîtrise de l’Énérgie, de Francia) que se atreve a romper la omertá de los autores de ese estudio silenciado en 2012 por Renault… y por el gobierno francés de entonces.

La destrucción masiva de comarcas -antes fértiles- en lugares de producción de litio en China; los lagos y torrentes de aguas tóxicas arrojadas a la superficie de diversas zonas de Mongolia; el desconocido abandono de grandes restos de instalaciones éolicas en Alemania; y el espectro de la fábrica (abandonada) de paneles solares de Marignac (Francia), aparecen en un hilo argumental que resulta desolador. No siempre hay respuestas de las autoridades ante los nuevos paisajes fantasmales, ante los cementerios de paneles solares descartados o rotos, de basureros improvisados y absurdos que contienen restos de rotores y aspas gigantescas de molinos de producción de electricidad eólica.

Se estima que Bolivia alberga entre el 50 y el 60 por ciento de las reservas mundiales de litio.

No hay un gran proceso paralelo de reciclado. ¿Qué hacemos con millones de toneladas de baterías eléctricas abandonadas en el medio natural? A los responsables, les preocupa lo mismo que los procesos de desertización en Bolivia, donde se explotan inmensas -más de la mitad- de las reservas de litio de la Tierra.

Cuando se cierran algunas de esas minas o de las instalaciones de refinado de los metales y tierras raras, se hunden áreas extensas. «En Francia, en Marignac, cuando cerró la fábrica de componentes solares [por la competencia de China], cerraron las fundiciones de los alrededores, terminó la industria de las aleaciones de aluminio. Cerraron otras instalaciones en la zona de los Pirineos franceses, que fabricaban ese aluminio. Se inauguró un desierto social y cultural en toda la región», dice en el documental Gerard Barbé, jubilado forzoso de la empresa electrometalúrgica Pechiney-Marignac.

Noruega brilla con tecnologías verdes en todo el país, al mismo tiempo que sigue siendo el séptimo productor mundial de petróleo. La industria automovilística mundial genera unos niveles de negocio equivalentes al PIB de Francia, de modo que su relato reverdecido resulta aplastante, casi hasta convincente. Al lado, un discurso político insustancial, hipócrita. ¿Tiene que ser así la era posterior al petróleo y a la dependencia de los combustibles fósiles?

En ese contexto, el Secretario General Adjunto de la Asociación China para la Producción de Tierras Raras, Chen Zhanheng, admite en el reportaje que « los industriales no dudan en mentir ». Por eso, quizá es la hora de seguir analizando qué sucede -de verdad- ante profetas de esa nueva religión en la que van de la mano multinacionales globalizadas y políticos locales asustados, impresionados, empequeñecidos. Los discursos de ambos son mucho menos limpios de lo que aparentan. No es verde –ni social- todo lo que se presenta así.


Ver, La face cachée des énérgies vertes (Arte) :

https://www.arte.tv/fr/videos/084757-000-A/la-face-cachee-des-energies-vertes/

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Periodista. 1976, colaborador del diario "Hoy" (Extremadura, España). Trabajó en el Departamento Extranjero del Banco Hispano Americano (1972-1980). Hasta 1984, colaboró en varias publicaciones de información general. En Televisión Española (1984-2008), siete años como corresponsal de TVE en Francia. Cubrió la actualidad en diversos países europeos, así como de varios conflictos internacionales (Argelia, Albania, Kosovo, India e Irlanda del Norte, sobre todo). En la Federación Internacional de Periodistas ha sido miembro del Presidium del Congreso de la FIP/IFJ (Moscú, 2007); Secretario General Adjunto (Bruselas, 2008-2010); consejero del Comité Director de la Federación Europea de Periodistas FEP/EFJ (2013-2016); y consejero del Comité Ejecutivo de la FIP/IFJ (2010-2013 y 2016-2022). Es corresponsal del diario francófono belga "La Libre Belgique".

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