Nueva York: el Met Breuer y Vigée le Brun

Las grúas de la construcción cubren el alto Manhattan y estallan en la ribera del rio Hudson. El magnate Trump continua contruyendo torres en New York, la ciudad que no duerme y que siempre renace de sus cenizas, como un Ave Fenix que vuela hacia el futuro. Es la ciudad del cambio, donde todo se re-inventa y la vida se crea a cada instante.

Adriana Bianco en el Met Breuer de Nueva York
Adriana Bianco en el Met Breuer de Nueva York

El Museo Metropolitan no escapa de esa energía y de ese reciclaje dinámico: inaugura, en el antiguo edificio del Museo Whitney, el Met Breuer, dedicado al arte contemporáneo. El director del Met, Thomas P. Campbell expresa muy bien el concepto: “Abrir el Met Breuer representa un ícono y un importante capítulo cultural de la ciudad de New York”.
No se trata de un simple edificio sino el edificio construido por uno de los grandes arquitectos, Marcel Breuer, del modernismo del siglo XX, que alojo al Museo Whitney de Arte Americano, durante varios años.

Breuer (1902-1981) comenzó en la Bauhaus de Alemania y tuvo como mentor a Walter Gropius. Vivió en Londres donde creó una serie de diseños y en 1937 viaja a Estados Unidos para unirse a la Universidad de Harvard. En 1941 se radica en New York donde abre su propio estudio, realizando importantes trabajos entre los que se cuentan: el Memorial de Franklin D. Roosevelt, la Biblioteca Central de Georgia y el edificio del Museo Whitney, comenzado en 1963 e inaugurado en 1966, como santuario del arte Americano, en la esquina de la Avenida Madison y la calle 75, en el corazón de Manhattan.

Los que lo conocimos como Whitney, lo reconociamos en el paisaje urbano como una arquitectura colosal de planos y saliencias de concreto y vitrales. Un emblema escultórico del arte moderno.

Actualmente, el bello edificio alberga un anexo del Museo Metropolitano, con el mismo boleto se accede a él y su enfoque se dirige al arte contemporáneo en diálogo con la historia, con exposiciones monográficas y temáticas, sin descuidar las exposiciones colectivas y las instalaciones. Un programa amplio y diverso, que completa el sentido enciclopedista y humanístico del Museo Metropolitano.

Recuerdo cuando su antiguo director el Dr. Montebello me dijo: “El Museo Metropolitani fue concebido como una enciclopedia cultural y artística y ese espíritu debe continuar, por eso, alberga varios museos bajo su techo.”

En el siglo XXI, el Met se ha reciclado e incorporado esta nueva visión dentro de un edificio que ya conocíamos, creado como museo y que ahora se ha rebautizado con el nombre de Met Breuer.

En esta apertura nos ofrece un interesante exposición que plantea el aspecto del arte desde la reflexión, concepto que prevalecerá en las futuras programaciones.

Gustav Klimt
Gustav Klimt

“Unfinished: Thoughts left visible”, es el título de esta exhibición que agrupa 190 obras de la colección del Metropolitano desde el Renacimiento hasta nuestros días. Y examina la cuestión de cuándo una obra de arte esta realmente acabada. Desde los maestros renacentistas hasta hoy, es una pregunta que ha preocupado al artista, y que en algunos casos lo ha llevado a dejar intencionalmente la obra sin terminar, en otras ese diálogo entre el pintor y la obra se interrumpe por el mismo proceso de creación y otras sin razón aparente.

Cézanne era famoso por las grandes pausas en sus obras, hasta encontrar la pincelada justa, no retomaba el trabajo. Las escultora Louise Bourgeois, a quien conocí en New York, años atrás y con quien platiqué de sus trabajos, me comentaba como la obsesionaba no encontrar el cierre de una obra. El proceso de la creación es complejo y no siempre se encuentran las soluciones para los problemas plásticos, o no se quieren aceptar las recetas establecidas.

Esta muestra nos evidencia esa sentido creativo y la reacción frente a la obra, la permanente dialéctica que se establece entre el artista y su trabajo y el momento en que se produce el definitivo desprendimiento, o no, de lo creado.

A veces hay una intencionalidad estética de dejar el proceso abierto, casi como un desafio con el espectador. Obra abierta, obra inacabada, obra inconclusa o obra en proceso creativo, no importa como la llamemos, obra que no esta terminada y que deja interrogantes al artista y al lector.

Rembrandt solía embarcarse en esos riesgos, a veces en exceso, pero también Jackson Pollock, muchos siglos después, deja la pincelada en suspenso, como lo observamos en esta muestra. Los trazos se detiene o se atropellan de manera que la tela queda en pausa, detenida. O el autorretrato de Picasso pintado según los maestros clásicos y que está inconcluso. Sin duda, es una exposición que nos lleva a la reflexión y a otra vuelta de tuerca en los circuitos misteriosos del arte.

Vigée Le Brun:
mujer artista en la Francia Revolucionaria

Vigée Le Brun
Vigée Le Brun

Siglo XVIII inicios del XIX, comienzos del despertar femenino. Elizabeth Louise Vigée Le Brun fue una precursora en ese despertar. Su padre la había iniciado en las lides del arte pero fue su resolución y talento lo que la llevaron a instalarse en el parnaso artístico de Europa.

En pleno reinado de Luis XV, fue otra mujer, la reina Maria Antonieta quien la hace famosa al contratarla para que realice sus retratos. Cuando estalla la Revolución Francesa y su protectora es prisionera, Le Brun ya se encuentra en otros países, recibiendo los favores de nobles en Italia, Rusia, Alemania e Inglaterra. Regresa a Francia cuando hay otra “monarquía”: Napoleón, que también le solicita retratos y asi, Le Brun, continua su labor artística hasta su muerte en 1842.

Serían épocas revolucionarias pero Le Brun las sorteó con elegancia y jamás se aventuró a ser revolucionaria en sus telas, sin embargo…No fue ya suficiente “revolución” que una mujer pintara y llegara a ser Miembro de la Academia Real de Pintura y Escultura?

Adelaide Labille-Guiard, Anne Vallager-Coster fueron también otras mujeres que en aquellos tiempos se aventuraron por el difícil camino del arte. En España, La Roldana, las precedió, igualmente Isabel de Santiago pero sin tanto éxito, en cambio, la suiza Anne Kaufmann (1741-1807) alcanzó prestigio y reconocimiento, pero fue, sin duda, Le Brun quien mas se destacó y quien realizó una considerable obra en toda Europa.

El retrato es un género tan antiguo como el hombre y su deseo de perpetuarse y vanagloriarse. Eso, lo sabía nuestra artista que recomendaba en su libro de memorias, congraciarse con el retratado y buscar su ángulo mejor. En los retratos de Le Brun hay cierta intencionalidad glorificadora pero su método académico y el seguimiento a las reglas la contiene de cualquier exceso. Son los detalles lo que sorprenden, la sensualidad con que trabaja las telas y los encajes, la percepción sensible para descubrir los fondos, deleitarse en los pliegues, invitarnos a la tersura de los tapizados y terciopelos.

“Tengo deseos de tocar esos vestidos, de acariciar esas manos”- me confiesa la señora que mira el cuadro junto a mi. Nos reimos de la ocurrencia pero hay mucha verdad en “ese deseo”. Le Brun es una artista táctil, provoca a la tactilidad, insita al ojo a deleitarse con los detalles y los elementos decorativos del cuadro.

Las carnuras no tienen secretos para esta académica pintora, pero, si se puede convencer con otro detalle, Le Brun, esta pronta a ofrecerlo: una flor, un anillo, una mirada o un sombrero. Hay algo tierno en la manera de aproximarse a su sujeto pictórico, es su “mirada de mujer”, su “yo femenino” que se explaya en los bellos retratos de Maria Antonieta y de las nobles rusas.

Reunir 80 obras en las salas del Museo Metropolitano, entre ellas, los retratos de Maria Antonieta y la reina con sus hijos, es un regalo visual y un amplio testimonio de una época donde bajo la aparente armonía se gestaba la “Revolución Francesa”, una época donde la mujer comenzaba a liberarse de ataduras sociales y educativas. En ese largo camino de liberalización, sin duda, Le Brun ha marcado la ruta.

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