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Pasternak, Rilke, Tsvetáieva, a tres voces

Cartas del verano de 1926: Pasternak, Rilke, Tsvetáieva, sintonía a tres voces que hablan de literatura y vida

Cartas-del-verano-de-1926“Dispersos en bibliotecas, grises de polvo, Ni leídos, ni buscados, ni abiertos, ni vendidos, Mis poemas se degustarán como los vinos más raros Cuando sean viejos”. (Marina Tsvetáieva, 1913)

Agobiada por una situación que rayaba en la miseria, la escritora rusa Marina Tsvetáieva acudió el 26 de agosto de 1941 al Comité de Escritores de Ielabuga, localidad de la república autónoma de Tataria, en la cuenca del Volga, donde llevaba un tiempo residiendo, para pedir que le dieran un empleo como lavaplatos en la cantina de la asociación. Todavía no había recibido respuesta cuando, el 31 de agosto, a los 49 años, se colgó del techo de la despensa de la casa, donde vivía con su hijo, Mur, en régimen de semi-deportación.

A su marido, Sergei Efron, oficial del ejército blanco, le habían fusilado por espía; tenía una hija en la cárcel y la otra había muerto literalmente de hambre cuando era casi un bebé. El chico, al que su marido se negó a reconocer, fue producto de una relación adúltera. Había dejado una hilera interminable de amantes de ambos sexos, casi siempre más jóvenes que ella, – entre otros el ensayista y poeta judío ruso Ossip Mandelstam, uno de los creadores de acmeísmo o “nostalgia de la cultura universal” que rechaza el simbolismo ruso, la poetisa Sophia Parnok, la actriz Sophie Holliday, el poeta Maximilien Volochine, quien fue su mentor, el dibujante Constantin Rodzevitch, padre del niño Mur (“como el gato Murr del cuento de Hoffmann”), muerto en 1987 en París en una residencia para emigrantes rusos- desperdigados por media Europa, cuando no desaparecidos en las sucesivas guerras y por los meandros de la historia.

Años antes, en el verano de 1926, Marina, rusa blanca y judía, mantuvo durante varios meses una correspondencia a tres bandas con el escritor ruso Boris Pasternak, al que le unía una amistad con tintes eróticos nacida en Moscú, y el poeta y filósofo alemán Rainer Maria Rilke: “La comunicación con Suiza esta cerrada para nuestro país. Y en Francia vivía Tsvietaieva, una gran amiga con quien mantenía correspondencia y que también conocía y amaba a Rilke. Quise hacerle un regalo: presentarla a Rilke, que se conocieran…” (Parternak a Z.RF. Ruoff, mayo de 1956, cuando ya hacía mucho tiempo que Marina y Rilke no existían).

Mezcla de pasión amorosa y fuga poética, durante los meses cálidos de aquel año, tres de los mayores poetas de su tiempo intercambian un correo apasionado. Pasternak se encuentra inmovilizado en Moscú por la revolución (es el Doctor Zivago), Tsvetáieva está en Francia en calidad de refugiada, repudiada por otros intelectuales rusos; y una leucemia consume en Suiza a Rainer Maria Rilke. Boris y Marina se conocen muy bien; Rilke no ha visto nunca a la escritora y apenas conoce a Pasternak. Este último es quien presenta a los otros dos y, siempre por carta, inicia un triángulo literario nacido de la admiración recíproca. El aislamiento, la ausencia de contacto favorecen la exaltación, la idealización… y exacerban la susceptibilidad, los celos, los remordimientos e incluso la ruptura. “Una carta es una especie de comunicación del más allá, menos perfecta que el sueño aunque obedece a las mismas leyes. Ni una ni otro se hacen por encargo: no soñamos ni escribimos cuando queremos sino cuando la carta quiere ser escrita y el sueño soñado” (de Marina a Boris Parternak, 19 novembre 1922)

“La vida ha sido hermosa, muy hermosa, pero también hay que morir un día. He amado a la vida y a ti”.  El 30 de mayo de 1960, dos años después de publicarse “Doctor Zivago”, Boris Pasternak, minado por un cáncer, se despide de su mujer Olga. Considerado “agente del occidente capitalista, anticomunista y antipatriota”, en 1958 se ve obligado a rechazar la concesión del Premio Nobel de Literatura para evitar que su familia y amigos sean víctimas de las represalias que las autoridades soviéticas no han escatimado con él (la obra no se editaría en la URSS hasta 1985, cuando empezaron a soplar los vientos favorables de la perestroika).

Hijo del pintor Leonid Pasternak y la pianista Rosalie Kauffman, tuvo una infancia y juventud cosmopolitas, estudió filosofía en Alemania y de regreso a Moscú se integró en el grupo local de los futuristas, publicando una primera obra poética, “Un gemelo en las nubes”, con escaso éxito. Entre 1917 y 1922 estuvo circulando clandestinamente, en forma de manuscrito “Mi hermana la vida”, libro considerado el punto de partida de todo su trabajo posterior. Los años de la Gran Guerra los pasó dando clases y trabajando en una fábrica de productos químicos en los Urales, lo que le proporcionó el material para escribir muchos años más tarde la saga de Zivago. El primer choque con las autoridades soviéticas llegó en 1930 cuando, acusado de subjetivismo, de tener un estilo “poético y no socialista”, se salvo por los pelos de que le enviaran al gulag. En 1947 inició la relación amorosa con Olga Ivinskaia, quién después quedaría retratada en la Lara de Zivago. “Te has enterrado en mi como el tesoro del Rin. Si hubiera muerto sin conocer esto contigo mi suerte no se habría cumplido, yo no me habría cumplido porque tu eres la última esperanza de toda yo, la que es y no sabría estar sin ti” (Tsvetaieva a Pasternak, fin de año 1929).

Cuando en 1926 Pasternak puso a Marina en relación con Rilke, el escritor en lengua alemana nacido en Praga pasaba los últimos meses de su vida entre la torre aislada en Veyras que le había regalado un admirador y la clínica Valmont, en Suiza, donde murió de leucemia el 30 de diciembre de aquel mismo año. Su padre, ferroviario, le había preparado un futuro militar pero el azar se encargó de que le declararan físicamente inepto para el servicio, lo que en principio le llevó a trabajar como periodista y, con el tiempo, a convertirse en uno de los grandes poetas europeos de la primera mitad del siglo XX.

Enamorado de la escritora y psicoanalista de origen ruso Lou Andreas-Salomé, mucho mayor que él (quien había formado parte del trío –platónico- más famoso de finales del XIX, con los filósofos Friedrich Nietzsch y Paul Ree), con el tiempo transformó aquel amor de juventud en una amistad que conservó hasta el final. Casado con la escultora Clara Westhoff, antigua alumna de Rodin, de la que se separa al cabo de un año, en 1910 conoce a la princesa Marie von Thurn und Taxis, que se convierte en su mecenas: para ella escribe una obra maestra, las Elegías del Duino (territorio entonces austriaco donde se encontraba el castillo de la princesa). Tras ser movilizado y reintegrado de nuevo a la vida civil, entre 1914 y 1916 mantiene una turbulenta relación con la pintora de origen judío Lou Albert-Lasard, integrante de la comunidad de artistas de Montparnasse y amiga de Matisse, Giacometti y Delaunay, quien después pasaría algunos meses de 1940 internada junto a su padre en el campo de concentración de Gurs.

A partir de 1919 Rilke se instala en Suiza, se reencuentra con Baladine Klossovska, a quien había conocido años atrás en París, ahora separada y con dos hijos, e inician una relación que dura seis años. En 1921, el industrial y mecenas Werner Reinhart compra para Rilke la torre aislada de Muzot, en Veyras, donde iba a residir hasta su muerte.

El deseo de Pasternak se hizo realidad. Los tres escritores, aislados y perdidos en la inmensidad de una Europa que entonces se comunicaba por correo postal y viajaba en tren, inventaron la amistad que iba a acompañarles hasta el momento en que el destino la interrumpió con la muerte de Rilke. Las cartas cruzadas de los tres amigos, cargadas de amor y encendidas por una pasión alimentada siempre por la distancia, convierten a este volumen en uno de los libros-testimonio más bellos del siglo pasado. Te escribo desde las dunas, en la raquítica hierba de las dunas… esta noche he leído tus Elegías de Duino… ¿Qué decir de tu libro?… El último escalón. Mi cama transformada en nube. Te amo, no puedo llamarlo de otra manera, son la primeras palabras que me vienen a la mente, las primeras y las mejores” (Tsvetaieva a Rilke, 13 de mayo 1926).

Marina, exiliada en París, pasaba por el amargo trago de ver como otros escritores, rusos y refugiados como ella, le negaban el pan y la sal porque oficialmente era la mujer de un “traidor” (años más tarde, de regreso en Moscú, confiaría todos sus escritos, incluidas estas cartas a Pasternak y Rilke, a la responsable de la Gran Bibioteca de la capital rusa, pidiéndole que no se publicaran hasta pasados cincuenta años de su muerte). A Boris, atrapado en una revolución que no era la suya, le faltaban todavía dos décadas para hacer coincidir su propia biografía con la del Doctor Zivago: su vida, su destierro, sus amores, todo él en un retrato en carne viva al que posteriormente el cine, y los bellísimos rostros de Omar Sharif y Julie Christie, añadirían una pátina de romanticismo. Rilke sufría, alternando su tiempo entre la torre y la clínica, en una guerra privada contra la leucemia que ya había puesto fecha de caducidad a su vida.

Las cartas –expresión de una sintonía a tres voces, que es literatura de la mejor- incluyen también auténticos poemas, páginas y páginas cargadas de deseo, de impulsos, de un amor que alcanza niveles indescriptibles, un amor sublime y sublimado, apenas sugerido “como los aleteos de los ángeles”, que diría Rilke. Un intercambio intelectual no siempre fácil de leer, hay que reconocerlo, pero muy estimulante para el lector. La enorme cantidad de llamadas a pie de página, que completan y contextualizan el contenido de las cartas, viene a llenar los huecos de la memoria, y algunos hechos históricos y geopolíticos ayudan a la comprensión no solo de las complejas biografías de los tres autores sino también de su no menos compleja relación.

  • Edición e introducción de Konstantín Azadovski, Evgueni Pasternak y Elena Pasternak
  • Traducción del ruso de Selma Ancira
  • Traducción del alemán de Adan Kovacsics
  • Traducción de los poemas por Selma Ancira y Francisco Segovia
  • Editorial Minúscula, colección Con vuelta de hoja, Barcelona 2012
  • ISBN: 978-84-95587-88-6
  • 440 páginas, 25€

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Sobre Mercedes Arancibia

Periodista, libertaria, atea y sentimental. Llevo más de medio siglo trabajando en prensa escrita, RNE y TVE; ahora en publicaciones digitales. He sido redactora, corresponsal, enviada especial, guionista, presentadora y hasta ahora, la única mujer que había dirigido un diario de ámbito nacional (Liberación). En lo que se está dando en llamar “los otros protagonistas de la transición” (que se materializará en un congreso en febrero de 2017), es un honor haber participado en el equipo de la revista B.I.C.I.C.L.E.T.A (Boletín informativo del colectivo internacionalista de comunicaciones libertarias y ecologistas de trabajadores anarcosindicalistas). Cenetista, Socia fundadora de la Unió de Periodistes del País Valencià, que presidí hasta 1984, y Socia Honoraria de Reporteros sin Fronteras.

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Un Comentario

  1. Hay que leer las cartas de los grandes escritores para entender su literatura y su poesía. Una excelente aportación a tres creadores que vivieron y sufrieron la revolución.

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