Reestreno en París de “Plácido”, una perla de Berlanga

“…en esta tierra ya no hay caridad, nunca la habido, ni nunca la habrá” villancico español

cartel-Placido-FranciaEl próximo 27 de mayo se  reestrena en París con copia restaurada  “Plácido” una verdadera perla en la brillante filmografía del director español Luis García Berlanga.  Como lo hicimos con “Peppermint frappé” de Carlos Saura, Periodistas en Español se une al patrocinio de esta actividad  que Tamasa Distribution hace en Francia para conservar y ofrecer una amplia difusión  de  algunos grandes clásicos del cinematógrafo.

En la obra de Berlanga, “Plácido” es sin duda una de sus obras maestras, a situar, en mi opinión, entre sus cuatro mejores películas, junto con “Bienvenido Mister Marshall”, “El verdugo” o “La escopeta nacional”.  Tres de ellas, incluida “Placido”, son el resultado de su encuentro predestinado con Rafael Azcona, el mejor guionista español de todos los tiempos. Ambos trabajaron juntos largos años y fruto de esa colaboración, y de la confluencia de sus caústicas miradas, nacieron sin  lugar a dudas las mejores películas en la fimografia del cineasta valenciano.

Berlanga y Azcona se conocieron en el semanario satírico “La Codorniz”, pero como lo contaba el propio Berlanga en diversas entrevistas su admiración y profundo interés por la actividad de Azcona se disparó a raiz de los guiones que el escritor madrileño escribió para el director italiano Marco Ferreri: “El pisito” y “El cochecito”, dos obras maestras de la comedia  española en los años cincuenta, durante la estancia de Ferreri en nuestro país, al comienzo de su carrera.

Un villancico navideño muy español  cierra con sorna este cáustico y feroz relato sobre la hipocresía y la caridad del nacional catolicismo en aquella España franquista que, en 1961, intentaba salir apenas de la miseria de la posguerra civil, de las negras décadas de los años cuarenta y cincuenta, en un país sometido por la  represión fascista.

“Madre en la puerta hay un niño y gritando está de frío. Anda dile que entre y así se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, nunca la habido, ni nunca la habrá”; El villancico navideño cubre las últimas imágenes, cuando Plácido y su familia regresan a su casa en lo bajo de un terraplén, y cuando el propietario de una cesta de navidad reaparece para recuperarla, tratándoles de ladrones, vociferando “Estos desgraciados son todos iguales…”.

Un final que al parecer gustó a los censores que no vieron, con su habitual y singular torpeza, la carga crítica de esta sátira en la que todos los personajes salen mal parados, pero sobre todo esa pudibunda sociedad cristiana que con el concurso de algunos notables, un puñado de beatas, del propietario de las ollas Cocinex y de la publicidad de la Radio basura nacional, organizan una Nochebuena respondiendo al lema de “Siente un pobre a su mesa”.

Esa campaña  tan piadosa como hipócrita organizada por el régimen franquista en los años cincuenta sirvió de inspiración al recién formado tándem Berlanga-Azcona para escribir el guión, que en un primer momento debía llevar el título de “Siente un pobre a su mesa”, propuesta que fue rechazada inmediatamente por los censores, que prefirieron titular con el nombre del protagonista: Plácido Alonso, ese pobre diablo que se gana la vida haciendo transportes con su motocarro recién comprado a plazos, del que debe pagar religiosamente las letras al final de cada mes.

Un personaje interpretado por el cómico Casto Sendra “Cassen”, que era ya en esos tiempos un caricato célebre en España, pero al que Berlanga ofreció por vez primera un papel protagónico en el cine. Protagonismo  por cierto compartido con José Luis López Vazquez, ese otro gran cómico español que interpreta el papel de Gabino Quintanilla, el hijo del dueño de la serrería, coordinador de este evento con su parafernalia de banda municipal, dudosas actrices de moral ligera, beatas burguesas, guardias civiles y toda una galeria de notables, desde el notario, al dentista, el cura, el empresario de las ollas Cocinex, y todos esos pobres extraidos de su miseria cotidiana el tiempo de una noche, que finalmente no será tan buena como se anunciaba.

El costumbrismo de este sainete muy español, se transforma en feroz sátira social de la mano del tándem Azcona-Berlanga. La cabalgata con su jolgorio y su banda municipal se cruza en un descampado con la procesión de un entierro, en esta comedia negra, que viene a ser una especie de comedia navideña de Frank Capra  pero aderezada de mala leche hispana. “Plácido, es como un sainete con cianuro”, solía decir el reputado  crítico de cine español Román Gubern.

El carácter coral de tan ácida comedia viene reforzado por la presencia de todo un casting de brillantes actores españoles de la época, entre ellos: Manuel Alexandre, Agustín González, Luis Ciges, Amparo Soler Leal, Julia Caba Alba, Elvira Quintillá, o Antonio Ferrandis.

Comedia coral con un ritmo acelerado, en donde los diálogos se lanzan a toda velocidad, en un torbellino de “incomunicación general”. Nadie escucha a nadie, mientras que el hilo conductor de esta tragicomedia esperpéntica y picaresca es la obsesión de Plácido por pagar su letra a tiempo, para que no le embarguen el motocarro y dar de comer a su familia.

Contaba Berlanga precisamente que el tema de la incomunicación en la sociedad contemporánea, que el cine de Antonioni había puesto de moda en esos años, era uno de los ejes que alimentó su reflexión en la escritura de este cómico guión. Tantos años después todavía se pregunta uno hoy como hizo Berlanga para pasar a través de las redes de la censura franquista, a diferencia de “Los jueves milagro” que en 1957 desató la furia de los censores y le valió al cineasta una larga travesia del desierto.

Su puesta en escena, muy marcada por los largos planos secuencia, se encuentra al servicio de esa acción coral, en la que se entrecruzan los mas variopintos personajes, en diálogos que resultan siempre difíciles de traducir o subtitular.  Señalaba Berlanga esa particularidad de sus comedias para explicar el porqué su cine no había conseguido, sino en contadas ocasiones, una dimensión internacional. Pero el  éxito mundial de “Plácido” desmiente en cierto modo esa hipótesis que él mismo avanzaba.

La nominación de “Placido” en los Oscar de Hollywood, como mejor película de habla no inglesa, fue para Berlanga la mayor satisfacción de su brillante y aplaudida carrera cinematográfica. Su reputación de gran maestro de la comedia española y ejemplo a seguir para  numerosos cineastas, no le impedía tener una gran modestia y lucidez, cuando aseguraba que el momento más feliz de cuantos premios y elogios recibió en su vida, fue cuando los “veteranos” de la  academia de Hollywood, entre los que se contaban los cineastas que más había venerado, como John Ford o William Wyler entre otros, asistieron a la proyección de “Plácido” y se interesaron con admiración por los detalles más concretos de la puesta en escena, tratándole de igual a igual.

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