El amor y el desamor tienen una estructura muy similar en su desarrollo. Siguen los pasos del cauce de un río que comienza con la fuerza impetuosa del nacimiento, transcurre en meandros más o menos pronunciados durante su recorrido más existencial y, cerca ya de la desembocadura, adopta una tranquila placidez durante la que sus aguas se preparan para fundirse con el océano.
He tenido esta sensación durante la lectura del poemario de Vicente Araguas No se haga daño a los cucos (Pigmalión), crónica de un doloroso desamor que se ciñe perfectamente a este andamiaje.
Organizado en tres partes (y una cuarta a modo de epígrafe con un excelente soneto donde el autor se pregunta si se puede odiar y amar al mismo tiempo), el libro recoge durante las primeras páginas toda la frustración y el dolor de una ruptura no deseada ni provocada, ni siquiera entendida, que hace aflorar sentimientos que van desde la perplejidad y la ira a la incomprensión de alguien expulsado sin explicación de su casa (la casa de los dos, con suelos que crujen y techos muy altos), abandonado a su suerte en una ciudad hostil de un país extraño por otro alguien que ha decidido cortar toda comunicación: «Destruiste nuestro mundo, el que íbamos a hacer».
Son sentimientos íntimos expresados con ímpetu en los que el poeta relata el naufragio de un amor apasionado de tres años ininterrumpidos, en los que fue feliz, destruido con sólo una frase, un triste «lo siento», pronunciada en Olomouc (República checa) un día, el 23 de julio de 2025 (la fecha se repite a lo largo del libro como la cicatriz que deja una herida abierta porque, como escribe Araguas, si el amor no mata, al menos hiere a fondo). Fue un día triste de verano, de aquel «verano de la mentira».
A lo largo del curso medio del río Vicente Araguas describe, ahora en prosa poética, la sensación de ir soltando lastre y de ir recuperando libertades a medida que el tiempo y la distancia van alejando a los amantes.
La melancolía sustituye ahora al sentimiento de un desprecio que a veces limita con el odio, y la memoria se recrea en el niño que acaba de nacer («no puedes robarme sus dos primeras horas, sujeto como lapa a mi pecho desnudo en aquel hospital»), en la imagen del cochecito en el que lo pasearon, en el recreo de los lugares que los han acompañado.
El tono es ahora más pausado («Yo me dejaba llevar estando a tu lado sin medir las consecuencias») aunque algunos meandros continúan registrando desde las orillas reproches de traición y denuncias de mentiras, fraudes y falsificaciones.
Pero en esta fase ese sentimiento provoca también una profunda reflexión sobre el amor que «nos empuja a la osadía, al descaro, al impudor, a la desvergüenza, a hacer de nosotros reyes y vástagos, gigantes y peleles», hasta proponerse, en otro de los poemas, que «nunca más amores sin cordura».
En la tercera parte el verano de la mentira se convierte en «el verano del olvido». Ahora evoca aquella frase que ella le dijo en una ocasión, «moriría en tu lugar».
El poeta contesta con el aplomo de un río en su plácida desembocadura: «liberado tu cuerpo de semejante prueba/muere por ti cuando te toque/que yo ya lo haré por mí, en mi lugar».
Terminada para siempre una relación amorosa, lo mejor es que no quede nada, que «arda todo en el fuego, que no quede ni una foto, ni un beso, ni un abrazo» aunque, ya las aguas del río en el mar, la llama del amor no se extingue: «mi vida, mi siel , te amo, mira cómo te quiero».



