Tristan Tzara revisitado

Se cumplen 130 años del nacimiento del fundador de Dadaísmo

El 5 de enero de 1916, durante la Primera Guerra Mundial, el poeta alemán Hugo Ball y su esposa Emmy Hennings alquilaron el piso superior de una cervecería de Zurich para establecer allí un espacio donde artistas independientes rechazados por los circuitos oficiales desarrollasen actividades que no tuvieran cabida en ningún otro sitio.

Lo llamaron Cabaret Voltaire y desde el primer día atrajo la atención de creadores de todas las tendencias vanguardistas que buscaban un lugar para su obra inclasificable.

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Tristan Tzara en Valencia ©GerdaTaro | The Robert Capa and Cornell Capa Archive

Entre aquellos primeros artistas estaban el alemán Richard Huelsenbeck, estudiante de medicina declarado inválido por el ejército, el artista alsaciano Hans Arp y Tristan Tzara, un poeta rumano estudiante de Filosofía, a quien se considera fundador del Dadaísmo y quien escribió los primeros textos de aquel movimiento («La primera aventura celestial del señor Antipirina» y «Veinticinco poemas»), así como los siete manifiestos.

Samuel Rosenstock, nombre de quien se hacía llamar Tristan Tzara, nació el 16 de abril de 1896, hace 130 años, en Moinesti, Rumanía, aunque su vida transcurrió casi toda ella en Francia. En su país natal ya congregaba a las vanguardias literarias y artísticas publicando manifiestos en la revista unu, firmados también por Ribemont-Dessaignes, Marinetti y Brancusi.

Para huir de la Primera Guerra Mundial se refugió en Zurich, donde era convocado frecuentemente por la policía por ser judío y exiliado. Y en 1919 se trasladó definitivamente a París, donde se relacionó con André Breton, Luois Aragon, Paul Éluard, fundadores del Surrealismo, un movimiento heredero de los principios dadaístas en el que el rumano no sólo nunca llegó a integrarse sino que tuvo serios enfrentamientos con ellos.

De formación marxista, en 1935 fue nombrado secretario general del Comité de escritores para la defensa de la cultura y convocó en Valencia el Segundo congreso de esta institución en 1937, durante la guerra civil española, en el que participaron entre otros Rafael Alberti y José Bergamín. Allí leyó uno de sus ensayos más destacados, «El individuo y la conciencia del escritor».

De aquel Congreso se derivó la publicación de «Las esclusas de la poesía», donde Tzara utiliza la dialéctica hegeliana y las teorías sicoanalíticas de Jung para analizar la evolución de la poesía francesa, de Villon a Éluard.

En la Segunda Guerra Mundial Tristan Tzara militó en la Resistencia francesa mientras su hijo Christophe lo hacía en las filas del ejército. Cuando terminó la guerra se afilió al Partido Comunista, aunque tuvieron que pasar veinticinco años para que se le reconociese la nacionalidad francesa. Se apartó del Partido en 1956 cuando los tanques soviéticos invadieron Hungría.

Además de influir en autores como el futurista polaco Bruno Jasienski, el poeta japonés Takahashi Shinkichi y el chileno Vicente Huidobro, así como en el teatro del absurdo de Eugene Ionesco y SamuelBeckett, en los Estados Unidos fue admirado por Allen Ginsberg y William S. Burroughs y por los poetas de la generación Beat, que habían criticado su militancia como burócrata del PCF.

Los situacionistas de Guy Debord utilizaron por primera vez la palabra happening para designar los espectáculos de Tzara. También los músicos de rock de los sesenta y los del movimiento punk reconocían influencias de Tzara.

Tal vez por su filosofía revolucionaria o por miedo a que sus principios antiburgueses y anticapitalistas sacudieran el statu quo ideológico, Tristan Tzara fue ninguneado por la cultura oficial, por la crítica literaria y por la industria editorial internacional. Murió en París en 1963 y está enterrado en el cementerio de Montparnasse.

Reivindicación del dadaísmo

Las versiones más fiables del nombre Dadá apuntan a que fue tomado de un diccionario abierto al azar por una de sus páginas: consideraban el azar un fenómeno intelectual y emocional porque permitía saltar las barreras de lo consciente, algo que más tarde retomaron los surrealistas.

Otros valores de los dadaístas eran la improvisación, la incertidumbre, el desorden y la duda. También el agnosticismo absoluto como profesión de fe y la heterogeneidad como estilo. Su objetivo era la destrucción de las jerarquías intelectuales.

Eran revolucionarios en sus planteamientos y en la estética de sus obras de arte pero sobre todo respondían al malestar de una sociedad en guerra. Dice Juan Eduardo Cirlot en su «Diccionario de los ismos» que en el dadaísmo no existen líneas conductoras que tracen directrices mentales: «el pensamiento puede y debe funcionar en la más completa de las indiferencias hacia todo sentido de rigor, de unidad, de coherencia o de ideario».

El dadaísmo era una revuelta de la vitalidad contra la fosilización, de la libertad contra la doctrina, de lo irracional contra la razón, sobre todo la de los políticos responsables de la guerra. No fue estrictamente un estilo ni un programa sino una serie de actos anárquicos agresivos y disparatados que respondían al malestar de una sociedad en guerra.

En la capital francesa los dadaístas organizaban actos antiartísticos y acciones-espectáculo, conciertos de piano a partir de notas elegidas al azar, representaciones escénicas absurdas, que no eran sino provocaciones absolutas que acababan ganándose la hostilidad del público.

Las diferencias entre Picabia, Tzara y Bretón terminaron por separarlos, lo que supuso la desaparición del movimiento como tal a finales de 1921 y el nacimiento del surrealismo sobre sus cenizas.

Heredero de síntomas que ya estaban durante el siglo diecinueve en las obras de Rimbaud, Courbet y Lautreamont, el dadaísmo partía del principio de la negación de todo lo existente en materia de arte, para empezar a crear desde la nada. Incluso la historia, que naufragaba esos años en el estruendo de la Gran Guerra, debía partir de cero.

Su órgano de expresión fue la revista que llevaba el mismo nombre que el movimiento, Dadá, una publicación polémica y agresiva en la que colaboraron desde el principio firmas como Marinetti, Cendrars, Apollinaire, Paul Éluard, Breton, Huidobro y a la que Picasso, Modigliani y Picabia aportaban reproducciones de sus obras.

En 1918 incluye en sus páginas el primero de los muchos manifiestos del dadaísmo, firmado por Tzara, que fija sus no-bases, empezando por la primera: «El dadaísmo no significa nada».

En 1917 los dadaístas alquilaron un nuevo espacio, la Galería Corray, en la que inauguraron un ciclo de exposiciones con una muestra del grupo Der Sturm, al que siguieron Kandinsky, Paul Klee, De Chirico…. En estos actos los visitantes recibían de los promotores un trato irrespetuoso que incluía insultos y vejaciones. La provocación y el escándalo eran los objetivos de las exposiciones y de las veladas antiarte.

La llama del dadaísmo prendió de inmediato y atrajo a su seno a pintores como Marcel Junco y Hans Richter. Terminada la guerra los miembros del grupo se dispersaron por Francia, Estados Unidos y Alemania, donde crearon células dadaístas con rasgos comunes pero también con diferencias esenciales entre ellas.

De París a Nueva York y Berlín

En Nueva York, los principios del dadaísmo los difundieron Marcel Duchamp, Francis Picabia y Man Ray, apoyados por el escritor Arthur Cravan y el fotógrafo pictorialista Alfred Stieglitz, que les ofreció su Galería 291, en la Quinta Avenida, y su publicación Camera Work, para difundir sus manifiestos.

Organizaron exposiciones de Rodin, Picasso, Matisse y Cézanne y actos en los que denunciaban el provincianismo del mundo del arte norteamericano. Fueron los dadaístas los responsables del nacimiento del mercado del arte, al vender más de cien obras durante una muestra de arte moderno en el Armory Show.

En Alemania el dadaísmo se desarrolló en Berlín, Hannover y Colonia. En la capital de Alemania el movimiento tomó partido por la insurrección revolucionaria del grupo espartaquista que surgió tras la guerra, de tendencia antiliberal.

A su regreso de Zurich, Huelsenbeck organizó el movimiento dadaísta en Hannover sobre la base de una unión revolucionaria internacional de todos los creadores. Sus principios eran los de un comunismo radical, aunque el dadaísmo no tenía nada que ver en sus orígenes con el bolchevismo soviético.

Las manifestaciones antiarte eran secundadas por agitadores como el arquitecto Johannes Baader, los artistas Raoul Hausmann, Otto Dix y George Grosz y el fotógrafo John Heartfield.

En Colonia fue Max Ernst quien mantuvo viva la llama dadaísta de la ciudad, con la ayuda de Jean Arp, que se instaló allí a su llegada de Zurich. Ambos se trasladaron definitivamente a París entre 1920 y 1922 para sumarse a las filas del surrealismo, una vez disuelto el movimiento en Alemania.

Francisco R. Pastoriza
Profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural Asignaturas: Información Cultural, Comunicación e Información Audiovisual y Fotografía informativa. Autor de "Qué es la fotografía" (Lunwerg), Periodismo Cultural (Síntesis. Madrid 2006), Cultura y TV. Una relación de conflicto (Gedisa. Barcelona, 2003) La mirada en el cristal. La información en TV (Fragua. Madrid, 2003) Perversiones televisivas (IORTV. Madrid, 1997). Investigación “La presencia de la cultura en los telediarios de la televisión pública de ámbito nacional durante el año 2006” (revista Sistema, enero 2008).

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