Yo soy Charlie

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El repudio mundial ante  el alevoso crimen cometido contra caricaturistas y periodistas del semanario Charlie Ebdo, así como contra trabajadores del medio y policías, ha ido en aumento. Los movimientos espontáneos, la condena unánime y las exigencias de justicia son generalizadas.

Este segundo peor ataque contra la Prensa en el mundo, sumado al asesinato de 21 periodistas ocurrido en 2009, en Filipinas, demuestran que los ataques contra la Prensa son globales y que la intolerancia, el fanatismo y el extremismo son capaces de llevar a cabo acciones que provocan enormes sufrimientos, muertes, desolación y repulsión.

Este acto de barbarie que ha pisoteado valores fundamentales de la democracia no logró su cometido, no ha infundido miedo, ha generado muestras de solidaridad con las víctimas y en defensa de derechos fundamentales en numerosas partes del mundo.

Desde el 2006, cuando empezó la discusión por las caricaturas del profeta Mahoma publicadas en el periódico danés Jyllands-Posten, el Vaticano señaló que “la libertad de expresión no puede ofender las creencias religiosas y que este derecho reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos no puede implicar el derecho de ofender el sentimiento religioso de los creyentes, principio que vale para cualquier religión”.

Agregó que “la convivencia humana exige un clima de mutuo respeto para favorecer la paz entre los hombres y las naciones y que alguna forma de crítica exasperada y de burla de los otros demuestra una falta de sensibilidad humana y puede constituir en algunos casos provocaciones inadmisibles”,

En Estados Unidos y Reino Unido hubo quienes tildaron la publicación de las caricaturas de “inaceptable incentivo al odio religioso y étnico y de acto insultante e insensible”. En España, la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, defendió el respeto simultáneo a las creencias y a la libertad de expresión: “No hay que hipotecar ninguno de ellos, hoy más que nunca hay que apelar a la responsabilidad de unos y de otros, y la llave que abre la puerta a esa convivencia necesaria e imprescindible es el respeto, tanto a la libertad de expresión como a las creencias”, afirmó.

La entonces Comisión Europea declaró que la libertad de expresión es uno de los derechos fundamentales de la UE, pero reconoció que hay que tener en cuenta la “gran sensibilidad” de algunas comunidades, especialmente en materia religiosa, para evitar altercados. La ONU pidió que la libertad de prensa se ejerza respetando “los principios y creencias de todas las religiones”.

Y mientras numerosos medios europeos reprodujeron las caricaturas, las reacciones en el mundo musulmán fueron virulentas y de condena hacia los polémicos dibujos, al grado que consideraron que era un “ataque organizado contra el mundo musulmán”.

La Prensa ha sido víctima de los radicalismos y fanatismos; unos 20 periodistas fueron secuestrados en Siria el año pasado, dos mártires del periodismo fueron decapitados frente a un horrorizado público y se han reportado atentados contra medios y profesionales.

Ahora, el horror de los crímenes en Charlie Hebdo, injustificables y despreciables, pone en la palestra mundial la necesidad de discutir si el camino es reivindicar que la libertad  de expresión no tiene límites, que no hay censura o autocensura aceptables, o ponderarlo en respeto a la dignidad y las creencias de las personas para evitar tensiones y violencia.

Mi solidaridad con las familias de las víctimas y con el gremio francés.

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