Cómo invertir siguiendo al mercado sin complicar la estrategia

Invertir a largo plazo no exige adivinar qué empresa será la próxima en multiplicar su valor ni anticipar cada movimiento de la bolsa. Existe otra forma de acercarse a los mercados, menos dependiente de las previsiones y basada en aceptar que acertar de manera constante resulta muy difícil, incluso para los profesionales. 

Inversiones-a-largo-plazo-©archivopub-e1784741855638-900x509 Cómo invertir siguiendo al mercado sin complicar la estrategia

La inversión indexada parte de esa idea. En lugar de seleccionar acciones una a una, se invierte en fondos que tratan de reproducir el comportamiento de un índice, como el S&P 500, el MSCI World o un índice de renta fija. El objetivo no es superar al mercado, sino obtener una rentabilidad cercana a la de la referencia elegida, una vez descontados los costes del producto. 

Qué es un índice y cómo se puede invertir en él 

Un índice es una selección de activos construida según unas reglas concretas. Puede agrupar a las mayores empresas de Estados Unidos, representar los mercados de países desarrollados o seguir la evolución de bonos emitidos por gobiernos y compañías. 

No es posible comprar un índice directamente. Para obtener exposición a él se utiliza un fondo indexado o un ETF, es decir, un fondo cotizado. La gestora adquiere todos los activos incluidos en el índice o una muestra suficientemente representativa y ajusta la cartera cuando cambia su composición. 

El resultado del fondo nunca coincide de forma perfecta con el índice. Las comisiones, los costes operativos, el tratamiento de los dividendos y la forma de ejecutar las operaciones generan pequeñas diferencias. Esa distancia se conoce como error de seguimiento. 

Por este motivo, elegir un producto no consiste simplemente en localizar el que anuncia la comisión más baja. También conviene comprobar si replica bien su referencia, cuál es su tamaño, qué liquidez ofrece y quién se encarga de la gestión y la custodia de los activos. 

Por qué esta forma de invertir ha ganado popularidad 

Uno de sus principales atractivos es la diversificación. Con un solo fondo global es posible participar en la evolución de cientos o incluso miles de empresas. Construir una cartera semejante mediante la compra directa de acciones sería costoso y difícil de mantener para un pequeño inversor. 

Diversificar no impide que una cartera pierda valor. Si los mercados caen de forma generalizada, un fondo amplio también lo hará. Lo que reduce es la dependencia de una compañía, un país o un sector concreto. 

Los costes son otro factor decisivo. Los fondos que siguen un índice no necesitan mantener grandes equipos dedicados a seleccionar empresas o anticipar cambios económicos. Esto les permite aplicar, por lo general, comisiones más contenidas que muchos productos de gestión activa. 

Una diferencia anual que parece pequeña puede tener un efecto considerable al cabo de veinte o treinta años. El dinero pagado en comisiones deja de permanecer invertido y, por tanto, tampoco genera rentabilidad futura. Aun así, no todos los productos pasivos son baratos. Puede haber gastos de custodia, compraventa, cambio de divisa o comercialización que no aparecen destacados en la primera cifra que ve el cliente. 

La sencillez también puede ayudar a evitar algunos errores de comportamiento. Cuando la cartera responde a un plan definido, hay menos motivos para perseguir el sector que más ha subido, vender durante una caída o cambiar de estrategia cada pocos meses. Ningún fondo, sin embargo, protege al inversor frente a sus propias decisiones. 

Gestión pasiva no significa ausencia de riesgo 

La palabra «pasiva» describe el método de gestión, no la seguridad de la inversión. Un fondo indexado de renta variable puede sufrir descensos importantes y tardar años en recuperar el nivel anterior. 

La renta fija tampoco está libre de pérdidas. Los precios de los bonos pueden caer cuando suben los tipos de interés, aumenta la inflación o empeora la solvencia de sus emisores. El riesgo dependerá, entre otros factores, del plazo de vencimiento, la calidad crediticia y la moneda en la que estén denominados los activos. 

También conviene desconfiar de la idea de que todos los índices amplios son equivalentes. El S&P 500 reúne grandes compañías estadounidenses, pero no representa al mercado mundial. Un índice de países desarrollados suele dejar fuera a las economías emergentes. Otro centrado en tecnología puede ser barato y estar bien construido, pero seguirá teniendo una concentración sectorial elevada. 

Antes de contratar un fondo hay que mirar qué contiene realmente, cómo distribuye los pesos y qué mercados quedan fuera. El nombre comercial rara vez ofrece toda esa información. 

Cómo empezar a invertir con criterio 

Separar el dinero que puede necesitarse pronto 

La cantidad destinada a gastos corrientes o imprevistos no debería depender de la evolución de la bolsa. Antes de invertir suele ser prudente disponer de un colchón de liquidez y revisar las deudas con intereses elevados. 

El horizonte temporal también condiciona el riesgo asumible. Una persona que ahorra para su jubilación dentro de treinta años puede tolerar unas oscilaciones que resultarían inadecuadas para quien necesita pagar la entrada de una vivienda en un plazo de dos o tres años. 

El tiempo no garantiza una rentabilidad positiva, pero ofrece más margen para atravesar periodos de caídas sin tener que vender en un momento desfavorable. 

Elegir una distribución de activos realista 

La proporción entre renta variable y renta fija suele influir más en el comportamiento de la cartera que la elección entre dos índices globales parecidos. 

Una cartera con mayor peso en bolsa tendrá más potencial de crecimiento, pero también puede sufrir pérdidas más profundas. Para valorar si ese nivel de riesgo es soportable, conviene traducir los porcentajes a euros. Una caída del 30 por ciento supone que una inversión de 40.000 euros pase temporalmente a valer 28.000. 

La pregunta relevante no es si esa pérdida resultaría incómoda. Lo sería para casi cualquiera. La cuestión es si llevaría a vender, abandonar el plan o necesitar un dinero que ya no está disponible en las condiciones esperadas. 

El perfil de riesgo depende de la situación completa del inversor: estabilidad laboral, patrimonio, obligaciones familiares, experiencia previa y capacidad para mantener las aportaciones durante periodos negativos. 

Comparar fondos indexados y ETF 

Los fondos tradicionales y los ETF pueden seguir los mismos índices, aunque su operativa es diferente. Los primeros se suscriben y reembolsan a su valor liquidativo, que suele calcularse una vez al día. Los ETF cotizan en bolsa y pueden comprarse o venderse durante la sesión, como una acción. 

La negociación en tiempo real ofrece flexibilidad, pero también introduce comisiones de compraventa y diferencias entre el precio comprador y vendedor. Cuando las aportaciones son pequeñas, esos costes pueden pesar más de lo previsto. 

Para los residentes fiscales en España existe, además, una diferencia relevante. Los traspasos entre determinados fondos de inversión permiten diferir la tributación de las ganancias hasta el reembolso definitivo, siempre que se cumplan los requisitos establecidos. Los ETF no se benefician, con carácter general, de ese régimen fiscal. 

No se trata de decidir que un vehículo es siempre mejor. La elección depende de la estrategia, la frecuencia de las aportaciones, los costes de la plataforma y la posibilidad de realizar cambios futuros en la cartera. 

Qué revisar antes de contratar un producto 

La ficha comercial puede servir como primera aproximación, pero la información decisiva se encuentra en el documento de datos fundamentales y en el folleto del fondo. La CNMV recomienda revisar esta documentación para conocer la política de inversión, el nivel de riesgo, los gastos y las condiciones de suscripción y reembolso. 

Conviene comprobar el índice de referencia, la comisión total, el error de seguimiento histórico, el método de réplica y la política de dividendos. Los fondos de acumulación reinvierten los rendimientos recibidos, mientras que los de distribución los abonan periódicamente al partícipe. 

La divisa también merece atención. Que un fondo esté denominado en euros no significa que no exista exposición al dólar, al yen o a otras monedas. Lo relevante es la divisa de los activos subyacentes y si el producto aplica algún tipo de cobertura. 

Quien prefiera delegar la selección y el mantenimiento de la cartera puede recurrir a un gestor automatizado. Plataformas como Finizens diseñan carteras según distintos perfiles y se ocupan de reajustar sus pesos periódicamente. Antes de contratar este tipo de servicio conviene comparar el coste total, la composición de las carteras, la metodología empleada y las condiciones de retirada. 

Aportaciones periódicas y rebalanceo 

Invertir una cantidad fija cada mes reduce la necesidad de decidir continuamente si el mercado está caro o barato. Habrá momentos en los que se compre después de una subida y otros en los que las aportaciones coincidan con una caída. 

Esta práctica no elimina el riesgo ni asegura beneficios, pero ayuda a integrar la inversión dentro del presupuesto y limita la influencia de los titulares financieros sobre cada decisión. 

Con el paso del tiempo, las variaciones del mercado alteran la distribución inicial de la cartera. Si la renta variable sube mucho, puede acabar representando un porcentaje mayor del previsto y elevar el riesgo total. 

Rebalancear consiste en recuperar la asignación original. Puede hacerse vendiendo una parte de los activos que más han crecido o destinando las nuevas aportaciones a los que han perdido peso. Una revisión anual suele ser suficiente para muchas carteras sencillas. 

Una estrategia simple también necesita disciplina 

Construir una cartera con pocos fondos no significa invertir sin criterio. Es necesario definir para qué se invierte, cuándo se necesitará el dinero, qué pérdidas temporales pueden asumirse y qué reglas se seguirán durante una caída. 

Uno de los errores más comunes es acumular productos que parecen diferentes pero poseen las mismas empresas. Combinar un índice mundial, otro estadounidense y uno tecnológico puede aumentar considerablemente la exposición a las grandes compañías de Estados Unidos. 

También es habitual abandonar un mercado después de varios años de malos resultados para trasladar el dinero al que acaba de destacar. Esa conducta convierte una estrategia de largo plazo en una sucesión de decisiones tomadas mirando por el retrovisor. 

La gestión pasiva no evita las crisis ni garantiza rentabilidades. Su propuesta es más sobria: diversificar, mantener los costes bajo control y reducir el número de decisiones que dependen de previsiones inciertas. Para muchos ahorradores, contar con un plan que puedan mantener durante años resulta más valioso que construir una cartera sofisticada que cambia cada vez que lo hace el mercado. 

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