Roberto Cataldi[1]
El bienestar personal como la felicidad son vivencias que cada uno experimenta a su manera, más allá de las definiciones que conceptualmente intentan significar estos términos.
Como ser, uno visita una librería y en las mesas ve numerosos libros de autoayuda que ofrecen «fórmulas» para alcanzar el éxito, el bienestar, la felicidad. También en las redes sociales aparece la promoción de cursos online o presenciales que «garantizan» cómo alcanzar estos objetivos, y hasta la IA está involucrada, además de los hábitos, rituales y distintas medidas que ayudarían a que el individuo pueda sentirse bien.
En efecto, la búsqueda del bienestar emocional hoy tiene un gran abanico de propuestas, como la meditación y sus distintas técnicas, el yoga, el mindfulness, las consultas astrológicas, el tarot, los masajes y la aromaterapia, los rituales energéticos, el «wellness de la IA», al igual que algunas ceremonias y otras cosas que procurarían generar cierto bienestar. Claro que detrás de estas numerosas ofertas a las que el consumidor puede recurrir, existe una industria multimillonaria.
En todo caso, el «bien-estar» se lograría cuando uno vive con salud, en paz, sin preocupaciones, alcanzando las metas que se propone, cubriendo las necesidades del cuerpo y los sentidos, en una palabra, estando satisfecho consigo mismo porque considera que vive bien.
Claro que nadie está libre de los imprevistos negativos o las desventuras, y ante el infortunio o las desgracias, el bienestar se convierte en malestar, y no falta quien desde la religión aconseje no solo aceptar las adversidades, sino que se sienta bien con ellas porque encontrará la felicidad en la otra vida, y, como sostiene un amigo, de la otra vida nadie retornó para comentarnos…
En cuanto a la felicidad, hay muchas definiciones abarcativas, y la subjetividad tiene mucho que ver, al igual que con el bienestar. Algunos sostienen que el bienestar está más relacionado con factores externos, sobre todo materiales, y que la felicidad depende de la profundidad del ser. Puede ser, en todo caso el bienestar como situación de equilibrio puede prolongarse en el tiempo como un estado casi constante, pero estimo que la felicidad, que no dudo que en gran medida depende de uno mismo, es emocional, y para mí momentánea, como cuando uno disfruta del momento presente.
Lo ideal sería conjugar ambas, no siempre es posible, y alguien con bienestar (confort, fortuna, paz) incluso puede no experimentar la felicidad, mientras otro que carece de bienestar, porque vive con lo básico, llega a gozar de momentos de felicidad (una emoción profunda que le satisface). Pues bien, así es la vida.
En realidad, pienso como médico, que hay ciertas medidas que están al alcance de todos, y no son necesariamente mediadas por el dinero, como meditar durante una caminata, tener una fina escucha en una reunión o conversación difícil, recurrir a la «pausa activa» frente a la pantalla o cualquier actividad laboral (5, 10 o 15 minutos cada 45 o 50, para despejar la mente, mover las articulaciones, estirarse y hacer respiraciones profundas), y sobre todo evitar la toma de decisión cuando se está presionado, ya que es frecuente la equivocación.
En fin, creo que uno debe cuidar la salud física, la salud mental y la salud espiritual. Un triple cometido. Y en nuestros días no es nada fácil, pero vale la pena intentarlo en un mundo cuyo denominador principal es el stress que al naturalizarse se torna crónico.
• Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)



