Como afirmo siempre que escribo sobre animales, cuyo Día Internacional fue el pasado domingo 4 de octubre, muchos descubrimientos recientes muestran que sienten, disfrutan, entienden y sufren.

Lo que llevó a que en 2012 se promulgara la Declaración de Cambridge sobre la conciencia animal, que científicos de varios países están pidiendo actualizar, porque se sabe que hasta las tortugas pasan por diferentes estados de ánimo.
Y la IA está tratando de traducir a nuestro lenguaje, el de animales como las ballenas.
En 1952 en plena Guerra Fría, cuenta Jocelyn Timperley periodista senior de la BBC, el ingeniero estadounidense Frank Watlington buscaba en la costa de las Bermudas señales de submarinos soviéticos y hundía en las profundidades marinas largos cables con un micrófono en la punta.
Pero solo oía sonidos que se prolongaban durante horas; no eran rastros de submarinos, sino de ballenas jorobadas, que pesan 40 toneladas y miden 17 metros de largo.
Sus grabaciones de esas canciones transformaron para siempre nuestra visión sobre esos animales y cuando en 1967 conoció a los biólogos acústicos Katy y Roger Payne y se las mostró, quedaron asombrados por lo hermosas y extraordinariamente variadas que eran.
Había desde hacía mucho, relatos de marinos y balleneros sobre cantos de ballenas y la gente de las costas sabía que producían sonidos, pero no eran tomados muy en cuenta por los científicos.
«Admitir que era canto, supuso un enorme salto conceptual… porque se pasó de saber que emitían ruidos a aceptar que eran exhibiciones acústicas extraordinariamente elaboradas», dijo a la BBC Nan Hauser, investigadora de ballenas y directora del Centro de Investigación y Conservación de Cetáceos en las Islas Cook y agregó que sus cantos ayudaron a protegerlas, porque se creía que solo humanos y aves cantaban.
En 1970, Roger, Katy y Watlington publicaron Songs of the Humpback Whale, que contenía cinco grabaciones de ballenas jorobadas, que tuvo un éxito rotundo.
Fue el álbum de naturaleza más vendido de la historia, un extracto del álbum se mandó a los 10,5 millones de suscriptores de National Geographic; los Beatles, Bob Dylan, Judy Collins y Kate Bush incluyeron canciones sobre ballenas en sus repertorios, fueron usadas en la película Star Trek de 1986 y en 1977 se lanzó un fragmento al espacio, en el disco de oro de la Voyager 1.
Roger explicó que en películas y dibujos animados las grandes ballenas eran silenciosas o emitían gruñidos y sonidos bestiales y el álbum provocó un cambio en su percepción; porque eran vistas con temor o como mercancía.
Y junto con las imágenes de ballenas siendo arponeadas tomadas a mediados de la década de 1970 por la recién formada Greenpeace, el álbum contribuyó a impulsar un movimiento contra su caza; porque no era necesario ser científico, para conmoverse al oírlo.
Tal vez alguno de ustedes las ha escuchado, Matías y yo tuvimos esa suerte al aproximarnos en barco a la ciudad sureña de Valdivia en el Pacífico chileno, y oímos también los aplausos de decenas de focas que se acercaron a recibirlas.
Los científicos sugieren que esos cantos son su forma de comunicarse a larga distancia, y que modifican el tono por donde van pasando, para crear mapas de sus mundos submarinos.
Se propagan por el océano de una población a otra y en ocasiones reemplazan una canción local anterior; los cantos de la ballena azul, demasiado bajos para ser percibidos por el oído humano, pueden viajar hasta 1600 kilómetros.
Y como las grabaciones preservan momentos concretos y a individuos específicos, a través de ellas puede rastrearse los cambios sufridos por caza, ruidos y falta de alimentación.
Cazadas durante siglos para hacer jabón, aceite para alumbrar y perfumes, a principios de la década de 1970 varias especies de ballenas se encontraban al borde de la extinción.
Ante la presión, en 1972 el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley de Protección de Mamíferos Marinos; en 1982, una moratoria sobre la caza comercial de ballenas y prohibición total en 1986; que Japón no ha aceptado.
Gracias a esa y otras leyes, como las chilenas que declaran sus mares sitios protegidos para ellas, han experimentado notable recuperación y hoy una de cada cuatro especies de ballenas está amenazada de extinción, frente a una de cada siete en 1991.
Pero aún enfrentan colisiones con barcos, enredos en redes, caza que continúa en algunos países, contaminación acústica y calentamiento de los océanos que provoca la escasez del krill del que se alimentan.
Marcia Riederer de nacionalidad brasileña, se consagró como fotógrafa oceánica a capturar la elegancia y la curiosidad de la ballena Mink enana, que con solo ocho metros de longitud es la segunda ballena más pequeña del mundo.
En junio de 2023 hizo contacto visual con una en la Gran Barrera de Coral de Australia, «se me puso la piel de gallina dice, son curiosas y quieren mirarnos igual que nosotros las miramos».
Por esa fotografía, ganó el Ocean Photographer of the Year, en septiembre de 2025.
La Gran Barrera de Coral es el único lugar del mundo donde las Mink se congregan durante junio y julio de cada año.
Alastair Birtles, profesor de biología marina en la Universidad James Cook de Australia, las ha estudiado durante tres décadas y asegura que llegan a cortejar, lo que hacen mostrando su blanco vientre al resto.
Eso, además de conseguirles pareja, les permite utilizar su visión binocular para obtener una mejor perspectiva de su entorno.
En 2013 Birtles y otros investigadores empezaron a marcarlas y descubrieron que una de ellas migró más de 7000 kilómetros a lo largo de la costa este de Australia.
Hacen el mismo viaje que las ballenas jorobadas y se alimentan igual que ellas de krill y peces linterna del océano Austral.
Y ambas están amenazadas por el cambio climático.



