El otro día estuvimos en Auschwitz. No es difícil estar en Auschwitz. Hay mil maneras de estar en Auschwitz. Afortunadamente, la verdadera manera de estar en Auschwitz es ya sólo Historia. Debería ser sólo Historia. Historia y todo lo que conlleva ser Historia (no hablo del programa de radio, claro). No sé si me explico. O mejor, lo voy a intentar. Explicarme.

Auschwitz suena a humo, al viento donde se desvanecen los días, a crímenes, a barbarie, pero también a civilización, a cultura y a humillación, suena a trauma esencial, a zapatos desparejados, a vías de ferrocarril muertas, a negro progreso, a especie humana, a destino nacional, a judío, a campo de concentración, suena a ceniza, a odio, a incomprensión, a bazofia y a mierda, a niños asustados, a gitano, a vagón, suena a transporte, a cámara de gas, a crematorio, a prisionero de guerra, a mirar para otro lado, a nazismo, a Tercer Reich, a Alemania, a Polonia, a campo de trabajo, a Segunda Guerra Mundial, suena a derrota, a poesía inútil, a escritura inútil, a exterminio, suena a exterminio, suena a exterminio, a exterminio. Exterminio.

“Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos” exhibe más de 400 de los objetos de incalculable valor histórico cedidos a tal efecto por el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, Patrimonio de la Humanidad desde 1979, que se muestran perfectamente integrados en un espacio adecuadamente preparado para hacer comprensible el horror. Insisto: no te la pierdas. Esa visita, que dura en torno a tres horas completar convenientemente, no la olvidarás jamás.
Nada evitará, no obstante, que te sigas haciendo preguntas. Preguntas como esta: ¿Por qué se odió, y aún hoy, se odia a los judíos?



